Maten al león Jorge Ibargüengoitia Hacia fines de los años veinte, Puerto Alegre, capital de la isla caribeña de Arepa, se convierte en centro de una conpiración fraguada entre mármoles, gobelinos y peleas de gallos, al ritmo de congas, bodolques, atabales y rungas. Se trata de matar a un viejo león, cuando se dispone a reelegirse por quinta vez jugándose el As de proponer la creación de la presidencia vitalicia. Las circunstancias, sin embargo, obligan al partido Moderado y al promisorio junior arepano Pepe Cussirat, elegido como candidato oposicionista, a cambiar de planes. Tras varios intentos frustrados de magnicidio, resulta que el revuelo no ha sido en vano, como se descubre en el inesperado desenlace de esta novela. Parodia de una cualquiera de las dictaduras que han asolado los países de Latinoamérica, Maten al león destaca como la única comedia dentro de lo que es ya un subgénero de la novelística hispanoamericana. Jorge Ibargüengoitia Maten al león La Isla de Arepa está en el Mar Caribe. Un diccionario, enciclopédico pero abreviado, la describiría así: “tiene la forma de un círculo perfecto de 35 kilómetros de diámetro; 250 000 habitantes, unos negros, otros blancos, y otros indios guarupas. Exporta caña, tabaco y pina madura. Su capital es Puerto Alegre, en donde vive la mitad de la población. Después de luchar heroicamente por su independencia durante 88 años, Arepa la obtuvo en 1898, cuando los españoles se retiraron por causas ajenas a su voluntad. En la actualidad (1926) Arepa es una República Constitucional. Su Presidente, el Mariscal de Campo don Manuel Belaunzarán, el Héroe Niño de las Guerras de Independencia, y último sobreviviente renombrado de las mismas, llega al término feliz de su cuarto periodo en el poder, máximo que le permite la ley.” I. LA PESCA Nicolás Botumele, negro y viejo, patrón de cayuco, va a la pesca como Nelson a Trafalgar: parado en la popa, con una mano en la frente y el muñón de la otra en el remo que le sirve de timón; la mirada del ojo sano perdida en el mar lechoso de la mañana. Frente a él, en el cayuco, dos negros harapientos le dan al remo, y un chiquillo, a la pala. El chinchorro, listo para ser tendido, está en la proa. El cayuco avanza, en el mar plano. No se oye más que el chacualeo de los remos, el crujir de los toletes y el pujar de los remeros. El patrón descubre, a lo lejos, un banco de peces. De un golpe de timón, cambia el rumbo, y hace una seña a los cinco negros flacos que lo miran desde la orilla. El cayuco está en la playa, varado. Los pescadores, con los calzones agujerados escurriendo, tiran del chinchorro. En el centro del arco de la red, todavía en el agua, los peces, en gran agitación, tratan de escapar. El patrón, con el agua al pecho, los pastorea, deshaciendo los pliegues de la red, y arropando la presa. Los pescadores tiran con todas sus fuerzas. La panza de la red, pictórica, llega a la playa, y todavía palpitante, queda tendida sobre la arena. Los pescadores se paran alrededor del bulto, y lo miran, con esperanza, porque es enorme. Botumele da un tirón a los corchos, y destapa la hinchazón. Entre pámpanos moribundos está el cadáver del Doctor Saldaña. Los pescadores miran los zapatos de charol, las polainas, el traje de casimir inglés, y los bigotes con algas. La policía de Puerto Alegre tiene dos furgones de mulas. Uno sirve para llevar policías, y el otro para cargar muertos o presos. El furgón de los muertos, con un cochero palúdico en el pescante, se abre paso entre los vendedores de churros y de pescado frito, y se detiene ante la puerta lateral de la Jefatura. Los curiosos se congregan para ver cómo varios policías salen de la Jefatura, abren las puertas del furgón y tiran de la camilla que está adentro. Una manta mugrienta tapa el bulto, no dejando a descubierto más que los zapatos de charol y las polainas. Los curiosos se arremolinan y apretujan para ver mejor. — ¡Abran cancha, que no es teatro! —grita un oficial. Varios policías, blandiendo garrotes, se van contra la gente, obligándola a retirarse y abrir un camino por el que pasan los que llevan la camilla. Cuando ésta desaparece, la escaramuza sigue, entre policías y mirones. Un policía torpe da un mal golpe en la espalda de un negro que huye y el garrote se le va al piso. Pereira, un joven pobre, pero aseado, que ve el suceso y es servicial, se inclina, recoge el garrote y se lo da al policía, quien, en vez de agradecérselo, la emprende contra él. Pereira se asombra primero, después, se asusta y, por fin, levanta el portafolio que lleva en la mano, para protegerse la cabeza. Cuando recibe un golpe en las costillas echa a correr y se va huyendo por las calles, entre muros cubiertos con las fotografías del muerto, y letreros que dicen: “Saldaña para Presidente. Moderación”. El Coronel Jiménez, con uniforme de prusiano, pelo de cepillo y pinta de indio patibulario, está agarrado al teléfono de su despacho particular. —Con la novedad, señor Presidente —dice—, que acaban de traerme el cadáver del Candidato de la Oposición. El Mariscal Belaunzarán, Presidente de la República, Héroe Niño y guapo que fue, pero avejentado por los años, las preocupaciones del estadista, las mujeres y los litros de coñac Martell consumidos en veinte años de poder, dice al teléfono: —Pues investigue, Jiménez, para castigar a los culpables. Cuelga el teléfono, haciendo un guiño y una mueca picara a quien está frente a él, al otro lado del gran escritorio presidencial. —Ya lo encontraron. Cardona, el vicepresidente, no chista. Tiene los mismos bigotes pendientes que el Mariscal, pero es flaco, bilioso, y no muy inteligente. Belaunzarán recoge las fotografías tomadas durante la campaña electoral de Saldaña, y los textos de los discursos que pronunció, que llenan el escritorio; los echa al cesto de los papeles, y dice: —Esto es basura. Se acabaron las preocupaciones —se vuelve a Cardona, y le dice con severidad paternal—. Ahora sí, Agustín, si no ganas estas elecciones, sin contrincante, es que no sirves para político, ni para nada. —Manuel, yo hago lo posible —dice muy serio Cardona, que nunca le ha encontrado el chiste a las ironías del Mariscal. —Pues yo también. Ya te quité al enemigo. Y con un poco de suerte, hasta acabamos con su partido, porque si las cosas salen como las tenemos pensadas, los moderados van a quedar más desprestigiados que mi santa madre. Se para frente a la ventana, y, a través de los cristales, mira, al otro lado de la Plaza Mayor, a los ociosos que están sentados en el Café del Vapor. —Espero que Jiménez cumpla con su deber, y siga la pista que le hemos puesto —dice, antes de sumirse en sus reflexiones. Cardona, en su asiento, espera, pacientemente, a que le digan que se vaya. Jiménez, entre su escritorio y un cuadro que representa a Belaunzarán, vestido de punta en blanco y envuelto en la bandera arepana, le dice a Galvazo, su ayudante, encargado de las investigaciones y los tormentos: —Tenemos que descubrir quién mató al Doctor Saldaña. Galvazo se asombra. Mira a su jefe sin comprender. —¿No fue él? Señala el retrato del Mariscal. Jiménez escabulle la mirada, se mueve incómodo, y finge no haber oído. —El mismo Mariscal acaba de darme la orden, Galvazo. —Muy bien, mi Coronel. Haremos la investigación. Un secretario, cadavérico y aburrido, escribe, en una Remington niquelada, la declaración del chofer de Saldaña. El sótano de la Jefatura es la cámara de horrores de Galvazo. El procedimiento que éste sigue para obtener información es rudimentario, pero infalible: consiste en poner a los interrogados en cuatro patas, y tirar de los testículos hasta que hablen. El chofer de Saldaña, tenso y sudoroso, con la mirada baja, se abrocha el cinturón, y dice: —Anoche, a las diez, llevé al Doctor Saldaña a la casa de la calle de San Cristóbal número 3. Me dijo que ya no me necesitaba, y a esa hora me fui a mi casa. Galvazo y Jiménez, sentados sobre una mesa, con los brazos cruzados, lo escuchan. Galvazo se vuelve a Jiménez, y le dice, escandalizado: — ¡En plena campaña electoral y andaba en burdeles! ¡Qué cinismo! La toma de la casa de doña Faustina, la de San Cristóbal número 3, el burdel más caro de Puerto Alegre, formará, en adelante, parte de la mitología arepana. Los policías entraron por la puerta principal, por la lateral, por la trasera, y por las ventanas del segundo piso, usando la escalera de los bomberos. Juntaron a veinte putas histéricas en la sala morisca, les metieron mano, y les quitaron el dinero que habían ganado con tanto trabajo, aquella noche de quincena; después, las metieron en el furgón de los presos, y las hicieron pasar la noche en chirona, en donde tres de ellas pescaron resfriado, y un sargento carcelero, gonorrea. Los clientes, excepto el Director del Banco de Arepa, que se puso a salvo saltando por una ventana y rompiéndose una pierna, fueron fichados, extorsionados y puestos en libertad. De nada sirvió que doña Faustina, la dueña, amenazara al Coronel Jiménez con hablarle por teléfono al Mariscal. Galvazo y Jiménez miran a su alrededor en el Salón desierto. El decorado gótico y los muebles moriscos, cedidos galantemente al burdel por un millonario libidinoso, están patas arriba. En el perchero hay un sombrero de fieltro. Galvazo y Jiménez, dándole vueltas, lo contemplan como quien ve un tesoro: tiene en la banda las iniciales de Saldaña. La viuda de Saldaña, envuelta en velos sofocantes, se presenta en la Jefatura, para identificar y recibir, personalmente, el cuerpo de su marido. Viene acompañada de tres grandes amigos y consejeros políticos del difunto: los diputados moderados Bonilla, el hombre más honrado de Puerto Alegre, y uno de los más ricos, don Casimiro Paletón, poeta cívico y director del Instituto Krauss, y el señor de la Cadena, que no tiene más méritos que los de llamarse así y haber sido diputado. El Coronel Jiménez, en consideración a las virtudes cívicas del finado, hace pasar a la viuda y sus acompañantes a su despacho, los invita a sentarse, y le pone enfrente a la viuda un recibo por un cadáver acuchillado, abierto, destripado, vuelto a rellenar, y remendado. Mientras la viuda firma, un ordenanza entra llevando un paquete con las prendas personales del difunto. —Sólo faltan aquí el sombrero, el reloj y la cartera del Doctor —explica Jiménez—, que serán usados como instrumentos del juicio. La viuda lo mira a través de los velos, y los otros tres, a través de sus respectivas antiparras. Ninguno dice nada. —Esperamos saber quiénes son los culpables en unas cuantas horas —dice Jiménez, incómodo. La viuda no puede más; se pone de pie. —¿Unas cuantas horas? Yo sé quién es el culpable desde que me dieron la noticia. Para aprehenderlo basta con ir al Palacio Presidencial. La viuda empieza a sollozar. Don Casimiro va junto a ella, y le da palmaditas en la mano. Bonilla se pone de pie y se acerca a Jiménez, que tiene los pelos erizados y no atina qué hacer. Le dice: —La señora está deshecha, Coronel. No tome en cuenta lo que ha dicho. El señor de la Cadena mira por la ventana. La viuda sigue sollozando inconteniblemente. Jiménez se sobrepone a su confusión, y le dice a Bonilla: —Que quede bien claro, diputado: el móvil fue el robo y los culpables serán castigados. —Sí, Coronel. Jiménez pone fin a la entrevista señalando el bulto que contiene los zapatos de charol, etcétera, y diciéndole a Bonilla: —Llévese el bulto. Bonilla toma el bulto, Jiménez va a la puerta y la abre con cierta violencia; se queda parado a un lado, esperando a que los otros salgan del despacho. Don Casimiro Paletón conduce a la viuda, que sigue cimbrándose, hacia la puerta; Bonilla los sigue, llevando el bulto, y el señor de la Cadena sale haciendo una reverencia tiesa. Cuando han salido, Jiménez cierra la puerta y, aliviado, suspira profundamente. Los acusados del asesinato del Doctor Saldaña forman un grupo lamentable; son dos putas, un maricón y dos rateros. En su cámara de horrores, atrás de una barandilla, Galvazo los forma en fila, y los alecciona. —Dentro de un momento van ustedes a entrevistarse con la prensa. Esto es un privilegio. Ya cada uno sabe lo que confesó, y lo que tiene que decir. Si alguno mete la pata, lo pasamos por las armas. ¿Está claro? Los acusados, aterrados, dicen que sí. Galvazo abre la puerta, y entran los periodistas. II. VELORIO Belaunzarán, en mangas de camisa, visita a los gallos de pelea que tiene, enjaulados, en su quinta de la Chacota. Les dice tonterías, como una solterona a sus canarios. — ¡Qué bonito, qué bonito gallito! ¡Qué bonito piquito tiene mi gallito! Agustín Cardona, vestido de luto riguroso, entra en la gallera. —Estoy listo, Manuel —dice. Belaunzarán se vuelve, se cruza de brazos, estudia a Cardona de pies a cabeza, y suelta la carcajada. —Pareces la imagen del dolor. Nadie diría que tú arreglaste el trabajito. Cardona, que no tiene sentido del humor, se ofende. —Tú me lo ordenaste, Manuel —dice, muy cargado de razones. —Era indispensable, Agustín —contesta el otro, imitándolo. Va hasta el, le pone el brazo sobre los hombros, lo obliga a darse la vuelta, y conforme van los dos hacia la salida de la gallera, le dice—: ¿te imaginas?, ¿qué hubiéramos hecho si el doctorcito gana las elecciones? Hubiera sido una catástrofe nacional. La vuelta al oscurantismo. El cuerpo del Doctor Saldaña, empolvado, con un anillo de topacio metido a fuerzas en la mano tiesa, vestido con un jaquet descosido por detrás, reposa entre las abullonaduras de un ataúd ostentoso. En cada una de las esquinas del ataúd, haciendo una guardia pomposa y soporífica, están Belaunzarán, Cardona, Bonilla y Paletón. El Salón de la casa de Saldaña es grande, oscuro, y esta lleno de dolientes. Belaunzarán mete dos dedos regordetes en el bolsillo del chaleco, saca un reloj de oro, mira la hora, y vuelve a guardarlo. Instantáneamente, otros cuatro enlutados vienen a reemplazarlos. Belaunzarán y Cardona van juntos, caminando hacia la salida, cuando una voz susurrante, pero perfectamente audible, que sale de entre los dolientes, dice: —¡Asesino! Cardona sigue su camino, con el corazón galopante; Belaunzarán se detiene y se vuelve al lugar de donde salió la voz. Esta frente a Ángela Berriozábal, guapa, desafiante, bien vestida, diez centímetros mas alta que don Carlitos, el mequetrefe de su marido, que esta a su lado. Belaunzarán se inclina cortésmente, y dice: —Buenas noches, doña Ángela. Ángela, sin responder, sostiene un momento su mirada, después, bruscamente, gira, le da la espalda, echa a caminar y se pierde entre los dolientes. Belaunzarán, sin inmutarse, se vuelve a don Carlitos, que tiene una sonrisa helada, y la cara roja. Belaunzarán sonríe, también. —Me despide usted de su esposa, que parece que no me ha visto. Don Carlitos no cabe en si de agradecimiento. —¡Con toda seguridad que no lo ha visto, señor Presidente! Belaunzarán dice: —Buenas noches —y sale del Salón. En el vestíbulo, un periodista, lápiz y libreta en mano, lo detiene. —Señor Mariscal: ¿quiere usted hacer una declaración como motivo de la muerte del Doctor Saldaña? —El Doctor Saldaña —dice Belaunzarán, buscando elocuencia, con la mirada, en el papel tapiz—, fue un hombre digno e irreprochable. Hay quien tiene la impresión de que fue mi contrincante político. Falso. Nuestra única diferencia estribaba en que el era miembro del Partido Moderado y yo soy miembro del Partido Progresista. Nuestra meta era la misma: el bien de Arepa. Si no apoye su candidatura fue porque, como progresista que soy, debo apoyar al candidato de mi partido, que es el señor Agustín Cardona. La muerte de Saldaña es una perdida irreparable, no solo para sus partidarios, sino para nuestra República. Eso es todo. Dejando al periodista batallando con las notas en su libreta, Belaunzarán va a la puerta, en donde un mozo le entrega, entre caravanas, el hongo y el bastón. El Studebaker presidencial, con dos asesinos en el asiento delantero, y Cardona en un rincón del de atrás, esta parado afuera de la casa de Saldaña. Belaunzarán, con hongo en la cabeza y bastón en mano, sube al coche. Antes de cerrar la portezuela, le dice a Cardona, en chunga cruel: —¡Corres como conejo! —¿Qué querías que hiciera, Manuel? —¡Que te quedaras, Agustín! A ti se referían cuando dijeron “asesino”. El coche arranca; Cardona, bilioso, mira por la ventanilla. Belaunzarán rememora, satisfecho: —Pero todo salió bien. Decidí cubrirte la retirada. Le hice frente, y la puse en fuga. Esa mujer tiene más huevos que su marido. . . Por no hablar de los presentes. Cardona, terco, mira por la ventanilla. Belaunzarán se quita el hongo y el saco; se afloja la corbata. —Para evitarnos molestias, y este genero de acusaciones, habrá que darle verosimilitud al juicio. Habrá que fusilar a uno o dos de los acusados. Hay que darle órdenes al juez. Mañana te encargas de eso. Cardona lo mira, contrariado. —¿Pero como vamos a fusilarlos, Manuel? ¡Si les prometimos protección! — ¡Sí, pero eso nadie lo sabe, Agustín! Un público espeso llena la gallera. El sudor rancio de doscientos hombres y su aliento alcohólico se confunde con el humo de los cigarros puros que están fumando. Los rostros son de todos colores; desde el negro azabache de los negros y el verde hepático de los indios guarupas hasta el rojo bermellón de los gallegos. El griterío es ensordecedor. Los gallos se pican, brincan, aletean, sangran. Alrededor de ellos, tras la palestra, moviéndose en círculos nerviosos, absortos en la pelea, caminan Belaunzarán, con el cuello de celuloide abierto y torcido, sostenido apenas por el botón trasero, la camisa empapada, el rostro encendido, y un gallero pobre, descalzo, remendado, con sombrero de palma. El gallo de Belaunzarán degüella al otro, que se convierte en un chorro de sangre y un montón de plumas. El griterío aumenta. Belaunzarán va hasta el lugar en donde esta su gallo, lo levanta del suelo como si fuera de porcelana, lo aprieta contra su pecho, lo mira con orgullo tierno, le quita la navaja con gran destreza, y lo mete en una jaula. Satisfecho, saca un pañuelo de lino blanco y se seca la frente sudorosa y la nuca. Varios corredores de apuestas entran en el ruedo y le entregan sus ganancias. Un ayudante, facineroso y uniformado, se lleva la jaula, Belaunzarán, dinero en mano, se acerca al gallero, que esta recogiendo el pescuezo de su animal predilecto y le entrega unos billetes; el gallero los recibe quitándose el sombrero de palma. Al ver el gesto magnánimo, la turba aguardentosa, llena de sentimentalismo ramplón, con lagrimas en los ojos, grita: —¡Viva el Mariscal Belaunzarán! Y Belaunzarán sale del ruedo en triunfo, como después de sus mejores batallas, y llega hasta donde lo espera Cardona, quien, agrio, lo ayuda a ponerse el saco. III. POR UN ENTIERRO El día siguiente será histórico para la República Arepana. Los hacendados, los comerciantes, los profesionales, los artesanos, y los criados de casa buena, entierran al Doctor Saldaña, y con el, sus esperanzas de moderación. Los campesinos, los Pescadores, los cargadores, los vendedores de fritangas, y los pordioseros, llegan a Palacio, con gran griterío y bailando la conga, y piden, cantando, que Belaunzarán acepte, por quinta vez, y en contra de lo previsto en la Constitución, la candidatura a la presidencia. Pero lo mas importante pasa en la Cámara. La sesión se abre a las nueve, con asistencia total de los diez diputados, y con un minuto de silencio, en serial de duelo por la muerte del Candidato de la Oposición. A las diez y media, el Diputado Bonilla pide permiso, en nombre de los moderados, para retirarse y asistir al entierro del Doctor Saldaña. El Presidente de Debates concede el permiso, con la advertencia de que, como es costumbre en estos casos, el resto de la asamblea sigue teniendo poderes plenarios. Como los moderados son gente puntillosa que no se pierde un entierro, y como en el orden del día no hay más que asuntos sin interés, Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena, de luto riguroso y caras largas, se retiran del foro. Cuando ellos están apenas abordando el automóvil que ha de conducirlos al entierro, el Diputado Borunda pide que, por causa de fuerza mayor, se cambie el orden del día y se pase a discutir el artículo 14, referente al régimen electoral. Se aprueba la petición, y a las once y cinco, cuando los moderados están llegando a casa del muerto, la Cámara aprueba, en pleno, por siete votos contra cero, la eliminación del párrafo que dice: “podrá permanecer en el poder durante cuatro periodos como máximo y no podrá reelegirse por quinta vez”. El Instituto Krauss, casa máxima de estudios y baluarte del saber arepano, tiene su sede en un edificio de piedra, ennegrecida y mohosa, que fue convento. En los pasillos del claustro, por donde pasearon monjas chismorreando o rezando el rosario, pasean ahora adolescentes hijos de millonarios, en pantalones cortos, picándose las narices y preparándose para entrar en Harvard o La Sorbona. Salvador Pereira, maestro de dibujo por necesidad, y violinista aficionado, entra en un Salón de clase, portafolio en mano. Veinte estudiantes despatarrados lo miran con insolencia. Pereira abre el portafolio sobre el escritorio y saca de el unas escuadras de madera. —En la clase de hoy —explica—, vamos a aprender el uso de las escuadras. Tintín Berriozabal, el alumno más guapo y holgazán de toda la escuela, se levanta y toma la palabra, sin esperar a que se la concedan. —Maestro, ¿usted es patriota? Pereira mira a Tintín, desconcertado, antes de contestar: —Por supuesto. —Entonces, no deberíamos tener clase. Hoy entierran al Doctor Saldaña. Se oye un coro plañidero que dice: —¡Si, maestro, déjenos ir! Pereira golpea con las escuadras sobre el escritorio, pidiendo silencio. Cuando lo obtiene, dice: —Estamos en clase de dibujo constructivo. No nos interesan los acontecimientos políticos. Hoy vamos a aprender el uso de las escuadras. Se oye otro coro, que dice: —¡Maestro, no sea malo, déjenos ir! Pereira golpea con las escuadras y dice, entre la batahola: —¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio! En silencio, con la carroza adelante, los caballos enlutados, y el cochero de sombrero alto, el cortejo fúnebre del Doctor Saldaña avanza, lenta y majestuosamente, hacia el panteón. Detrás de la carroza, de traje negro, caminan los ricos de Arepa; tras de los ricos vienen sus coches, con sus mujeres adentro, y tras de los coches, los partidarios pobretones del Doctor Saldaña. En el Dion-Button de siete asientos de los Berriozabal, Ángela, la viuda de Saldaña y doña Conchita Parmesano, enlutadas y sudorosas, con ojeras de desvelo, toman, en vasitos niquelados, café que sacan de un termo, y no dicen nada. Fausto Almeida, subido en una barda, vestido de blanco mugroso, con el pelo seboso cayéndole sobre la frente mulata, se desgañita gritando: —Durante veinte años el Mariscal Belaunzarán ha velado por los derechos del pobre. Durante veinte años ha conducido a este país por los senderos del progreso. Pidámosle que no nos abandone. Pidámosle que acepte la candidatura por quinta vez. Una muchedumbre de desocupados grita entusiasmada. Almeida pega un brinco y baja de la barda, echa a caminar hacia el Palacio Presidencial, y la plebe lo sigue, moviéndose al ritmo de congas y bodoleques, atabales y rungas. El profesor Pereira, apoyando las escuadras en el pizarrón, traza paralelas con gran pericia. A su espalda todo es desorden. La clase entera, menos Pepino Iglesias, el cegatón, que esta en un pupitre de primera fila, dormido tras los cristales de sus anteojazos, esta asomada a la ventana, esperando al cortejo fúnebre. Pereira se da la vuelta, monta en cólera, golpea sobre el escritorio, despertando a Pepino, y grita: —He dicho que esta es una clase de dibujo: ¡a sus lugares! Los alumnos, tomándose su tiempo, vuelven a sus lugares, y Pereira a sus escuadras. La puerta se abre y entra don Casimiro Paletón, Director del Instituto. La clase entera se pone de pie, ruidosamente, porque las hebillas de los cinturones se atoran en las tapas de los pupitres. Don Casimiro Paletón mira a Pereira, severo. —Profesor Pereira: ¿qué espera usted?, ¿en qué esta usted pensando?, este es día de duelo nacional. Deje ir a los muchachos para que puedan acompañar al cortejo fúnebre del Doctor Saldaña, que no tarda en pasar frente al Instituto. —Muy bien, señor Director —dice Pereira, corrido. Paletón se vuelve a los muchachos: —Muchachos: nunca olviden este día. La muerte del Doctor Saldaña es la catástrofe más grande que ha ocurrido en Arepa. Dicho esto, se retira precipitadamente, conmovido hasta las lágrimas por su propia elocuencia. Cuando se cierra la puerta, la alegría de los muchachos estalla: gritan, ríen, golpean las papeleras, sacan sus libros y se van corriendo. Dejan solo a Pereira, que torciendo la boca con disgusto, guarda las escuadras en su portafolio. El cortejo fúnebre de Saldaña partió de su casa en el Paseo Nuevo, bajo por el Espolón hasta Cordobanes, torció a la izquierda, camino por la Manga de Clavo, y allí, al pasar frente al Instituto Krauss, se tope con la manifestación Belaunzaranista que empezó como acto de apoyo en los Llanos del Cigarral, espanto las moscas del Muladar de San Antonio, se hizo fuerte en el Mercado de Pescaderos, se apretujo entre las callejas de la ciudad vieja y acabo, frente al Palacio, convertida en un llamado a la dictadura. Al encontrarse frente al Instituto Krauss el cortejo y la manifestación se detienen; los caballos están nerviosos, el cochero, inseguro, los ricos temerosos de que la turba gritona los llene de escupitajos. Los pobres, por su parte, al ver frente a ellos la carroza negra con el muerto adentro, se detienen también, se miran consternados, y se callan la boca y los instrumentos. Durante un momento nadie se mueve en la calle llena de gente. No se oyen más que los cascos de los caballos golpeando en el adoquín carcomido. Pereira asoma a una ventana del Instituto Krauss y mira a sus pies aquellas dos corrientes inmóviles. El sol cae como plomo, no hay una brizna de aire, las moscas reanudan sus cacerías microscópicas. Al final vence la superstición. Los pobres se quitan los sombreros de palma, el cochero fustiga a los caballos y los hace avanzar, los pobres se separan y abren paso a la carroza, los ricos aprietan filas y echan a andar, convencidos de que van a pegárseles las liendres, los automóviles elegantes se ponen en marcha, con pedorrera espectacular. El Doctor Saldaña, cabeza de sus huestes de medio pelo, cruza, como Moisés, un pestilente y dividido Mar Rojo para llegar al cementerio. Cuando el cortejo ha pasado, la turba se cubre, los tamborileros tocan, la gente grita y avanza dando brinquitos y cantando: Que te digo que no paro Belaunzarán. En el Salón Verde del Palacio, con araña, gobelinos y muebles estilo Imperio, adquiridos por un Capitán General megalómano de tiempos isabelinos (de los españoles), están sentados Mr. Humbert H. Humbert, Sir John Phipps y M. Coullon, embajadores de los Estados Unidos, su Majestad Británica y Francia, respectivamente, fumando los Partagás que acaba de ofrecerles el Jefe del Protocolo. En el Salón de Audiencias, Belaunzarán recibe a los diputados, que vienen a darle la noticia de la ley que acaban de modificar. Borunda es el portavoz: — Señor Presidente, usted esta en libertad de aceptar la candidatura. El Mariscal, haciendo la remolona, levanta las palmas de las manos con modestia: —Pero yo ya estoy muy cansado, muchachos. Cardona, que ve desvanecerse sus esperanzas, pone cara de vinagre. Afuera se oye el canto de la plebe. Chucho Sardanápalo, Ministro del Bienestar Publico, y el Intendente de Palacio, entran a pedirle a Belaunzarán: —Salga al balcón, señor Presidente, la gente lo esta pidiendo. En la Plaza Mayor, el populacho organizado canta con ritmo mulato: Belaunzarán no te noj vayas Belaunzarán Ay, no no no no te noj vayas Belaunzarán Belaunzarán, desde el balcón, llora lágrimas de emoción, y agradece la fiesta. Al agradecer la fiesta dice que si con la cabeza, y al verlo, el publico estalla en jubilo, y sigue la juerga. Belaunzarán se retira del balcón. En el Salón de Audiencias, entre los diputados y los ministros, esta Cardona, agrio como siempre, con los hombros caídos como nunca. Belaunzarán entra en el Salón, cruza hasta Cardona y lo abraza. Le dice, con la voz engolada por la emoción: —Perdóname, Agustín, pero no puedo negarles nada. Otra vez será. Belaunzarán se separa de Cardona, lo deja mirando la alfombra, y a los demás, a Cardona, con lastima, y sale por la puerta que da al pasillo que conduce a su despacho particular. En su despacho, Belaunzarán se transforma. La emoción y la parsimonia lo dejan, aprieta el paso, rodea el magno escritorio, libra un sillón, pasa junto a su estatua, y abre la puerta del baño, desabrochándose el botón de la bragueta. En el Salón Verde, los embajadores se aburren mirando al vacio. El ruido del excusado los saca de su ensimismamiento. Paran la oreja, se enderezan, y al abrirse una puerta, tuercen el pescuezo para ver quien entra. Belaunzarán, dejando a sus espaldas la catarata artificial que ha provocado, y que sigue fluyendo, esta en el umbral, abrochándose la bragueta y sonriendo cortésmente: —Señores, estoy para servirlos. Dicho esto, se sienta en un sillón ligeramente más alto que los que ocupan los embajadores. Mr. Humbert H. Humbert, regordete y marrullero, simpático a fuerzas, entre sonrisas y vocales ambiguas, toma la palabra: —Mis colegas aquí presentes y yo, venimos a expresarle que nuestros respectivos gobiernos verán con muy buenos ojos que usted siga en el poder, por considerarlo un estadista como no hay otro. —Muchas gracias —dice Belaunzarán. Sir John Phipps, viejo y seco, que no entiende español y es sordo, sonríe amablemente a Belaunzarán, y mueve la cabeza afirmativamente, deseando, en su fuero interne, que lo que ha dicho Humbert H. Humbert sea lo que el quisiera haber dicho. M. Coullon, redondo y cabezón, con la cara llena de reproches, no hace gesto alguno y pone la mirada en los lebreles del gobelino que tiene enfrente. En sus veinte años de embajador en tierras de indios, no ha logrado entenderse con nadie, por considerar que, puesto que el Francés es la lengua diplomática, no hay razón para usar ningún otro idioma. —En cuanto a la Ley de Expropiación y el Programa Agrícola, que tiene usted en proyecto, querido Mariscal —continua Humbert, mas sonriente que nunca—, estamos de acuerdo en que no lesionara los intereses de ningún extranjero, ni será obstáculo para que Arepa cumpla con los compromisos que ha contraído con nuestros gobiernos, ¿no es así? —Así es, mister Jombert—dice Belaunzarán, sonriendo ligeramente, y echando una miradita en los ojos de cada uno de sus visitantes, para demostrarles sinceridad. Los anglosajones sonríen a Belaunzarán benévolamente. Coullon gruñe, en francés: —¡Bien! IV. LA VIDA INTIMA Salvador Pereira, con gorra de automovilista y Palm Beach regalados, el portafolio bajo el brazo, escoge el mas pequeño de entre los pargos muertos que hay en la mesa de una pescadería. Primero lo palpa, para saber si esta firme, después, le mira los ojos ciegos, y por ultimo, lo huele; satisfecho con el resultado de estas operaciones, lo pone sobre el mostrador, frente al pescadero, que lo destripa, lo cepilla y lo envuelve en un periódico. Pereira paga y guarda el bulto en el portafolio, entre las escuadras y una sonata de Schubert. A la sombra de un almendro, Pereira mira a lo lejos un tranvía, que se acerca dando bandazos, crujiendo, deteniéndose con ruido de matraca, arrancando con un quejido, llevando en el frente un letrero que dice: “Paredón”, y un anuncio de “El botín rojo” importadores de calzado americano y europeo. Pereira lo aborda de un salto, con la agilidad y la experiencia de sus veinticinco años de pobretón. En la estancia de la casa de su madre, Esperanza, la mujer de Pereira, fúnebre y desgreñada, cose ajeno, entre las cortinas de percal, los muebles de mimbre, el piso amarillo congo, el Sagrado Corazón, el retrato de bodas y el cromo que representa a unos amorcillos remándole la góndola a una Venus gorda. En la cocina, doña Soledad, dueña de la casa y suegra de Pereira, suda, se acongoja pensando en el abismo que hay entre tener cocinera y no tenerla, y vigila los frijoles negros que hierven en una olla de barro. Pereira entra en la casa, saluda a su mujer con un beso desalentado y no correspondido, cuelga chaqueta y gorra de los colmillos de un jabalí de pasta, va al rincón en donde esta su atril, toma el violín, abre la partitura, y se dispone a tocar, cuando Esperanza le dice: —No me has preguntado como me siento. —¿Cómo te sientes? —Muy mal. Me duele el hígado otra vez. —Ve a ver un medico. —No tengo dinero. —Toma un cocimiento de yerba santa. —No me hace efecto. —Entonces, rézale al Sagrado Corazón. Toca una nota, afina, vuelve a tocar. Entra doña Soledad, agitando un abanico japonés manchado de grasa; con los pelos pegados a la frente sudorosa. —¿Se olvido usted otra vez del pescado, o es que gasto el dinero en otra cosa? Pereira, sin malos modos, dócil, deja el violín a un lado, va al portafolio, saca el bulto y se lo entrega a su suegra, que sale del cuarto, desenvolviendo el pargo, y olfateándolo, llena de sospechas. Pereira vuelve a tocar. A la segunda nota, se da cuenta de que Esperanza esta llorando en silencio. Baja el violín y pregunta, preocupado: —¿Que te pasa? Esperanza se cubre la boca con un pañuelo, y solloza. Se levanta de pronto, como quien, incapaz de contenerse, no quiere dar el espectáculo, y va hacia la puerta diciendo, entre sollozos, mocos y el pañuelo que tiene sobre la boca: —¡Es que somos tan pobres! Sale dando un portazo y, en la intimidad de su alcoba, se echa de panza en la cama de latón en donde han cohabitado, tranquilamente, tres generaciones de mujeres amargadas por el fracaso social de sus respectivos maridos. Pereira abre la puerta y, parado en el umbral, ve, desolado, como se estremecen las nalgas de su mujer con los sollozos. Entra en el cuarto, cierra la puerta, deja el violín sobre una silla y, con cara de tragedia, monta de un brinco sobre Esperanza y le muerde la nuca. Ella, llorosa, dice: “no, no, no”, pero permite que le aprieten las tetas. Pereira, después del coito, toca el violín con inspiración y mal tono. A su lado, Esperanza cose apaciblemente, con la mirada baja. Pereira, Esperanza y Soledad, de sobremesa silenciosa, toman el café negro, mirando, con cierta nostalgia, el esqueleto del pargo, que yace sobre un platón desportillado. Pereira, en las tardes, va a la playa en mangas de camisa, y se sienta, durante horas, en cuclillas; inmóvil, con las manos sobre la frente, haciéndole pantalla a los ojos, que miran el horizonte desierto. Por la noche, alumbrándose con un quinqué, Pereira juega, cautelosamente, ajedrez con el Terror de la Jefatura, Pedro Galvazo, en la estancia de su suegra. Soledad, Esperanza y Rosita Galvazo, sentadas en mecedoras de bejuco, en plena calle, toman el fresco, se rascan la greña, se abanican, y ponen en entredicho, con voces agudas, la virtud de las vecinas. Pereira adelanta una torre y dice: —Mate. Galvazo, rojo y convulso, golpea con el puño la mesa de caoba pintada de azul, tumba la reina y dice: —¡Me chingo a topes! Pereira, a la defensiva, arrinconado en su silla, espera a que baje el furor de su contrincante. Por entre las cortinas pasa la voz majadera de doña Rosita Galvazo: —Que te digo que si, que le pone los toneletes a su marido. Soledad y Esperanza ríen con deleite y niegan la noticia, con ganas de que les cuenten detalles. Galvazo, dueño de si mismo, en el papel de gran perdedor, dice, con magnanimidad: —Esta fue una partida de mierda, amigo Pereira. Pereira se tranquiliza, asiente con la cabeza y sonríe tímidamente. La casa de los Berriozabal fue construida a principios de siglo, con el dinero del padre de don Carlitos y el talento de un arquitecto italiano que se hizo millonario en sus viajes por tierras bárbaras. En la rotonda, a la sombra de la palma datilera y a la vista de todo el mundo, están los coches de la familia: El Dussemberg descapotable y el Dion-Button cerrado. Ángela, cuya debilidad son las artes, ha transformado el corredor sombrío que daba al parque interior en un Salón de música, que tiene grandes ventanales que abren a la yerba verde, la magnolia, las poinsettias, las jacarandas, el hule, las rosas de Castilla y los pavorreales. En este Salón se juntan, las tardes de los miércoles, los espíritus más finos de Puerto Alegre, a tocar mal buena música y a escuchar los varoniles versos de don Casimiro Paletón y los delicadamente apasionados de Pepita Jiménez, poetisa aficionada. Tintín Berriozabal, recostado en el canapé forrado de cretona, descansa la cabeza en las piernas todavía macizas de su señora madre, que le acaricia el cabello. —Tu amigo, el profesor Pereira —dice Tintín—, es un imbécil. —No es mi amigo, es un invitado. Toca el violín admirablemente. Es parte indispensable del quinteto. Si es imbécil o no, me tiene muy sin cuidado. Y levántate, que estas arrugándome el vestido. —No me da la gana. Ángela sigue acariciando, apaciblemente, el cabello de su hijo, mientras dice, con severidad: —No me faltes al respeto. Entre las azaleas, las vinílicas, las fascéderas y las glorietas de Pérgamo, Ángela, con vestido blanco, le indica al jardinero negro cuales son las flores que debe cortar y entregar a la criada que va tras de ellos, con un ramo entre los brazos. Don Carlitos, vestido de blanco, con cuello Cardiff, corbata inglesa detenida por un fistol con perla y zapatos de dos colores, aparece en la vereda y pregunta, chunguero: —¿Y no se come en esta casa? Va hasta donde esta su esposa y, levantando ligeramente los talones, le pone el bigote, recortado y canoso, sobre la mejilla. Ella lo mira sin interés. —Esos zapatos son horribles. —¿Te parecen horribles? A mi me gustan. Con orgullo de propietario, pone una mano sobre la nalga firme de su mujer para que vean los criados que todavía las puede; ella le dice, en secreto: —No me toques. Don Carlitos finge darse cuenta, hasta entonces, de que no están solos, dice: “¡Ah!”, quita la mano, y camina por la vereda unos pasos, al lado de su mujer. El jardinero y la criada cambian una mirada de aburrimiento que dura un instante. Don Carlitos corta un níspero, y se lo come. —En el Casino dicen que es un hecho. Nos quedamos con Belaunzarán otros cinco años. A menos de que se nos ocurra una idea genial. —¡Qué vergüenza! —dice Ángela. Don Carlitos adopta un tono severo. —Vergüenza o no vergüenza, voy a pedirte que no vuelvas a decirle asesino. Tenemos que ser diplomáticos y defender nuestras propiedades. Ángela se vuelve al jardinero y le dice: —Corte tres rosas de Castilla. El jardinero pone manos a la obra; Ángela lo observa; don Carlitos escupe el hueso y come otro níspero. Deja el tono severo y trata de hacerla entrar en razón. —Además, el hombre esta en la mejor disposición. Hoy juego domino con el. —Haz lo que quieras —dice Ángela, oliendo una rosa. Don Carlitos escupe el hueso del segundo níspero, y dice: —Bueno, ¿a qué horas se come aquí? —En este momento. El ramo esta listo. Comeremos y llegaras a tiempo a tu cita con el bandolero. Don Carlitos se vuelve suplicante: —Ángela, por favor: sensatez. —No te preocupes. No volveré a decir lo que pienso. Precedidos por la criada, ambos emprenden el regreso a la casa. Don Carlitos, de buen talante, come otro níspero. —No te arrepentirás —dice, entre chupeteos. —Necesito otro traje para Pereira —dice Ángela—, el Palm Beach que le diste ya esta muy usado. Don Carlitos levanta las cejas con escándalo falso. —¿Pero que hace ese hombre con la ropa? —Se la pone. No tiene otra. —Dale el traje rayado que nunca me gusto, y dile que si lo visto, no es para que le ponga malas calificaciones a mi hijo. —Tu hijo es un holgazán. — Razón de más. El amor, con amor se paga. Ambos entran en la casa. V. EL CASINO DE AREPA En el ultimo tercio del siglo pasado y a principios de este, los ricos de Arepa construyeron sus casas en el Paseo Nuevo. Unos, los hacendados, venían del interior de la isla, huyendo de bandoleros, y otros, los comerciantes, del centro de la ciudad, huyendo de malos olores. El Paseo Nuevo tiene tres cuadras de largo, vista al mar, y un camellón con tamarindos, jacarandas, laureles y magnolias, entre los arroyos adoquinados. Allí están, entre jardines y verjas, las casas de los Berriozabal, los Redondo, y los Regalado, los capitales mas fuertes de la isla. Unas casas recuerdan al Taj Mahal, otras, la Mezquita de Córdoba, y otras, el palacio barroco de algún noble bohemio. Con el éxodo hacia el Paseo Nuevo, quedaron libres algunos de los viejos caserones del centro. En uno de ellos, la antigua casa de los Verdegollo, se fundo el Casino de Arepa, del que son socios todos los que se respetan, son respetados, y tienen dinero para pagar las cuotas. El Casino, que fue fundado con el objeto de que los señores de la isla tuvieran donde pasar el tiempo jugando tute y leyendo periódicos atrasados, se convirtió, gracias a las presiones ejercidas por el progresismo rampante, en el centro de reunión y la base de operaciones del Partido Moderado. En la noche del día en que enterraron al Doctor Saldaña, hubo una junta tormentosa en el Salón de Actos. Nadie se acordó de lamentar al difunto, y todos, de recriminar a los tres diputados la mala idea que tuvieron, de salirse de la Cámara para ir al entierro, dejando el campo libre a los progresistas. —Suerte tuvimos con que no les diera tiempo para aprobar la Ley de Expropiación —comento don Carlitos, y fue lo mas benévolo que se dijo en la reunión. La Ley de Expropiación, que ha estado detenida en la Cámara durante quince años gracias a la oposición de los moderados, y dispone que todas las propiedades de españoles y de hijos de españoles, es decir, todas las propiedades de Arepa, pasen a poder del Estado. —Ha llegado el momento de cerrar la tienda e irse con la música a otra parte —dijo don Ignacio Redondo, por enésima vez en quince años. Pero la meta de los denuestos, mas que los diputados, fue un ausente, el Mariscal, que fue acusado de marrullero para abajo. — ¡Y yo, que lo califique de Héroe Niño en uno de mis mejores poemas! —exclamo don Casimiro Paletón, poniéndose una mano en la frente. —Fue un pecado de juventud —dijo Barrientos, para consolarlo. Andaba con muletas, por el accidente que le había ocurrido en casa de doña Faustina, dos noches atrás. Se acordó reunirse otra vez, con los ánimos mas calmados y el objeto de determinar quien iba a ser el candidato presidencial del Partido, que sustituyera a Saldaña y se enfrentara, si no con esperanzas, cuando menos con dignidad, al Gordo Belaunzarán. La segunda junta empieza mal, abriendo heridas ya cerradas. Bonilla, que ya antes había sido postergado, al elegir todos a Saldaña, y que se sentía uno de los candidatos mas viables, por ser “el hombre mas honrado de Arepa”, se ofende cuando Coco Regalado, un joven parrandero, comenta que la honradez no es virtud cívica. —Llevamos veinte años gobernados por bandoleros y nadie les ha puesto un pero —dice, para apoyar su tesis. Bonilla, que esta en el estrado, suelta la quijada, alargando la cara y, sin abrir la boca, pasea la mirada por los presentes, como diciéndoles: —Miren a lo que hemos llegado. ¡Lo que piensan las nuevas generaciones! A la mayoría le parece que la frase es cínica, pero que en el fondo tiene mucho de cierto. —A los negros les gustan los listones —dice don Bartolomé González, el mas realista del grupo—. Y son los negros los que ganan las elecciones. Todos ponen cara de “es triste reconocerlo. pero es cierto”. Paco Ridruejo, un joven serio y de casa buena, pide la palabra y dice: —Yo propongo a Cussirat. La reunión se anima. Empiezan las discusiones. Pepe Cussirat, el “primer arepano civilizado”, según frase memorable de Armando Duchamps, el reportero de El Mundo, tiene quince años en el extranjero, estudiando en las mejores universidades. —Tiene algo que nadie ha visto en Arepa, que es cultura —dice Ridruejo. —¡Un momento! —pide Bonilla, que se ofende en lo personal, y por poder—. Aquí tenemos a don Casimiro Paletón, que es un pozo de ciencia. Don Casimiro, que esta en el estrado, junto a Bonilla, baja los ojos modestamente, y dice, con sonrisa tolerante: —Si, pero Cussirat es mas joven. Barrientos, apoyándose en las muletas y la pierna sana, se pone de pie para decir: —Yo apruebo la idea. Necesitamos que el candidato no sea uno de nosotros, que estamos muy vistos. Necesitamos caras nuevas, y la de Cussirat es una de ellas. —Además de no ser uno de nosotros —dice don Bartolomé González, como argumento irrefutable—, Cussirat es de los nuestros. Don Bartolomé es de los González del Rolls, a quienes se llama así, para diferenciarlos de otros González, que no tienen Rolls. —Cussirat monta a caballo, tiene un avión, juega golf, mata venados y habla tres idiomas. ¿Que mas queremos? —enumera Paco Ridruejo. —¡Y tiene treinta y cinco años! —exclama don Remigio Iglesias, uno de los moderados mas viejos—. Si este Partido ha de salvarse, es con juventud. —¡Y nadie se acuerda de el! —dice alguien. —¡No tiene cola que le pisen! —dice otro. —La falta de arraigo puede ser un defecto —advierte el señor de la Cadena, que nunca ha salido de Arepa. —Es de los que huyeron por no poder sacar al buey de la barranca —comenta don Ignacio Redondo, olvidándose del millón que tiene en el Banco de Bilbao—. No se quedaron como nosotros a hacerle frente a la situación. Cuando Belaunzarán invento la Ley de Expropiación, la familia Cussirat, que estaba podrida en pesos, vendió propiedades, invirtió en Nueva York, y se fue a vivir en el extranjero con intenciones de no regresar. Paco Ridruejo jura que en las tres semanas que paso en White Plains con Cussirat, no hubo día en que este no se acordara de Arepa. —Siente una gran nostalgia por su tierra —termina diciendo. —Los Cussirat son, y han sido siempre, grandes amigos de mi familia —dice don Carlitos—, pero, ¿si llegara Pepe al poder, cuidaría de nuestros intereses? — ¡Como si fueran suyos! —promete Ridruejo. En parte por el entusiasmo que siempre provoca una idea en los medios en donde no las ha habido nunca, y en parte por la falta de otra solución, los moderados aprobaron aquella noche invitar a Cussirat a ser su candidato. En el acta se asentó, y se dijo en la carta que le enviaron, que habían llegado a esta decisión, “en consideración a sus altas virtudes cívicas, a la austeridad de su posición política, reflejada en el exilio voluntario que se ha impuesto, y de sus méritos personales”. Pero, en realidad, uno de los factores que ganaron la batalla lo expreso don Bartolomé González, en un momento optimista y visionario: —Si llega en avión, ganamos las elecciones. Porque en Arepa nadie había visto un avión. VI. HIGH LIFE Ángela, aporreando el enorme piano Bossendorffer que su marido compro en un remate, el Doctor Malagón, moviendo la melena canosa, medio levantándose de la silla para tocar mas alto, desafinado y haciendo florituras en el violín, Pereira, tocando su parte con gran timidez, el viejo Quiroz, fúnebre, a la viola, y Lady Phipps, con el cello entre las piernas abiertas, enseñando los calzones y levantando el mentón fornido, tocan, encarnizadamente, un quinteto del gran Lecumberri. Don Casimiro Paletón, esperando a que llegue el momento de leer la Oda a la Democracia, que acaba de componer, Conchita Parmesano, sopeando galletas inglesas en vino de jerez, el Padre Inastrillas, dormitando, Pepita Jiménez, transida de emoción estética, Barrientos, que hace cinco años anda tras los favores de la anfitriona, y no le quita los ojos de encima, las dos hermanitas Regalado, aburridas, don Gustavo Anzures que va allí por no ir al Casino, sentados en los sillones vieneses, forman el publico. La pieza acaba en un acorde sublime y desafinado. Los oyentes prorrumpen en aplausos y “bravos”. —¡Que conciertazo! —dice doña Conchita, sacudiéndose las migajas. —¡Que sería de nosotros sin usted, doña Ángela! —dice el Padre Inastrillas, despertando—. ¡Esta isla sería un desierto! Barrientos, cojeando y retorciéndose los bigotes, se acerca a Ángela y, mirándola a los ojos le dice: —¡Magnifico! Malagón, con sus ademanes de Catalán apasionado, le dice a Pereira, salivando: —No me siguió usted. El segundo movimiento no se toca así. Cuando yo hago taraliralirali, usted debería hacer tiraliralirala, y no tarilalarilalali, como hizo, porque entonces yo no puedo hacer taralalitaralala, que es lo que viene después. ¿Me explico? —Si, Doctor, procurare hacerlo mejor la próxima vez. —Esta música —dice Pepita Jiménez, tomando la copa con nieve de naranja que le ofrece un mozo—, es tan maravillosa que me deprime. —I say! —comenta Lady Phipps, poniendo el cello a un lado, y cerrando las piernas. El viejo Quiroz guarda la viola en su estuche sin decir pio. —Están ustedes a la altura de las mejores orquestas —dice don Casimiro Paletón, echando sus barbas en remojo. Don Carlitos entra al Salón, vestido a la inglesa y lleno de buen humor. —¿Llego tarde? —pregunta. —¡No sabe usted de lo que se ha perdido! —dice don Gustavo Anzures. —Estas a tiempo para oír la oda que va a leernos don Casimiro —dice Ángela. —¡Me alegro! ¡Me alegro! —exclama don Carlitos, resignado. —Es una improvisación —advierte modestamente Paletón. —Me retrase porque estuve jugando domino con Belaunzarán —explica don Carlitos a don Gustavo Anzures, discretamente—. Entre si son peras o son manzanas, hay que estar bien con todos. Le pedí que no me expropie la hacienda de la Cumbancha. —Interceda por mi, don Carlitos. Acuérdese de que yo también soy propietario —le ruega Anzures—. Yo se lo agradeceré. —Espere. Ahora es demasiado pronto. Hay que estar bien colocado para dar el salto. Pero, en cuanto haya un momento propicio, cuente conmigo. Ángela se acerca a Pereira, y le dice, con discreta benevolencia: —Le tengo un traje. Pereira, agobiado por el agradecimiento, le dice: —¡Gracias, señora! —Nomás que don Casimiro lea su oda, se lo doy. Recuérdemelo. —Como no, señora. Ángela, mirando los zapatos descosidos de Pereira, le pregunta: —¿De que numero calza? En ese momento, un mozo se acerca y le entrega a Ángela el cablegrama que trae en una bandeja. Silencio general. Expectación. Ángela se pone una mano sobre el pecho, como para evitar que se le salga el corazón. —¿Que puede ser? —pregunta, mirando el sobre con fascinación. —Pues ábrelo, niña, y ve que dice adentro —dice don Carlitos, acercándose, lleno de curiosidad—. ¡Pronto, que nos tienes sobre ascuas! Ángela abre el telegrama y lo lee. Su rostro se ilumina. Levanta los ojos y le dice a la concurrencia: —¡Buenas noticias para todos! Es de Pepe Cussirat. Dice: “Acepto coma en principio coma la postulación punto llego en avión punto Cussirat”. Mientras Ángela aprieta el cablegrama contra su pecho, se oyen las exclamaciones de entusiasmo de varios de los presentes. —¡Bravo! —dice Barrientos. —¡Este muchacho es de oro! —dice don Carlitos. —Mi oda no se llamara “a la Democracia”, sino “a Cussirat”. Aunque cabe apuntar que este cablegrama debió ir dirigido al Partido Moderado en su domicilio oficial, que es el Casino de Arepa. Don Carlitos explica: —Con Pepe siempre nos ligo una amistad muy intima. Es muy natural que haya querido que nosotros fuéramos los primeros en saber su decisión. Se oye, primero, el ruido de una copa que se rompe, después, un golpe sordo, como de un fardo que cae. La nieve de naranja que estaba tomando Pepita Jiménez mancha la alfombra persa, al lado del cuerpo exánime de la poetisa. Mientras el Doctor Malagón la examina, Conchita Parmesano le da palmaditas en una mano yerta, y le explica al Padre Inastrillas, que esta a su lado, listo para suministrar los Santos Oleos: —Pepe Cussirat fue su novio. Lo ha esperado quince años. Es natural que se desmaye, la pobrecita. Pepita Jiménez abre los ojos, y pregunta: —¿Dónde estoy? Malagón la da de alta. —Fue la emoción, una copita de cognac y se le pasara. El susto pasa. Don Carlitos sale del Salón, gritando: —¡Un cognac! Alguien comenta: “¡que susto nos has dado, muchacha!” Pereira toca el brazo de Ángela, que acerca un pañuelo perfumado a las narices de Pepita, y le dice: —Calzo del veintiséis. Esa noche, Pereira entra en la sala oscura de la casa de su suegra, llevando en el brazo el estuche del violín, el portafolio con la música, el traje a rayas y los zapatos de dos colores. Con precipitación, en la oscuridad, se quita la ropa y los zapatos. Queda en calzones. Lleno de alegría, se pone los zapatos de dos colores. Cuando esta abrochando las cintas, se da cuenta de que alguien solloza en el cuarto de junto. Se levanta, y en calzones y zapatos, entra en su alcoba. A la luz del quinqué encendido, ve a Esperanza, en la cama, llorando. —¿Por que lloras? —Porque ya no me quieres. Pereira cierra la puerta, y camina hasta donde esta su mujer, diciendo, con vehemencia: —¡Si te quiero! ¡Si te quiero! Toma la sabana y, con cierta violencia y gesto grandioso, descubre a su mujer. Esta desnuda. Se monta sobre ella con los zapatos puestos. —¡Si te quiero! —le dice. Y ella le contesta: —Ten cuidado, que me duele el hígado. VII. DÍA DE CAMPO M. Ripolin, sobrecargo de La Navarra, el barco de la Trasatlántica Francesa que hace escala en Puerto Alegre, proveniente de Cherburgo y Nueva York, y con destino final en Buenos Aires, vigila, junto a la pasarela, registro de carga en mano, el desembarco de dos jacas inglesas y doce baúles de viaje, propiedad del ingeniero Cussirat. Martín Garatuza, español, chaparro, con hongo y traje negro, dos escopetas de caza al hombro, esta a su lado. Ripolin le tiende el recibo. —¿Usted es el propietario de todo esto? —le pregunta, en español gangoso. —No, señor, pero estoy autorizado para firmar el recibo —dice Garatuza, echando una firma llena de garigoles, y después explica—: soy el mayordomo del señor Cussirat. El llega a la isla mañana, en su avión. —¿En su avión? —pregunta Ripolin, abriendo los ojos. —Es un piloto de primera —dice Garatuza, orgulloso, y echa a correr pasarela abajo, moviendo las cortas piernas. Para regresar a Puerto Alegre, su tierra natal, Pepe Cussirat dejo White Plains en su biplano Blériot, aterrizo en Baltimore, durmió en Charlotte, compro cigarros en Atlanta, almorzó en Tampa, paso quince días en La Habana, esperando una refacción, y diviso la costa de Arepa a las diez de la mañana del 23 de mayo de 1926, un día despejado, memorable en la historia arepana. El llano de la Ventosa esta al norte de Puerto Alegre, a tres kilometres de la terminal de los tranvías de la línea Paredón-Remedios. Es un potrero cubierto de yerba verde, con un arroyo en medio y tamarindos en las orillas; esta rodeado de tres pequeños cerros que se llaman el Cimarrón, el Cerrito de Enmedio y los Destiladeros, en donde se siembra cacao, café y tabaco. Por ordenes presidenciales y con el objeto de permitir el aterrizaje feliz del Blériot de Cussirat, el Ejercito saco las vacas del pastizal, corto una yuca que había crecido en el centro del llano y se formo en circulo alrededor del campo, para evitar que los chiquillos se metieran a jugar y fueran atropellados por el avión. Las mujeres de los bohíos cercanos prepararon pescado frito y tamales, para vender a la gente que viniera a ver el aterrizaje. Esa mañana, por primera y ultima vez en su historia, los tranvías llegaron repletos a la terminal de Remedies. El Gerente de la Compañía de Tranvías, Mister Fisher, reforzó el servicio con dos carros de la línea Guarapo Chihualan. Pereira, con traje a rayas, carrete prestado y zapatos de dos colores, llego a Remedies en el tranvía de las nueve y media, y echo a andar, entre familias pobres endomingadas y churreros, por el camino de tierra que conduce a la Ventosa. Al poco trecho, paso junto a el Galvazo, en ancas de la motocicleta de la Policía, abrazado del conductor, con doña Rosita en el sidecar, levantando una polvareda, y el brazo, para saludarlo. El chofer de los Berriozabal, ayudado por un mozo, el jardinero y una criada, guarda, afanosamente, en la cajuela del Dussemberg, dos canastas con sandwiches de jamón de Westfalia, pavo asado, y queso Gruyere, un frasco de nueces en conserva, tres latas de hors d'oeuvres de Rodel, una docena de naranjas, seis botellas de San Emilion, tres termos con café negro, una botella de Martell, el estuche de los cubiertos, una mesa plegable y un mantel. Las hermanitas Regalado, vestidas de azul y blanco, con holanes pasados de moda y sombreros de paja de Italia, están sentadas en el asiento trasero desde hace media hora. Ángela, con un vestido de Worth, don Carlitos, de sport y con catalejos sobre el pecho hundido, el doctor Malagón, con un chambergo inapropiado, Pepita Jiménez, lánguida, y doña Conchita Parmesano, brincando de emoción, salen de la casa después de haber hecho pipí, listos para el día de campo. —¿Y Tintín? —pregunta la mas tonta de las hermanitas Regalado. —Se fue en el Rolls de los González —contesta don Carlitos. —¡Hola, guapas! —dice Malagón a las Regalado, poniendo un pie reumático en el estribo. —¡Por fin vamos a ver un avión! —dice Conchita Parmesano. —¡Y a Pepe Cussirat —dice Ángela—, que hace quince años que no vemos! —¡Si es que no se cae por el camino! —dice Pepita Jiménez, presintiendo algo terrible. —¡Ni lo mande Dios! ¡Toca madera! —exclama la Parmesano. —Llegara con bien, y te querrá como antes —dice Ángela a la poetisa, haciéndole un arrumaco. Don Carlitos, cargante, cuenta a los invitados y le dice a cada quien donde debe sentarse, cambiando varias veces de opinión, y haciéndolos cambiar de lugar. El chofer le dice a Ángela, en voz baja: —Todo cupo en la cajuela, señora. Ángela le dice, en secreto, a Conchita: —Llevamos buen piscolabis. Conchita, con gracia glotona, pone los ojos en blanco. —Se me hace agua la boca, nomás de pensar en los primores que has de traer. —¿Me hacen las señoras el favor de pasar a sentarse en el asiento de atrás en vez de estar chismorreando? —pregunta don Carlitos. Las mujeres y Malagón se apretujan en la parte de atrás del coche. Don Carlitos sube junto al chofer y el Dussemberg, con la capota baja, arranca, obligando a las damas a detenerse los sombreros y a echar grititos. Por el camino de tierra, la procesión de pobretones, cada vez mas espesa, mas sudorosa, mas empolvada y mas lenta, se abre de vez en cuando para dejar el paso a los coches que pasan pitando con insolencia y levantando nubes de polvo. Junto a Pereira pasa el Studebaker presidencial con Cardona, verde y solitario, adentro; Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena, en un Mercedes prestado; por ultimo, los Berriozabal y compañía sin detenerse, con saludos cordiales, obligándolo a descubrirse. El centro del llano de la Ventosa es desierto, y las orillas, verbena. Pereira camina entre fritangas, niños llorones, madres malhumoradas, y hombres gargajientos, hasta llegar al tamarindo, apartado desde la víspera, a cuya sombra se han instalado los Berriozabal, con su coche, sus invitados y la mesita de las viandas. —Cuando lo vimos —le dice Ángela, limpiándose un punto de mayonesa con el pañuelo de batista—, estuvimos a punto de detenernos, para decirle que se viniera con nosotros, pero era demasiado tarde. Ya estaba usted a un kilometro. —Pero, hombre, Ángela, ¿que estas diciendo?, a Pereira le hace falta ejercicio —dice Malagón, con la boca llena de jamón de Westfalia. —Le queda muy bien el traje —dice Ángela, mirando a Pereira de arriba a abajo. Lo toma del brazo y lo conduce a la mesita, donde el chofer hace los honores—. Tómese un “tentempié”. Ha de estar hambriento después de la caminata. Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena, que se han unido a la partida, están cerca de la mesa, masticando. El chofer, solemne, quita el trapo húmedo que cubre los sandwiches. Pereira los mira, sin saber por cual decidirse. Un negrito, moquiento y andrajoso, metiéndose un dedo en las narices, mira la ceremonia a pocos metros de distancia. Ángela lo ve, se conmueve profundamente y llena de sentimientos maternales y humanos, toma un sándwich del altero, y se lo da al niño, que lo estudia con desconfianza antes de morderlo. Ángela se vuelve hacia los demás y se disculpa, diciendo: —Yo, estas cosas, no las puedo resistir. Ellos la miran con simpatía. Nadie ve que el negrito muerde el sándwich, no le gusta, y lo tira al suelo. Don Carlitos, de pie en el Dussemberg, con los codos apoyados en la barra del parabrisas y mirando por los catalejos, grita en ese momento: — ¡Allí viene! ¡Allí viene! Sin dejar de masticar, sin soltar los sandwiches, todos se vuelven a mirar al lugar hacia donde apuntan los catalejos. En el cielo hay un punto, que va creciendo. VIII. EL AVION DE CUSSIRAT El Blériot describe un circulo alrededor del llano, desciende, pega un bote en tierra, se encabrita, acelera y vuelve a elevarse; describe otro circulo y aterriza, dando tumbos, deteniéndose a un metro del arroyo, con un ala desgarrada por un huizache solitario. El publico, que ha observado el aterrizaje sobrecogido de admiración, se recupera y rompe el cordón del ejercito, echando a correr para ver de cerca el aparato. Pepe Cussirat, con gorro de aviador, las narices frías, y bufanda de seda, se iza en la cabina, y de un salto se pone en tierra. Mientras se quita el mono ve como la turba rascuache se le viene encima. Los niños gritan, los perros ladran y todos corren hacia el Blériot. El primero en llegar es Martín Garatuza, vestido de mecánico. Cussirat, campechano, se quita el gorro y le da un abrazo. Después, ambos se inclinan, para estudiar el desgarron del ala. La gente se detiene a distancia respetuosa; solo un perrillo flaco se acerca, ladrando furiosamente. Los moderados, unos viejos, y otros jóvenes tarambanas, compañeros de parranda y amigos de Cussirat desde la infancia, se abren paso entre la plebe y se acercan para abrazarlo con cariño. —¡Dichosos los ojos! —dice don Carlitos. —¡Bienvenido a la Patria! —dice Paletón. —Hiciste un aterrizaje fenomenal —dice el joven Paco Ridruejo, que ha visto aviones en su viaje a Europa. —¿Tuviste buen viaje? —pregunta don Bartolomé González, el del Rolls. —Tuve mal tiempo al salir de Cuba —dice Cussirat. —Vente a comer un bocado y a tomar una copa de vino —dice don Carlitos, echando un brazo al hombro de Cussirat—. Has de estar desfallecido. —¿Cómo esta doña Ángela? —pregunta Cussirat. —Con ganas de verte —contesta don Carlitos. Martín Garatuza se acerca a Cussirat, y le dice respetuosamente: —El desgarron es cosa de nada, señor. Se arregla en un santiamén. —Bien —contesta Cussirat, quitándose los guantes, y agrega, volviéndose a Berriozabal—: vamos, pues. Don Carlitos, encantado, se vuelve a los presentes y les dice: —Vengan todos, que mi mujer ha traído bocadillos para un ejercito. Cussirat, alto, bien parecido, despeinado, distinguido, con chamarra de cuero y pantalones y botas de montar, echa a caminar, con don Carlitos del brazo; la turba se abre a su paso y lo mira con respeto, como al sacerdote de un nuevo culto. Los moderados, viejos y jóvenes, lo siguen, comentando: —¡Como ha crecido! —¡Como ha cambiado! —¡Que viejo esta! Tras de la turba, al final del llano, a la sombra del tamarindo, están las mujeres, que ven venir a Cussirat diciendo: —¡Que guapo es! —¡Que alto! —¡Que valiente! Entre Conchita Parmesano y las Regalado, Pepita Jiménez tiembla, arregla una arruga en su vestido nuevo, y no dice nada. Ángela se adelanta unos pasos entre la yerba, y detiene su sombrero con la mano para evitar que la brisa tibia lo vuele. Al verla de lejos, Cussirat se desprende de don Carlitos y se adelanta al grupo. Ángela, comprendiendo que lo que esta a punto de ocurrir, es decir, que Cussirat la salude a ella antes que a nadie, no es lo correcto. vuelve la cabeza y dice: —¡Ven, Pepita! ¿Que esperas, mujer? Pepita, desfalleciente, insegura, sintiendo que las piernas no van a sostenerla, se coloca junto a Ángela, al tiempo en que Cussirat, con los brazos abiertos, y a tres metros de distancia, exclama: —¡Ángela! Ángela comprende, con horror, que Cussirat no ha reconocido a su antigua novia. —Es Pepita —dice. Cussirat se detiene, desconcertado por un instante. Mira los grandes ojos, sin encanto, que lo miran, resentidos, la piel de un blanco enfermizo, la boca fruncida, para parecer mas pequeña, pero entreabierta, y dice, dueño de si mismo, fingiendo alegría: —¡Pepita! Quiere abrazarla, pero ella, ruborizándose, torciendo el pescuezo, bajando los ojos, soltando una risita nerviosa que mas parece un rugido, y presa de un momento de cobardía, le tiende la mano, que Cussirat, otra vez desconcertado, estrecha. —¡Como has cambiado! —dice, para excusar su primer destanteo—. Estas mucho mas. . . guapa. Mas elegante. Después, se vuelve a Ángela y la abraza cariñosamente. Conchita Parmesano, las Regalado, las Redondo, las Chabacano, las hijas de don Remigio Iglesias y Fortunata Méndez, vestidas de tules, con sombrillas y sombreros anchos, conmovidas sin saber por que, ligeramente envidiosas, observan a unos cuantos metros. Un poco más lejos, solitario, con un sándwich en la mano, Pereira también observa como el recién llegado, delgado, alto, vestido de no se sabe que, pero bien, saluda, después de Ángela, a cada una de las damas. A la sombra del tamarindo, las niñas de sociedad, encabezadas por las hermanitas Regalado, con sus albunes de recuerdos abiertos contra el pecho, hacen cola para que Cussirat, apoyado en el cofre del Dussemberg, al lado de Ángela, les ponga un pensamiento y una firma. Los hombres, alrededor de la mesa, comen, beben y hablan de mecánica. Mas lejos, Pepita Jiménez, armada con una red, trata de cazar una mariposa. Y mas lejos todavía, desde el fondo del Studebaker presidencial, Cardona le dice a don Carlitos, que esta a su lado, solicito: —El Mariscal quiere verlo. Yo no me atrevo a hablar con él, porque no lo conozco, pero usted dígale que vaya a Palacio esta noche, a las nueve. Don Carlitos, encantado con la misión, temeroso de no poder cumplirla, y queriendo darse importancia, dice: —Veré lo que puede hacerse, señor Cardona; cuente usted con mi mejor voluntad. Tratare de llevarlo yo mismo. —Vengo a despedirme, señora —dice Pereira, con el carrete en la mano, a Ángela, que tiene un pie en el estribo del Dussemberg. —Pepe —le dice Ángela a Cussirat, que esta a su lado—, quiero presentarte al señor Pereira, gran dibujante y violinista inspirado. Pereira, lleno de admiración, y Cussirat, distraído, intercambian el “mucho gusto” de rigor. —No podemos llevarlo —le explica Ángela a Pereira—, porque ya somos demasiados. —No tenga cuidado, señora —dice Pereira— estoy acostumbrado. Ángela, olvidándose de Pereira y mirando para todos lados, pregunta: — Donde esta mi marido? Don Carlitos, feliz, se acerca, dando brinquitos, al coche de su propiedad. —Nada de que te vas atrás —le dice a Cussirat—, te vienes junto a mi, adelante, que tengo que darte un recado morrocotudo. Cussirat obedece, desganado, se despide de Pereira con sonrisa leve y cortesía minúscula, da la vuelta al coche y se sienta entre don Carlitos y el chofer. Con ruido de portezuelas, y exclamaciones de sus ocupantes, el Dussemberg arranca, repleto. Ángela, ocupada en liberar una sombrilla que ha quedado presa entre las piernas de Malagón y las enaguas de la poetisa, ni se despide ni mira a Pereira, que se queda poniéndose el sombrero, mirándolos partir, mas satisfecho que resentido. Después, Pereira lanza un suspiro realista y echa a andar entre la plebe. Las madres, desgreñadas, sudorosas, malhumoradas, llevando en los brazos niños meados, gritan como generales tratando de reunir sus huestes para emprender la retirada; los hombres beben los fondos de aguardiente que quedan en las botellas; los últimos coches salen del llano dando tumbos. Pereira se detiene y vuelve los ojos al Blériot, que esta solitario, a medio llano. Martín Garatuza, con una estopa, le limpia las chorreadas de aceite con el cariño que un caballerango le pondría a un pura sangre sudoroso. IX. TENTACION PASAJERA — Espero que comprendas, Pepe, lo que esto significa —le dice don Carlitos a Cussirat, antes de llegar a Palacio—. Para los dos. Para ti y para mi. Se arregla el fistol de la corbata. Cussirat no contesta. Va mirando por la ventanilla del Dion-Button las calles mal iluminadas, los perros flacos, los charcos perpetuos. Mirándolos y reconociéndolos. —Es un honor ser candidato del Partido Moderado —prosigue don Carlitos—, no lo niego. Pero si el Mariscal te manda llamar, no es para saludarte. Te aseguro que va a echarte una proposición bien gorda. Te quiere comprar. Y en estos casos, Pepe, oye la voz de la experiencia, la voz de un hombre que ha sufrido mucho, y que te dice: “mas vale pájaro en mano, que ciento volando”. A no ser que un milagro ocurra, las elecciones las tienes perdidas. En cambio, si aceptas la proposición del Mariscal, cualquiera que sea, sales ganando tu, y salgo ganando yo, por haberte traído. Es un favor que le hago al Mariscal y que yo me encargare de que no se le olvide. Si no aceptas la proposición, cualquiera que sea, tu te quedas a la deriva, de candidato de un partido agonizante, y yo quedo mal. —¿Por que queda mal, don Carlitos? Usted cumple con traerme. —Porque así es la política, muchacho. Yo soy tu padrino, y soy responsable de lo que tu hagas. Las escaleras de Palacio son de mármol, imitación de las de algún caserón veneciano. Don Carlitos y Cussirat, vestidos de oscuro, cuello duro, sombrero en mano, suben por ellas conducidos por un ujier. —Ya veras —dice don Carlitos—, es muy campechano. Cussirat, en vez de contestar, bosteza, poniéndose una mano sobre la boca. La voz de Belaunzarán lo desconcierta y lo hace tropezar. —¡Bienvenidos! Belaunzarán esta parado al final de la escalera, sonriente, agarrándose las solapas de un traje gris, impecable, que le da a su cuerpo el contorno de un torpedo. Don Carlitos, triunfal, pega un brinco y da un gritito antes de hacer la presentación. —Mi Mariscal, es un honor traerle aquí a este pollo sinvergüenza. El Ingeniero Cussirat, el señor Presidente de la República, don Manuel Belaunzarán. Belaunzarán estrecha la mano de Cussirat con la sencillez propia de los que están en el candelero. El otro le corresponde de la misma manera, porque sabe que Belaunzarán usara charreteras, pero nació en un petate. —Nos conocemos de oídos —explica Belaunzarán a don Carlitos, sonriéndole a Cussirat, para darle a entender que los dos son celebridades. —Mucho gusto —dice Cussirat. Don Carlitos, que quiere subrayar lo apoteótico de la presentación que acaba de hacer exclama: —¡Ustedes dos me hacen sentirme un pobre diablo! Belaunzarán mira a don Carlitos, condescendiente, dándole, en mente, la razón y, levantando la mano en dirección a un corredor, les dice a sus visitantes: —Pasen por aquí. El ujier comprende que sus servicios están de mas; mientras los otros tres se alejan por el corredor, entre bronces fin de siglo, el baja por la escalera, llega a su cuchitril, se sienta frente a su mesa, y se duerme instantáneamente. El Presidente y sus visitantes se han instalado en el despacho particular del tirano; Belaunzarán en un sillón alto, en donde la panza no le estorba a las piernas; don Carlitos y Cussirat en los extremos de un sofá chaparro, de cuero marroquí. Belaunzarán dice un discursillo preparado, pero corto, que hace abstracción de la candidatura de Cussirat, y versa sobre la importancia que tiene la llegada de un avión a Arepa. —Este hecho abre nuevos caminos al progreso —dice. Mientras Belaunzarán habla, don Carlitos pone atención lela, y Cussirat, medio ausente, recorre el cuarto con la mirada. Ve a la luz de la lámpara con colguijes de cuentas, el gran escritorio, propio de un Pantagruel del cerebro, en donde no se ha hecho mas que firmar edictos, leyes inicuas y sentencias de muerte; colgado de la pared, al dueño, con la Bandera Nacional al pecho y, sobre una repisa, el busto del mismo, encuerado, hercúleo y rejuvenecido, en mármol italiano. Belaunzarán sigue con su cuento, y llega al punto: —El momento ha llegado de emprender la creación de una Fuerza Aérea Arepana. Los ojos de Cussirat dejan de moverse, y se fijan en el que habla. Don Carlitos se yergue, con el corazón paralizado y los ojos brillantes. Viendo al toro preparado, Belaunzarán se perfila para dar la estocada. —Quiero que usted se encargue de todo —le dice a Cussirat—. Lo nombro Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea, con grado de Vicealmirante del Aire. Se va a Europa, por cuenta del Gobierno, y compra seis aviones de caza, los que mejor le parezcan. Don Carlitos no puede contenerse, y dice: —¡Pepe, te dije que te convenía venir! Belaunzarán se pone de pie, cruza las manos a su espalda, da unos pasitos, se detiene, se vuelve a Cussirat, y le pregunta: —¿Que le parece? Cussirat esta extrañado. —¿Cual es el objeto? —¿De formar una Fuerza Aérea? —Belaunzarán cambia de postura, echa los brazos adelante y los cruza sobre el pecho, para explicar lo evidente—. Ingeniero, su viaje lo demuestra, no solo que en avión se puede llegar a Arepa, sino que de Arepa se puede llegar a muchas partes en avión. Con una escuadrilla estaríamos en situación de reivindicar nuestros derechos territoriales. —¿Se refiere usted a la isla de la Huanábana? —pregunta Cussirat. —Y la Corunga —contesta Belaunzarán. —¡Y las islas Golondrinas! —agrega don Carlitos—, que en tiempos de los españoles eran jurisdicción de la Regencia de Santa Cruz de Arepa. Cussirat no contesta inmediatamente dejando abierta la posibilidad de que el argumento le parezca una estupidez. —Pero una Fuerza Aérea —dice, por fin, Cussirat— cuesta mucho dinero, ¿no sería un descalabro económico para el país? —Todo esta calculado —dice Belaunzarán—. Formar una Fuerza Aérea es mas barato que comprar un crucero, y es mas espectacular. Por otra parte, es un factor de prestigio, que tarde o temprano redundara en beneficio nuestro. Cussirat, pensativo, se hunde en el cuero marroquí; Belaunzarán enciende un puro; don Carlitos no cabe en si de alegría. —¡Que buenas noticias! —dice. Y Belaunzarán: —En su viaje a Europa, Ingeniero, usted mismo contrataría seis pilotos. —Con dos bastaría —advierte Cussirat—. Me ayudarían a adiestrar pilotos Arepanos. Belaunzarán, que va rumbo al baño, se para en seco. —Eso nunca —abre la puerta del baño, puro en boca, y conforme desabrocha un botón de la bragueta, dice entre dientes—. En el caso de una revolución, no quiero que seis calaverones vengan a bombardearme la casa. Al terminar la frase, la puerta se cierra. Don Carlitos y Cussirat están a solas. —¡Que oportunidad, muchacho! —dice don Carlitos—. ¡No la desaproveches! —¡Pero si yo vine aquí a otra cosa! ¡Vine a ser candidato presidencial! —¡Que candidato presidencial, ni que ojo de hacha! ¡No seas frívolo! Piensa: ¡Comandante en Jefe! ¡Vicealmirante del Aire! ¡Vas a ser el hombre mas importante de Arepa! El ruido del agua del excusado le ahoga el entusiasmo, y lo obliga a guardar silencio y a pensar en otra cosa. La puerta se abre. Belaunzarán entra, abrochándose la bragueta y preguntando: —Bueno, ¿que me dice?, ¿acepta? Cussirat, que esta fumando un English oval, inhala antes de contestar. Don Carlitos, impaciente, lo hace por el: —Claro que acepta! Cussirat suelta el humo perezosamente: —Necesito tiempo para pensarlo. —¿Cuanto tiempo? ¿Veinte minutos? ¿Treinta? —lo acosa Belaunzarán, lleno de dinamismo. —Dos días —dice Cussirat. Belaunzarán hace un mohín de impaciencia, pero se resigna pronto. —Bueno, se los concede. Venga a verme aquí, pasado mañana a esta misma hora. Cussirat y don Carlitos bajan por la escalera desierta. Don Carlitos, cargante, aguijonea a Cussirat: —Dime que si, Pepe. Dime que si vas a decirle que si. Cussirat se detiene un momento en la escalera, mira, benévolo, a los ojos expectantes del otro, sonríe melancólico y dice: —Voy a decirle que. . . La distinción y la belleza de su rostro se quiebran por un momento, al meter la lengua entre labio y dientes y hacer el sonido de un pedo monumental; al tiempo que, con destreza que nadie hubiera sospechado, mueve ambos brazos y las manos en una seña soez. El animo de don Carlitos pasa del escandallo a la postración. Hunde el pecho, suelta los hombros, baja los ojos, las cejas se le van de lado, la boca se le entreabre. Cussirat recobra la compostura y sigue bajando la escalera. —Vamos al Casino —dice. El vejete lo sigue, alicaído. Y mas alicaído iría si supiera que desde el antepecho, entre los querubines y la penumbra, Belaunzarán, que lo ha visto todo, los contempla apretando la mandíbula y alzando una ceja. Cuando se pierden de vista da media vuelta y echa a andar, meditabundo, cruzando las manos a la espalda, por el pasillo oscuro. Lo que comienza como un paseo filosófico, se convierte en una embestida feroz, cuando Belaunzarán se da cuenta cabal de la afrenta de que ha sido objeto. Deja atrás el Salón de Acuerdos, el Salón Chino, el Despacho Particular, y el Salón Verde, se detiene ante la ultima puerta del pasillo, y la abre con violencia. Desde el butacón en donde ha estado leyendo El Mundo y dormitando, Cardona alza los ojos y se estremece. Belaunzarán entra, como un elefante enloquecido, dando un portazo. —¡Se acabo! ¡No habrá Fuerza Aérea! ¡Con este petimetre no se puede tratar! ¡Le propongo nombrarlo Vicealmirante del Aire, me contesta que necesita tiempo para pensarlo, dos días! Se los concede, y unos minutos después, cuando va bajando la escalera, le dice al tercerón que lo trajo, que me va a contestar. . . prrrt! —emite el pedo ficticio y tuerce las manos en replica exacta de la seña que hizo Cussirat. Cardona se ruboriza. Belaunzarán prosigue: —¡Si prrrt es su respuesta, prrrt le voy a dar! X. JUERGA Y DESPUÉS En el Casino están de juerga. En el comedor de los socios se ha arreglado y consumido una cena, para festejar el regreso de Pepe Cussirat. Sobre la mesa redonda, se ha puesto mantel blanco y cubiertos para doce; se ha comido, se ha bebido y se ha manchado el mantel con la tinta de los chipirones, la salsa de pollo a la galopina y la mousse de chocolate. Andrés Arrechederre, gachupín cerrado venido a Maitre d'hotel en el Casino de Puerto Alegre, levanta las botellas vacías de Chablis y Valpolicella, ayudado por Pablito el Pendejo, que saca, en una bandeja, los restos del comelitón, para dejar a los señores en la intimidad del café, los habanos, el Martell y la cháchara de Malagón. —Cuando se caso el Rey Narizotas, la cosa fue del otro jueves: bomba en la Gran Vía, bomba en San Antonio, y bomba en la sacristía. No lo matamos, pero ha de haber pasado una noche de bodas fenomenal. Pepe Cussirat, Coco Regalado, Paco Ridruejo y el Caballo González, amigos desde la infancia y tarambanas de la ultima camada, juntan sus carcajadas con las de sus predecesores: don Miguel Barrientos, muy mejorado de la pierna, don Bartolomé González, padre del Caballo, y don Casimiro Paletón, que ha dejado el traje negro y se ha vestido de bohemio. Don Carlitos sonríe desganado, porque, con la bilis, se le ha indigestado la cena. Bonilla y el señor de la Cadena, que son modelos de civismo, ponen caras reprobatorias. Don Ignacio Redondo, que fue monárquico en sus mocedades, antes de venir a Arepa, y ahora es timorato, le dice a Malagón: —¿Y por una mala noche que le dio al Rey, acabo usted con sus huesos en Arepa? Malagón se pone de pie, y mirando el candil de prismas, dice: —Tierra bendita, que no me vio nacer. Una carcajada y aplausos patrióticos. —¿Valió la pena? —pregunta Redondo. Los jóvenes abren la boca y fingen ofenderse, por el insulto a su patria que la pregunta implica. Malagón contesta que considera un privilegio haber llegado a estas tierras, y Redondo, batiéndose en retirada, acaba jurando que se siente “arepano como el que mas”. Bonilla y el señor de la Cadena se ponen de pie, para despedirse. —Es hora de recogernos —explica Bonilla, que no bebe gota, cuando alguien los urge a quedarse. Acercándose a Cussirat, le dice—: Mañana, con calma, hablaremos de su campana, Ingeniero. Don Carlitos, verde, dice: —Yo me voy con ustedes. Redondo, que no quiere meter mas la pata, y que se siente de mas, también se va. Sin caras largas, la fiesta se alegra. —¡Que nos traigan putas! —pide Coco Regalado. — ¡Si, que nos las traigan! —piden varios, aplaudiendo. —Si nos las traen —advierte don Bartolomé al Caballo—, a tu madre, chitón, o dejas de ser socio del Casino. Otra carcajada. —Pierda cuidado mi padre —dice el Caballo, que ha salido en Don Juan Tenorio—, que en esta boca no entran moscas. Pepe Cussirat toma la iniciativa y llama a Andresillo, que es procurador general, y le dice de encargar putas a la casa de doña Faustina. —Que nos traigan a la Princesa —ordena Paletón, en conocedor— para que baile una jota. —Y a una mulata para mi —pide Cussirat. Y esa noche vino la Princesa, con siete muchachas, en una carretela de alquiler, y bailo la jota con Cussirat. Cuando, con una zapateta, volcaron la mesa y rompieron la cristalería, Pepe le dijo a Ridruejo, que lo ayudo a levantarse del piso: —¡Como en los buenos tiempos! Después se echo encima de una negra tísica. Así pasaron la noche, y el día los descubrió, en plena euforia, manteando a Pablito el Pendejo, en el patio del Casino. A las doce de un día sofocante, el siguiente de su llegada, Pepe Cussirat abre los ojos en su habitación, y no la reconoce. Pasea la mirada opaca por los muros tapizados, el ropero monumental, el tocador con placa de mármol, la garrafa y la palangana; la detiene, perplejo, en la fotografía de su abuelo, vestido de estudiante, empuñando una mandolina; por fin, la lleva a las persianas, por donde se filtran la luz, el bochorno del mediodía, y el crujido perezoso de una carreta, que va pasando por la calle de Cordobanes. Hasta entonces comprende que esta en Puerto Alegre. Comprende también que el ruidito que oye son las burbujas de la sal hepática que Martín Garatuza esta preparando en un vaso, sobre la mesa de noche. —Son las doce, señor. Cussirat se incorpora. Tiene la boca pastosa, el aliento fétido, la garganta reseca, los músculos doloridos, y en el fondo de su ser, aprehensión. Bebe la sal hepática. Garatuza abre las persianas. —¿Un filete con papas, señor? Cussirat hace gesto de asco. —¿Quiere usted ropa de casa, o le preparo la que va a ponerse esta tarde, para ir a casa de los señores Berriozabal? Cussirat quiere volver a dormirse, hace con la mano un gesto, a Garatuza, de que se vaya, que el otro ignora. —Don Francisco Ridruejo esta en la sala, esperándolo, señor. Cussirat se incorpora en la cama, malhumorado. Unos minutos mas tarde, Paco Ridruejo entra en la habitación, vestido de campirano. —De pie, flojazo —ordena—, que hoy es veinticuatro de mayo. —¿Y eso que? —¿Ya no te acuerdas? Es el aniversario de la toma del Pedernal. Quiero que veas a tu contrincante en acción. Cussirat, haciendo a un lado el cansancio, los efectos de la borrachera y su mal humor, se pone de pie. XI. LA TOMA DEL PEDERNAL A fines del siglo XVI, los españoles decidieron construir un fuerte para defender Puerto Alegre de los corsarios. Para erigirlo, escogieron el islote del Pedernal (llamado así, porque alguien había encontrado allí pedernal), que esta en la bocana de la bahía. El Fuerte del Pedernal, que tenia por objeto impedir la entrada (o la salida) de barcos hostiles al puerto, nunca sirvió para nada, porque los corsarios nunca llegaron a Santa Cruz de Arepa. Los que lo construyeron nunca se hubieran imaginado que las barbacanas que estaban haciendo habrían de convertirse, con el paso del tiempo, en la trampa donde iba a caer un ejercito español, porque al Pedernal se fue a refugiar, con los restos de sus mermadas fuerzas, después de la Batalla de Rebenco, el General Santander. Once meses resistieron los españoles en aquel ultimo reducto. En realidad, no les costo trabajo, porque nadie los ataco durante ese tiempo, ni resistieron porque tuvieran ganas, sino porque nadie paso a recogerlos. La guarnición había sido olvidada por el mundo civilizado, como dijo un diputado a Cortes cuando se supo la noticia de la matanza. A los once meses de sitio (relativo, porque los españoles viajaban todas las tardes a la tierra firme con el objeto de abastecerse de víveres), Belaunzarán, el mas joven de los caudillos insurgentes, decidió dar un golpe que había de acabar, para siempre, con la dominación española de Arepa. Junto en la playa a los negros de la Humareda y a los guarupas del Paso de Cabras, y cuando oscureció y la marea estuvo mas baja, se despojo de su vistoso uniforme de general brigadier, y en cueros, con solo un machete en la mano, se metió en el agua hasta la cintura, se volvió a los negros y a los guarupas, que lo miraban sin entender que tramaba, y alzando el machete, grito: — ¡Voy por la gloria! ¡El que la quiera, que me siga! Dicho esto, se puso el machete entre los dientes, y empezó a nadar en dirección al islote. Mil hombres lo siguieron, nadando encuerados, mordiendo machetes. Muchos se ahogaron, pero, muchos también, salvaron los cien metros que tiene de ancho el canal que separa al islote de la tierra firme, y cayeron como un rayo sobre los ciento cuarenta y tres españoles, que estaban desapercibidos, haciendo una fiesta, en honor de María Auxiliadora, y memoria del prodigioso triunfo de las naves españolas en Lepanto. Era el veinticuatro de mayo. No quedo uno con vida. Don Casimiro Paletón, que a la sazón era un joven poetastro, canto esta gesta con un poema de mil sonoros versos (uno por cada uno de los participantes), en el que califico a Belaunzarán, que tenia veinticuatro años, de “Héroe Niño”, de lo que nunca se arrepintió bastante. Cada año, el veinticuatro de mayo, los negros de la Humareda y los indios del Paso de Cabras, se juntan en la playa, bailan durante seis horas al son del bongo, ante el Cuerpo Diplomático, los funcionarios y la chusma porteña; a las seis llega Belaunzarán a caballo, vestido de brigadier. Se quita la ropa, se queda en calzones, se pone un machete entre los dientes y repite la hazaña de nadar hasta el Pedernal, en donde lo esperan, con música, la Banda de Artillería, y una señorita, disfrazada de Patria, que lo corona de laurel. Muchos son los que lo siguen en la travesía y, cada ano, alguien se ahoga. La esperanza proverbial de los ricos de Arepa es “que el Gordo se ahogue nadando hacia el Pedernal”. Deseo que no se les ha cumplido en los veintiocho años que van transcurridos desde la independencia. Pepe Cussirat y Paco Ridruejo comieron en el Hotel de Inglaterra y llegaron a la playa vestidos de blanco, con panamas en la cabeza, a las cuatro y media, cuando la danza entraba en su apogeo. Bajo una enramada, sentado en un sillón de mimbre, Sir John Phipps duerme tranquilamente, gracias a su sordera. A su lado, el primer secretario de la Embajada Británica, se espanta las moscas. Abriéndose paso entre los restos de pescado frito y las cascaras de coco verde que cubren la arena, los dos jóvenes dandies llegan hasta la “enramada de paga”, saludando, al pasar, a Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena, que bostezan en la enramada de los diputados. Mientras Paco Ridruejo paga por las sillas, alguien, que esta en galena, saluda cordialmente a Cussirat. Este contesta el saludo y, cuando su compañero se sienta a su lado, le pregunta: —¿Quien es ese? Ridruejo mira hacia el hombre que, sentado en una banca corrida, se quita el carrete por segunda vez, inclina la cabeza y sonríe. —Es un músico, protegido de Ángela Berriozabal. Cussirat no recuerda a Pereira, quien acompañado de su mujer, su suegra y doña Rosita Galvazo, aprovecha el espectáculo, gratis, porque Galvazo, que esta encargado de la seguridad, les ha dado pases. Los guarupas bailan al son de atabales, cascabeles, flautas de carrizo y guitarrones; los negros, al son de bongos y tumbas. Todos al mismo tiempo y sin concierto. Todos se emborrachan, algunos se pelean, otros se caen en la arena, postrados por el agotamiento, y se quedan durmiendo la mona. La Banda de Artillería y los niños de las escuelas, llegan al Pedernal, por entregas, en la lancha de la Capitanía. Don Carlitos y don Ignacio Redondo, que temen que su ausencia sea notada, y que de eso se deriven males irreparables sin cuento, se presentan de mal humor y a ultima hora. Coco Regalado y el Caballo González, que siguen la farra, aparecen borrachos, dando traspiés, “a ver como se ahoga el Gordo”. Por fin llega Belaunzarán, entre el griterío de la plebe, y el estruendo de las bandas de guerra. Se desviste, se mete al mar, dice su frase celebre, y cruza, sin contratiempo, el canal, a la cabeza de cientos de borrachos. Cuando aparece en la otra orilla, y es coronado de laurel por la “Patria”, al son del Himno Arepano y a la luz de los fuegos de artificio, Cussirat, entre los aplausos, los bongos y el griterío, de pie sobre la silla, para ver mejor, se vuelve a Paco Ridruejo y le dice: —Contra este hombre no se puede luchar en unas elecciones. Hay que matarlo. Pasa un momento antes de que el otro se convenza de que su amigo esta hablando en serio. Después, dice: — ¡Si, claro! ¿Pero, como? Esa noche, en el Casino, los moderados se llevaron la sorpresa, y algunos hicieron el coraje de su vida. Pepe Cussirat, su ultima esperanza, rechazo la candidatura a la presidencia. —Pero si usted mando un cable diciendo que aceptaba su postulación —le reclama Bonilla, con severidad. —Que la aceptaba “en principio” —corrige Cussirat—. Ahora la rechazo. He reflexionado, y he visto la realidad. En primer lugar, creo que no tengo esperanzas de salir electo; y en segundo, creo que, aunque ocurriera un milagro, y ganáramos las elecciones, Belaunzarán, que evidentemente no quiere dejar el poder, como lo demuestra la muerte del Doctor Saldaña y los cambios que se han hecho en la Constitución, tiene la fuerza y la popularidad necesarias para hacer una revolución y arrebatarnos la presidencia en dos días. Entonces si estaríamos en un aprieto. Yo y ustedes. Su argumento, que parecería incontrovertible, y que puede formularse con una pregunta: “¿Para que luchar cuando no hay esperanzas?”, no convence a los moderados mas tercos, y mas moderados, como Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena, que tienen quince años hablando de dar batallas cívicas; ni a los mas medrosos, como don Ignacio Redondo, a quien el fantasma de la Ley de Expropiación quita el sueño. Los demás, que consideran que si no se puede ganar, hay que estar, cuando menos, bien con el que gane, como don Carlitos, don Bartolomé González y Barrientos, comprenden a Cussirat, lo excusan, y hasta lo defienden cuando se levanta, sale del Salón de Actos, y va a tomarse un Tom Collins en el bar del Casino; pero pierden la batalla cuando don Carlitos propone a Belaunzarán como candidato del Partido Moderado a la presidencia, porque las fuerzas reaccionarias, intransigentes y oscurantistas, como las llamaría Belaunzarán, son mas numerosas. —No podemos ponernos en sus manos y dejar que nos corte el pescuezo —dice Redondo, no pensando en el pescuezo, sino en el ingreso que le producen los almacenes que llevan su nombre. Después de mucho debate, y mediante la creación de malas voluntades, se acuerda hablar con Belaunzaran y pedir que se pospongan las elecciones, con el objeto de tener mas tiempo para decidir que candidato nombrar. XII. TETE A TETE Y ANTESALA El pavorreal echa la cabeza atrás, eriza las plumas del buche, alza la cola, dejando a descubierto el ano, la despliega y grita. Dos tordos se ponen en fuga, otro pavorreal contesta, un grajo vuelve la cabeza y lo mira de sesgo, con desconfianza. Una guacamaya, encadenada, se encarama en su aro ayudándose con la lengua. Ángela y Cussirat caminan por la vereda del jardín, tomando el frescor de las cinco. —Yo quisiera hacer algo —dice Ángela—, pero no se que. Necesito que alguien me aconseje. —Cuando llegue —dice Cussirat—, tenia esperanzas de que fuera posible ganar las elecciones, y de que Belaunzarán no fuera completamente nocivo. Con la entrevista de antier, y la ceremonia del Pedernal, se esfumaron. Las elecciones están perdidas, y este hombre va a llevar al país al desastre. Hay que acabar con él. Por cualquier medio. Ángela, alerta, se detiene, y mirando una planta de adelias, pregunta: —¿Cual medio? Cussirat deja que ella le de la espalda y meta las narices entre las flores, antes de contestar. Mirando las nalgas de su anfitriona, y metiendo las manos en las bolsas de sus pantalones impecables, dice: —Matándolo. Ángela, alerta, sin volver la cara, con el corazón palpitante, oliendo las flores, pregunta: —¿Quien va a matarlo? Cussirat, tenso, deja pasar un momento antes de contestar: —Ángela, tengo que hacerle una confesión. Ángela se da la vuelta, y lo mira, de frente. —Pero, en nombre de nuestra amistad —dice Cussirat—, le pido que, aunque lo que voy a decirle le parezca una locura, no lo repita a nadie. Ángela, con voz profunda, impregnada de una sensualidad que no viene a cuento, dice: — ¡Dime! —Los caballos que mande traer, los palos de golf, las escopetas, los doce baúles del equipaje, no son mas que una pantalla. En realidad, si todo sale bien, pienso irme de Arepa esta noche. Ángela tiene un estremecimiento, mitad sincero y mitad ficticio. Toca, con las puntas de los dedos, en un ademan elegante, apasionado y sugerente la manga del saco de Cussirat, al tiempo que dice, con voz entrecortada: —(Tan pronto? Cussirat, con rápido movimiento, atrapa la mano de Ángela, y la oprime contra el worsted de su saco. —Mi misión estará cumplida. Ángela lo mira sin comprender, o fingiendo no comprender. Cussirat suelta la mano de Ángela, gira cuarenta y cinco grados, y se queda absorto en el vuelo de una abeja. La mano de Ángela se apodera de su brazo, lo estruja ligeramente y, con gran maestría, lo obliga a rozarle un pecho. —Dime mas —suplica ella. Cussirat, pomposo, serio, imbuido de la magnificencia de sus intenciones, le dice: —Desde hace un mes, cuando leí en los periódicos del asesinato del Doctor Saldaña, y recibí la invitación de los moderados, comprendí que todavía tenía un deber con mi Patria: liberarla del tirano. Por cualquier camino. A eso vine. Vengo preparado. — ¡Que valiente eres! —dice Ángela. Cussirat baja la mirada en silencio, otorgando la razón a ella, que le pregunta: —¿Corres peligro? —El necesario. Esta noche me recibirá. Lo matare a balazos en su despacho, tratare de salir vivo de Palacio. He conseguido un coche. Mi mozo me esperara en el, y me llevara a la Ventosa. El avión esta preparado. Nos iremos los dos. Ángela lo mira, llena de admiración. —¿No hay nada que pueda yo hacer? —Nada, por el momento. Si algo sale mal, yo le diré. —Cuenta conmigo. Ambos siguen caminando por el sendero, lentamente, sumergidos en la mutua admiración y su complicidad. De pronto, Ángela se detiene, deja el brazo de Cussirat, y se inclina para recoger del suelo a una mariposita que acaba de salir de la pupa, no puede volar y camina torpemente por el sendero. La levanta y le dice: —Quítate de la vereda, que alguien puede pisarte. Pone la mariposa sobre la hoja de un acanto, mientras Cussirat la observa, conmovido. Después, ambos siguen su camino. La mariposa, en el acanto, da unos pasos, resbala, y cae en la vereda. En el reloj de la Catedral dan las nueve le la noche. El automóvil de Cussirat, un Citroen, con Garatuza al volante, entra en la Plaza Mayor, rueda por los adoquines desiertos, y se detiene frente a la puerta principal de Palacio. Los fanales se apagan, Garatuza se baja y llama con el aldabón a la puerta. Cussirat, mientras tanto, revisa por ultima vez su pistola, y la guarda en la funda que lleva en el sobaco. — El Ingeniero Cussirat quiere ver al señor Presidente —dice Garatuza al portero que le abre. El portero transmite el mensaje al jefe de porteros, este, al oficial de guardia, y este, a su vez, al ujier segundo, que viene a la puerta y le dice a Garatuza: —Que pase. Garatuza va al coche, abre la puerta, Cussirat desciende, entra en Palacio, y conducido por el ujier segundo, cruza el vestíbulo, el patio principal y, por el corredor de los espejos, llega a la escalera veneciana, la sube, y en el primer piso, a la derecha, entra en la sala de espera, que es alta, larga, estrecha y mal iluminada, cuyas paredes están adornadas con retratos al óleo de héroes de la independencia que pasaron de la gloria a la tumba sin llegar al poder. A todo lo largo de tres de los muros, hay sillas soporíficas y desiertas, y al fondo, dando la espalda al cuarto muro, se sienta el ujier primero frente a su escritorio. —Tenga la bondad de sentarse —le dice el ujier segundo a Cussirat. Con ligera impaciencia, Cussirat se sienta. El ujier segundo cruza la sala, llega a donde esta el ujier primero, y habla con el en secreto. El ujier primero hace, al hablar, una serie de gestos que pueden interpretarse de muchas maneras. Por fin, se dirige a Cussirat, que esta en el otro extremo del Salón y le dice: —¿Que desea? Cussirat se levanta y cruza el Salón. —Soy Cussirat —dice, al llegar frente al escritorio. De nada sirve. El ujier primero lo mira sin comprender; el segundo, reprobatorio. —¿En que puedo servirle? —pregunta el ujier primero. Cussirat, impaciente, saca una tarjeta de visita y se la entrega. —El señor Presidente me esta esperando. El ujier primero estudia la tarjeta, el segundo se retira. El ujier primero le acerca un bloc a Cussirat, y le dice: —Apunte aquí su nombre, y el asunto que viene a tratar. —Mi nombre esta en la tarjeta, y el asunto, el señor Presidente lo sabe; entréguele la tarjeta. —Lo siento, pero esta es una formalidad que tienen que llenar todas las personas que hablan con el señor Presidente. —Antier hable con el, y no llene ninguna formalidad. El ujier no se inmuta. —Habrá habido ordenes en sentido contrario. Ahora no las hay —le ofrece una pluma—. Si me hace usted el favor. . . Cussirat, lívido, escribe con rasgos violentos: “Cussirat” “Fuerza Aérea”. Arranca el papel y se lo entrega al ujier. Este se levanta y le dice: —Siéntese, yo transmitiré su mensaje. Con esto, sale de la habitación. Cussirat, furioso, en vez de sentarse pasea de un lado a otro de la habitación, después, mas furioso todavía, y sintiéndose ridículo, se sienta. Entre el humo y la peste de los habanos, las risotadas de sus amigos y el ruido de las fichas del domino, Belaunzarán lee el papelito de Cussirat. El ujier, paralizado por el respeto y la lambisconería, se inclina a su lado, en espera de las palabras que van a salir de su boca. Cardona, Borunda, Jefe de la Mayoría, y Chucho Sardanápalo, Ministro del Bienestar Publico, sentados en los sillones que la Emperatriz de la China envió de regalo al Rey Cristóbal, de Haití, y llegaron por equivocación a Arepa, hacen la sopa, contándose cuentos. —Dígale que estoy en acuerdo —dice Belaunzarán—, que me espere. El ujier se retira haciendo reverencias. Las risotadas bajan de punto. Sardanápalo le dice a Belaunzarán: —¿Ya oíste el chiste de la mona que no quería pan con queso? Belaunzarán le da una chupada al habano mientras los lambiscones se callan, esperando su respuesta. —No, oí otro mejor. El del señorito que no sabia si ser vicealmirante, o presidente. — ¡Cuéntalo! —le pide Borunda. Ansioso de oír un chiste de boca de Belaunzarán, para después repetirlo, diciendo: “Este me lo contó Manuel”. —Es un secreto —dice Belaunzarán, y le da otra chupada al puro. Los otros lo miran en silencio, sin saber si metieron la pata. Las diez y las once le dan a Cussirat sentado en la antesala, mirando como el ujier cabecea y dormita. Las diez y las once le dan a Garatuza, sentado en el coche, angustiado. A las once y media, se oye desde el pasillo el ajigolón de la partida que se va, de los hombres que bajan las escaleras riéndose, a fuerzas, de lo que dice el patrón, de las puertas que se abren y cierran y de los coches que arrancan en el traspatio. La impaciencia de Cussirat ha desaparecido, o mejor dicho, se ha transformado en una rabia contenida que va a tener consecuencias. Oye a los hombres irse con indiferencia, sin protestar. Ve como el ujier despierta, se sobresalta, se tranquiliza, bosteza, se levanta, sale del Salón desperezándose, y regresa, al poco rato, con cara de circunstancias y un mensaje: —El señor Presidente tuvo que salir a un asunto urgente. Dejo dicho que venga usted mañana, a las doce del día. Cussirat se pone de pie, arroja el cigarrillo que esta fumando en una escupidera, le echa una mirada al ujier, toma su sombrero, y se larga. XIII. EL DÍA EN QUE DINAMITARON PALACIO Lo primero que hace Cussirat al llegar a su casa, es llamar a Ángela por teléfono. Por temor a que la telefonista escuche, la conversación es breve: —Falle —dice el. —Me alegro —dice ella. Cussirat cuelga. Pasa gran parte de la noche en vela. Con ayuda de Garatuza arma la bomba. Saca los explosivos del estuche de golf, las cápsulas detonantes del botiquín, el magnesio de la sombrerera, una de las cabezas del interior de una cámara fotográfica, y otra, de un despertador. Con pericia de cirujano, sobre la mesa del comedor, con los elementos que va pasándole Garatuza, arma la bomba en el interior de un termo. Es una bomba sencilla, que puede funcionar de dos maneras, según las necesidades del caso. Tiene una cabeza de relojería y otra de presión. En el primer caso, la cabeza es un reloj despertador, cuyo martillo golpea, a la hora indicada, sobre la cápsula detonante, y la rompe. La sustancia que contiene la cápsula reacciona con el magnesio que la rodea, y produce una pequeña explosión, que sirve de fulminante a la dinamita que esta en el fondo del termo. En el segundo caso, la cabeza es un resorte de espiral, que termina en una aguja; al presionar la cabeza, el resorte se comprime, la aguja rompe la cápsula y se produce el efecto descrito. A las cuatro de la mañana, la bomba armada y probada, Cussirat la pone, junto con las dos cabezas, en un portafolio; lo cierra, bosteza, y, dejando a Garatuza levantar el campo, se va a su alcoba, en donde lo espera una pijama de seda, llena de alamares, extendida sobre la cama. La viuda del Coronel Epigmenio Pantoja, que viene a cobrar pensiones atrasadas, un ministro protestante, un vendedor de aceituna española, y un acreedor rejego, esperan, junto con Cussirat, audiencia, en la sala de espera. Cussirat, elegante y nervioso, con una pistola en el sobaco, y el portafolio lleno de dinamita, fuma English ovals uno tras otro. El ujier caravanea, va y viene, promete, y nadie pasa. —El señor Presidente, recibirá a la señora, que es la que llego primero, dentro de un momento. Es la una y media. A esa hora, como tres buitres, vestidos de negro, solemnes, llenos de esperanzas injustificadas, entran en el Salón los moderados: Bonilla, Paletón, y el señor de la Cadena. Al ver a Cussirat tienen un sobresalto. Después se reponen. Cruzan mirando al frente, con las narices en alto, como navegando en aire fétido, llegan hasta el ujier y le dicen: —Somos del Partido Moderado. Queremos ver al señor Presidente de la República. El ujier brinca, se sonroja, sonríe, suda y dice: —Pasen ustedes. Y salen juntos, los cuatro, en dirección del despacho particular, sin hacer caso de la viuda, que dice: “¿No que me iba a recibir a mi?”; ni de la imprecación que lanza el acreedor, ni del sonrojo del ministro protestante, ni de la paciencia del vendedor de aceitunas, ni de que Cussirat se ha levantado, y portafolio en mano, va tras de ellos. En el pasillo, frente a la puerta del despacho particular, el señor de la Cadena le dice a Bonilla: —Pase usted, Licenciado. —De ninguna manera —contesta el Licenciado—, que pase nuestro amigo Paletón, que tiene mas facilidad de palabra. Paletón da un respingo: — ¿Pero que dice usted, Licenciado? ¡Si usted es un Crisóstomo! Después de usted, toda la vida. —La mayoría esta de acuerdo, Licenciado —dice el señor de la Cadena, jugando al parlamento—, pase usted. A Bonilla no le queda mas remedio que irse por delante. Abulta el pecho, y dice: —Bueno, señores, pues así sea. Cierra la boca carnosa, que quisiera ser mas chica, con gesto amargo; y, mas fúnebre que nunca, entra en el despacho de Belaunzarán, como en un campo de batalla. Sin levantarse, antes de saludarlos, desde su escritorio, Belaunzarán le indica al ujier donde debe de poner las sillas en que se van a sentar los recién llegados. Tras de breve vacilación, el señor de la Cadena y Paletón deciden quien ha de pasar primero, entran, y cierran la puerta. En el pasillo desierto, Cussirat, como paseando, con una mano en la bolsa y sombrero y portafolio en la otra, pasa frente a la puerta del Despacho Particular, a través de la cual se filtran voces confusas: llega hasta la siguiente, se detiene, pone la mano sobre el picaporte, mira a derecha e izquierda discretamente. Nadie lo ve. Mueve la mano. El picaporte gira y la puerta cede. La entreabre, ve que no hay nadie adentro, ve que no hay nadie afuera, da un paso, y esta en el Salón Verde. Estudia los gobelinos y los muebles estilo Imperio, en busca del lugar apropiado para ocultar la bomba. Se decide por una consola con plancha de mármol. Pone el portafolio encima, lo abre y saca de él el termo y la cabeza de reloj. Consulta el suyo, que trae en el chaleco: es la una y media; pone el despertador a las dos de la tarde, le da cuerda y esta atornillando la cabeza, cuando se da cuenta de que al fondo del Salón hay otra puerta. Deja termo y cabeza sobre la consola, va hasta la puerta recién descubierta, pega el oído, no se oye nada, la abre y se queda gratamente sorprendido. Entre los mármoles, los azulejos blancos, las toallas presidenciales, esta el excusado ingles del Mariscal Belaunzarán. La euforia del hallazgo dura un segundo. Después se pone a trabajar. De un brinco llega a la consola, toma el termo, cambia la cabeza, quitando la del reloj y poniendo la de presión. Guarda la primera en el portafolio, entra en el baño, cierra la tapa del excusado, se para en ella, hunde el termo en el deposito del agua, y lo coloca exactamente debajo de la palanca que conecta con la cadena, baja del excusado, sale del baño, y cierra la puerta. En el Salón Verde, recoge sombrero y portafolio, va a la puerta que da al pasillo, la entreabre, ve que el pasillo esta desierto, y tiene un suspiro de alivio. Regresa a la sala de espera, y le dice al ujier: —A usted buscaba. Dígale al señor Presidente que no pude esperar mas, que si me necesita, ya sabe donde encontrarme —ha recobrado su tono autoritario. El ujier, admirado de que alguien trate al Mariscal con tal desparpajo, no atina a contestar. Ve como Cussirat se pone el sombrero, da media vuelta y se va. —Así deberían ser todos los hombres —comenta la viuda del Coronel, mirando al vendedor de aceitunas. Cussirat cruza el umbral de Palacio entre dos guarupas de morrión que hacen guardia. Una vez en la calle, libre, respira profundamente, cruza la Plaza Mayor mirando las palomas que hay en el atrio de la Catedral, llega al Café del Vapor, se sienta en una silla de mimbre, y dice al mesero que se acerca: —Un madrileño. Cuando el mesero se va, Cussirat fuma perezosamente un English oval mirando los muros de piedra del Palacio Presidencial, en espera de que le traigan el café y de que una explosión horrísona los haga cuartearse. Belaunzarán, aburrido, inflexible, malencarado, y terrible, dice: —De ninguna manera. El Licenciado Bonilla mira a los otros dos moderados en busca de algún signo que le de ánimos, y no lo encuentra. Sin ánimos, pues, reúne sus fuerzas y echa una ultima carga, fútil. —Nosotros, los moderados, nos atrevimos a proponer que se pospongan las elecciones, pensando que esta disposición sería benéfica para ambos partidos, y basándonos en el artículo 108 de la Constitución Arepana. —No precede —dice Belaunzarán—. El articulo 108 estipula una petición conjunta, y el Partido Progresista, a pesar de haber cambiado de candidato, no ha hecho petición alguna al respecto, lo que indica que no necesita tiempo extra para hacer su campana electoral. Esta información yo la tengo de primera mano, puesto que soy el candidato y el Presidente del Partido. —¿Podemos hacer una petición por escrito? —pregunta Bonilla, para guardar apariencias. —Si quieren ustedes perder el tiempo —contesta Belaunzarán. Bonilla se pone de pie, y los otros lo imitan. —En ese caso —concluye Bonilla—, no hay mas que hablar. —En eso estamos de acuerdo, señor Licenciado —responde Belaunzarán, con una sonrisa. En un ambiente gélido, los moderados se despiden de Belaunzarán, que no se levanta, con un apretón de manos y haciéndole una ligera cortesía; tienen otra vez la pequeña discusión sobre quien sale primero y, por fin, uno tras otro, salen, Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena, que cierra la puerta. Una vez solo, Belaunzarán resopla y echa el puro en la escupidera. En el Café del Vapor, Cussirat, con un madrileño enfrente ve, con desconsuelo, al Doctor Malagón, que cruza la calle diciendo: — ¡Hola, esporman! Y se sienta a su lado. Belaunzarán hace pipí con atención, inclinado hacia adelante para que la barriga no le impida la visibilidad, con la barbilla hundida en la papada y la papada aplastada contra el pecho; la mirada fija en la punta del pizarrín. Al terminar se abrocha, y después, tira de la cadena, con cierta dificultad. Se extraña al oír, en vez del agua que baja, un crujido, un cristal que se rompe, y una efervescencia. Levanta la mirada y la fija en el deposito. En ese momento, como una revelación divina, ve la explosión. ¡Pum! Un fogonazo. El deposito se abre en dos, y el agua cae sobre Belaunzarán. Con las reacciones propias de un militar que ha pasado parte de su vida en campana, Belaunzarán brinca, es presa del pánico, huye hacia su despacho, y de un clavado se mete debajo del escritorio. Al poco rato, comprende que el peligro ha pasado, se repone y monta en cólera: —¡Alarma! —grita, saliendo del escritorio. Regresa al lugar de la explosión, ve los pedazos del deposito, el chorro de agua que pega contra el espejo y rebota, el piso inundado. Toca el timbre que esta junto al excusado. En el cuarto de la ropa blanca, suena el timbre furiosamente y se enciende, en el tablero, el foquito que dice: “WC presidencial”. Sebastián, negro y holgazán, con filipina, despierta alarmado, da un brinco, toma un rollo de papel higiénico y sale corriendo, para auxiliar al patrón. Belaunzarán regresa al despacho, sereno, dueño de si mismo y de la situación. Descuelga la bocina del tubo acústico, sopla en ella y da ordenes: —¡Todo el mundo a sus puestos de combate! ¡Hay una bomba en Palacio! ¡Cierren las puertas! ¡Agarren a los tres que van saliendo, y si resisten, fuego contra ellos! Cuelga el tubo acústico. Entra Sebastián, agitado, y le ofrece el rollo de papel. Belaunzarán, frenético otra vez, exclama: —¡Traición! ¡Un plomero! Los guarupas de morrión, cierran las puertas de Palacio. La corneta toca a zafarrancho de combate. La guardia se arma. Se quita la lona que cubre la ametralladora Hodchkiss que nunca se ha disparado. Los moderados, solemnes, sin comprender lo que ocurre, ignorantes de lo que les espera, extrañados por las voces de mando, el ir y venir de los soldados y los cornetazos, van cruzando el patio para llegar al vestíbulo, en donde esta un pelotón en posición de firmes. El oficial de guardia, al verlos llegar, le dice al sargento: —Sargento, ¡arreste a esos tres! El oficial de guardia va al tubo acústico y mientras se comunica con el despacho particular, el sargento grita: —¡Flanco derecho! ¡Armas al hombro! ¡Pasoredoblado! ¡Cuarto de conversión a la izquierda! Formación por escuadras! ¡Doble distancia al frente! ¡Alto! Los moderados están copados en medio de dos filas de soldados. —¿Que significa esto? —pregunta Bonilla. Todos los parroquianos del Café del Vapor están mirando las puertas cerradas de Palacio, y oyendo las voces de mando y el zafarrancho de combate. —¿Que pasara allí adentro? —le pregunta a Malagón don Gustavo Anzures, que esta en la mesa vecina. Malagón hunde un terrón de azúcar en el café, lo saca, se lo mete en la boca y, áulico, contesta: —¿Que ha de pasar? ¡Que Larrondo se levanto en armas y va a deponer los poderes! Ya estaba yo enterado. Don Gustavo para las cejas y se va por las mesas, corriendo la voz: —¡Que agarraron al Gordo en su madriguera y lo van a tronar! —Todo esto se tramo en la Embajada Americana —le explica Malagón a Cussirat, que esta aplastando un cigarrillo en un plato, con mucho cuidado. Duchamps, el reportero de El Mundo, deja el café y la amistad de sus amigos, y se va a Palacio, con la libreta de notas preparada y las piernas temblonas. En la cima de la escalera veneciana, rodeado de achichincles solícitos y aterrados, dueño de la situación, Belaunzarán da ordenes perentorias: —Cerrojos. Todas las puertas de Palacio con candados. Las llaves las tiene usted y yo —le dice al Intendente, que le responde con zalemas y actos de contrición. Se vuelve al Coronel Larrondo, Jefe de la Guardia Presidencial—: De ahora en adelante, todo el que entre en Palacio, al Cuarto de Guardia y esculcarlo de pies a cabeza. —Muy bien, señor Presidente —contesta Larrondo, el presunto pronunciado, cuadrándose con tremenda marcialidad. En ese momento, van subiendo por la escalera los tres moderados, lívidos, despeinados, la ropa en desorden, después de haber sido maltratados y despojados de todo lo que tengan de valor. Una fuerte escolta los acompaña. —Los culpables, señor —anuncia el oficial. Con la misma precisión que ha dado las ordenes anteriores, Belaunzarán da la siguiente: —Que los interrogue Galvazo para ver quienes son sus cómplices, y al paredón. —Tropa: Media vuelta a la derecha. . . ¡Derecha! —grita el teniente. Entre las nucas sudorosas de la escolta que baja la escalera corno un gigantesco gusano verde, se ve la cara descompuesta de Bonilla, que dice: — ¡Piedad! ¡Somos inocentes! En el Café del Vapor, se ha formado un corrillo alrededor de la mesa de Malagón y Cussirat. —La artillería esta en el complot —dice Malagón, en su salsa, conjeturando—, porque esta mañana vi a los del Primero de Campana maniobrando una pieza y poniéndola con la boca hacia el Cuartel de Zapadores. —Impondrán la Ley Marcial y no podremos ir de farra— dice Coco Regalado, que acaba de llegar. Los desocupados del Café del Vapor, de traje blanco, camisa a rayas, cuello de celuloide, corbata inglesa, carrete importado, mancuernillas en los puños y cadena de oro alrededor de la barriga, se ríen de dientes afuera, del chascarrillo de Coco Regalado, chupan el puro, y piensa, cada cual, en las ventajas que le vendrían si de veras agarraran al Gordo en su madriguera y lo tronaran. En ese momento, el furgón de los muertos se detiene frente a la puerta de Palacio. Entre una muchedumbre de mendigos y vendedores de fritangas, rodeados por la escolta majadera, a empujones, los tres moderados suben al furgón. Los señores decentes no se atreven a cruzar la Plaza, y mandan a uno de los meseros a investigar. Duchamps regresa al Café con la boca repleta de noticias: —Alguien puso una bomba en Palacio. No paso nada. El Gordo anda de un lado al otro dando gritos. Agarraron a los culpables y los llevan a la Jefatura para darles tormento. Dicho esto, se va corriendo a la redacción de El Mundo, a escribir la noticia de la edición especial. — ¡Mierda!, por que no traman mejor las cosas? —dice Anzures, malhumorado. —¿Y a ti, Pepe, que te parece tu tierra? —le pregunta Coco Regalado a Cussirat—. No le falta vida, ¿verdad? Cussirat abre la boca para contestar, y en eso se queda. El Reloj de la Catedral da las dos, y cuando apenas acaba de sonar el ultimo campanazo, como un eco, el relojito despertador, que está dentro del portafolio, olvidado en la silla que está al lado de Cussirat, empieza a sonar, furioso y ahogado. Confusión, sobresalto, los pelos se erizan debajo de los carretes. La mano de Cussirat, automática, viaja en dirección al portafolio, se detiene a medio camino y se retira, prudentemente, a descansar sobre el pantalón del dueño. Don Gustavo Anzures toma el portafolio y lo abre. Malagón, que no quiere ser menos, ni quedarse atrás, mete la mano y saca el relojito. Se vuelve al corrillo y, sabio, explica: —¡Es un reloj despertador! —¿De quién es el portafolio? —pregunta Anzures. Coco Regalado, repuesto del sobresalto, tiene ánimos para decir el gran chiste del día: — ¡Alarma, que ha llegado el momento de fusilar pendejos! Nadie se ríe. —¿De quién es el portafolio? —repite Anzures. Nadie contesta, algunos señores regresan a sus mesas, hay quien pide un café; Cussirat abre la cigarrera, y de ella extrae el último English oval, que enciende con mano temblorosa, deteniéndolo entre los labios tiesos. XIV. CONSECUENCIAS — ¡Hay que hacer algo! —dice Ángela, con El Mundo todavía entre las manos. Barrientos, Anzures y Malagón, que acaban de traerle el periódico, fúnebres, están de pie frente a ella en la sala de música. —A eso vinimos, Ángela —explica Barrientos—. Carlos debe intervenir. Él es amigo personal de Belaunzarán. Ángela se pone de pie. —De nada serviría —dice—. Carlos cree que es amigo de Belaunzarán, pero, en realidad, no ha hecho más que jugar dominó con él dos veces. Va al teléfono que hay en el hall y pide comunicación con Lady Phipps. —La Embajada Inglesa podrá hacerlo mejor, estoy segura —explica a sus amigos, antes de dejarlos. Malagón se mesa la melena, y la caspa le cae sobre los hombros del traje a cuadros. — ¡Y yo, sentado en la mesa del café, bromeando! ¡Cómo iba yo a pensar que mi gran amigo Paletón estaba en semejantes aprietos! Va de un lado a otro de la sala. Barrientos se sirve una copa del cognac que saca de un armario. Anzures va a la ventana y se queda mirando los pavorreales en el atardecer. —En el fondo, se lo merecen, por hacer las cosas tan mal. Si la bomba hubiera explotado, estarían velando al Gordo, y nosotros de fiesta. En el hall, Ángela cuelga el teléfono en el momento en que entra Cussirat. Pepe —le dice Ángela—, dime la verdad: ¿fuiste tu? Cussirat finge no comprender. —¿Fui yo qué cosa? —Quien puso la bomba en Palacio. Con seriedad digna, Cussirat responde: —Ángela, si yo fuera el culpable, me entregaría. Ángela se excusa: —Sí, claro. Ni por un momento pensé que dejaras a otros en el atolladero si tú fueras quien puso la bomba. —De esa manera —agrega Cussirat con un dejo de ironía—, nos fusilarían a los cuatro. Ambos entran juntos en el Salón. —Lord Phipps está en Palacio tratando de arreglar las cosas —anuncia Ángela. Barrientos, cojeando, se sienta en un canapé, desde donde reflexiona en voz alta, incrédulo, mientras se calienta el cognac que tiene en la mano. —Lo que no me explico es cómo, después de quince años de hablar de civismo, se les pudo ocurrir una cosa tan descabellada a esos tres hombres. —¡Tan torpes! —concluye Anzures, dando la espalda a la ventana. Ángela le reprocha: —¡Gustavo, no hables así! ¡Su vida está en peligro! —¿Qué podemos hacer? —pregunta Cussirat. —Se puede formar una comisión —dice Barrientos, sin entusiasmo—, juntar firmas, pedir clemencia. . . pero eso lleva tiempo. Y no lo tenemos. Esto lleva toda la traza de juicio sumario. Lo único que puede salvarlos es una intervención personal de alguien que tenga influencia sobre esta bestia. —¿Por qué no interviene usted? —le pregunta Cussirat. —Yo no soy más que el Director del Banco de Arepa. Estamos peleados a muerte. ¿Por qué no interviene usted? —le pregunta, a su vez, Barrientos a Cussirat. —Porque antier no me quiso recibir. Me dejó plantado, haciendo antesala. —Carlos es la solución —dice Barrientos. —¡No, qué Carlos! —dice Malagón, dejando de pasear—. ¡Hay que lanzar otra bomba! —¿Con qué objeto? —pregunta Anzures. —Que se vea que no estamos de acuerdo —dice Malagón. —¿Quién va a lanzarla? —pregunta Barrientos. —Yo la lanzaría, de mil amores —dice Malagón, pero advierte—, si no fuera un exiliado político. —Un momento —dice Anzures—. Si alguien tiene valor para poner una bomba, debe tenerlo para afrontar las consecuencias. Si nosotros intervenimos, es por humanidad, no por obligación. —Gustavo —dice Ángela—, debes tener en cuenta que lo que hicieron estos hombres lo hemos pensado muchos, sin atrevernos. Hay un silencio. Un mozo entra. —Lady Phipps al teléfono, señora. Ángela sale, rápidamente, llena de esperanzas. Barrientos se levanta trabajosamente y va a servirse otra copa, Malagón sigue sus paseos, Anzures vuelve a mirar por el ventanal, Cussirat se sienta. Ángela entra, desolada. Todos la miran. —Han confesado su culpabilidad. La Embajada Inglesa no puede intervenir. Están perdidos. Todos se abaten. —No queda más que esperar a Carlos —dice Barrientos. Esperan a don Carlitos jugando tute. Cussirat gana tres partidas al hilo. Cuando don Carlitos llega, viene desencajado. Se para a medio Salón, y con lágrimas en los ojos, y abriendo los brazos, dice: —¡Han sido condenados! ¡Los van a fusilar! Todos lo miran consternados. —Tienes que intervenir —le dice Barrientos. Don Carlitos, en el colmo del abatimiento, contesta. —Ya traté de hacerlo. De nada sirvió. No me recibieron. Ángela, ¿te das cuenta de lo que esto significa? Sin diputados moderados en la Cámara, la Ley de Expropiación se nos viene encima, la Cumbancha se nos va. . . estamos perdidos. Dicho esto, tragándose un sollozo, caminando con paso inseguro, pero levantando la cabeza con dignidad, como si fuera él el fusilado, don Carlitos sale. Después de un momento de silencio, Ángela exclama: —¡Qué vergüenza! ¡Tres vidas en peligro y este hombre pensando en su hacienda de la Cumbancha! Se pone de pie y sale tras de su marido. Cussirat baraja y reparte las cartas. Ángela llega al hall del primer piso con agitación de gasas, jadeante. Camina hasta la alcoba de su marido, abre la puerta y lo ve, sentado en la cama, con un pie desnudo, el calcetín en la mano, y la mirada fija en el fondo del zapato que se ha quitado. Ángela se suaviza. Entra en el cuarto y va hacia la cama. Él la mira y cree que viene a consolarlo. Cuando ella está cerca, él se echa a llorar, apoyando la cara contra la barriga de su mujer, quien, después de dudarlo, le acaricia levemente la cabeza. Gaspar, el gato de Pereira, sentado en la mesa del comedor, posa somnoliento para su dueño, que está haciéndole un retrato, a lápiz, sobre un bloc de dibujo. En la sala, Rosita Galvazo, en refajo, se mira en el espejo. Esperanza da la última puntada al percal floreado con que trata de cubrir las carnes rotundas de su amiga y cliente. Doña Soledad, en una mecedora, le da de comer al canario recién nacido que tiene en el puño, sobre el regazo, metiéndole por el pico abierto un palillo de dientes mojado en una sopa inmunda: dice una frase célebre: —En mis tiempos, las cosas no eran así —y luego, dirigiéndose al canario, le dice—: Come tonto, que tu madre no está aquí. ¿Cuándo se iba a ver, a las seis de la tarde, a un hombre, sentado en el comedor, retratando a un gato? Los de antes se emborrachaban, pero traían dinero a casa. Rosita, absorta en sus redondeces, comenta: —¡Cada día estoy más gorda! Suerte que a Galvazo le gusto así. Esperanza, con la boca llena de alfileres, se pone de pie, extiende el vestido, que es vasto, y dice, entre dientes: —Nomás está hilvanado. —¡Qué chulo! ¡Qué elegante! ¡Qué distinguido! —comenta doña Soledad, picándole, por distracción, un ojo al canario. Rosita se enfunda en el vestido, que Esperanza trata de hacerle pasar por las nalgas. Galvazo, satisfecho, con bultos de comestible entre las manos, rebosante de buen humor, entra en la casa y se mete de rondón en la sala. Las mujeres, entre risitas coquetas, gritan: —¡Jesús, los moros! —¡Cierre los ojos, picarón! —¡Fuera, intruso! Galvazo, el Terror de la Jefatura, cierra los ojos, haciéndose el delicado, como si nunca hubiera visto a su mujer en calzones, y deja que entre Esperanza y Rosita le den la vuelta y lo empujen hasta la puerta, diciendo: —¡Al comedor, hombrón, que aquí no tienes nada que hacer! Doña Soledad, echando atrás la cabeza y la mecedora, empuñando todavía el canario, suelta la carcajada gozando del momento equívoco y pudibundo. Galvazo irrumpe en el comedor, despertando a Gaspar y secando la vena creativa del dueño. Mientras Gaspar baja de la mesa y huye a la cocina, y Pereira cubre el dibujo con una hoja en blanco, Galvazo deja los bultos sobre la mesa y dice: —¡Un día pesadísimo, pero fructífero! —¿Qué hiciste? —¡Nada menos que acabar con la oposición! —¿Cuál oposición? —Tu patrón, don Casimiro. Pereira se alarma. —¿Don Casimiro? ¿Qué pasó? —Trató de asesinar al señor Presidente. Él, y otros dos. Fallaron, afortunadamente. Los agarraron y me los llevaron. No querían confesar, los muy cobardes. Agarré a don Casimiro, “hínqueseme allí”, le dije. Le di un tirón en donde tú ya sabes. ¡Santo remedio! Confesaron los tres. Mañana los fusilan. Pereira está demudado. —¿A don Casimiro lo fusilan? ¡Van a cerrar el Instituto! ¿De qué voy a vivir? —De la guitarrita que tocas. —Pero eso no deja. —Mira, no seas egoísta. Piensa en lo que este hecho significa para el país: se acabó la oposición moderada, el ambiente político va a quedar más limpio que una camisa acabada de lavar. Ahora sí vamos a vivir en paz. Pereira, incapaz de concentrarse en las ventajas que trae consigo la desaparición de los moderados, se pasa, desolado, la mano por los cabellos. Galvazo trata de consolarlo: —No te preocupes, que tienes amigos pudientes que te van a ayudar. Le pasa el brazo por los hombros. Pereira lo mira, preocupado, pero agradecido por la amistad que le demuestra. Galvazo, viendo que la preocupación de su amigo disminuye, retira el brazo, abre los paquetes que están en la mesa, y dice: —Ahora vamos a pensar en comer. Separa una lata y se la muestra a Pereira, que la observa con melancolía y le dice: —¿Sabes lo que es esto? Paté de foie gras. La cosa más deliciosa que puedas comerte. Lo agarramos en un contrabando. ¿Tienes pan? Al día siguiente, Bonilla, Paletón, y el señor de la Cadena, se levantaron a buena hora, hicieron sus necesidades ante guardia de vista, se rasuraron con navaja prestada, se confesaron con el Padre Inastrillas, caminaron por los pasillos de la Jefatura entre un pelotón de la Policía Montada y se pararon en el patio de servicio, dando la espalda al muro de prácticas, mirando cómo los montados se hincaban, cortaban cartucho, apuntaban y disparaban. Murieron rayando el sol. A la ejecución asistieron Jiménez, envuelto en un capote prusiano que lo hacía sudar a chorros, Galvazo, desveladón, un Ministro de la Suprema Corte, que fue quien dio fe, Cardona, en representación de la presidencia, con órdenes de asegurarse de que quedaran bien muertos los culpables, el Padre Inastrillas, que echó la bendición, y varios periodistas y fotógrafos. El tiro de gracia estuvo a cargo del teniente Ibarra, personaje oscuro, que no volverá a aparecer en esta historia, ni en ninguna otra, porque murió esa misma noche de congestión alcohólica. XV. NUEVOS RUMBOS El entierro fue sencillo, pero emotivo. Todos los asistentes estuvieron de acuerdo en que Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena habían muerto por una causa justa, “librar a Arepa del tirano”, y después se fueron a sus casas, a refunfuñar en privado, en contra de los nuevos mártires, quienes, con su torpeza, no habían logrado más que acabar con la oposición en la Cámara, provocar la ira de Belaunzarán, y poner a sus partidarios en un aprieto. Durante quince días nadie se paró en el Casino, por temor de ser acusado de complicidad en el intento de asesinato. Algunos, como don Carlitos, estuvieron en cama, enfermos, leyendo, temblorosos, El Mundo, en espera de la noticia de que la Ley de Expropiación fuera aprobada en la Cámara, por unanimidad, y puesta en vigor. Otros, como Barrientos, se encerraron en su despacho a estudiar la manera de invertir en el extranjero. Pepe Cussirat se fue al campo, escopeta en mano, a buscar liebres, que resultaron más fáciles de matar que el Mariscal, pero menos que los moderados. Ángela pasó los quince días llena de pesar por los difuntos, decepcionada con los vivos, y dedicó sus energías a organizar una velada poética en memoria de Paletón, un patronato para el Instituto Krauss, y a ordenar a la servidumbre que preparara y sirviera a tiempo los consomés de su marido. Pepita Jiménez siguió esperando, en vano, que Cussirat le hablara de matrimonio. Pereira, gracias al patronato, no perdió el empleo. Al cabo de los quince días, se acaba la tregua, y los acontecimientos toman rumbos inesperados. Belaunzarán, con el enemigo en sus manos, tiene nuevos planes. Por medio de una ordenanza y recado de su puño y letra, invita a comer, en su finca de la Chacota, a don Carlitos, Barrientos y don Bartolomé González. Don Carlitos se levanta de la cama y se baña, Barrientos sale del despacho, don Bartolomé convoca a un cónclave de invitados para decidir si aceptar o no la invitación. Se reúnen en el despacho de Barrientos. —¿Querrá fusilarnos a nosotros también? —pregunta don Carlitos. Los otros lo tranquilizan. Para eso no necesita invitarlos, basta con mandarles la tropa. —Creo que debemos ir —opina don Bartolomé González—, yo estoy dispuesto a venderle mi alma, con tal de que no me quite el dinero. —Además —dice Barrientos—, no nos queda otro remedio. Yo no me atrevo a rehusar una invitación del Gordo. En realidad, para lo único que sirve el cónclave, es para ponerse de acuerdo en cómo se han de vestir. —Yo voy a ir de blanco, con sombrero panamá —advierte don Carlitos. Cuando llegan a la Chacota, los tres juntos, en el Rolls de los González, el Mariscal, con botas y ropa de campo, los espera en el porche de la casa morisca, los saluda cordialmente, les enseña la gallera y, de regreso a la casa, les presenta a su mujer, Gregorita, que tiene bigotes, un ojo de vidrio y nunca aparece en público, y a sus hijas, Rufina y Tadifa, famosas porque nunca han abierto la boca más que para reírse de una sandez. Después de las presentaciones, las mujeres se retiran, los hombres toman el aperitivo en el porche, con vista a un parque (que está protegido de extraños por un batallón de guardias presidenciales), sueltan el cuerpo, entran en confianza, comen, los cuatro solos, lechón en un kiosco, y ya de sobremesa, Belaunzarán abre fuego o, mejor dicho, pone sus cartas sobre la mesa. —Quiero advertirles que yo soy el primero en lamentar la muerte de los moderados —dice Belaunzarán. —Y nosotros los segundos —dice Barrientos, para darle la razón al Mariscal y defender su terreno. Todos están de acuerdo: Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena forzaron al Mariscal a fusilarlos, y él, al hacerlo, no hizo más que cumplir con su deber, conservar la paz interna y salvar las instituciones. —Aparte de la pérdida sensible que hemos padecido con el deceso de estas personas —dice Belaunzarán—, queda el hueco que dejaron en la Cámara. El Partido Moderado no tiene representación. Los otros están de acuerdo; ésa es una de sus principales preocupaciones, conceden. —La Cámara ha quedado desequilibrada —dice Belaunzarán—. Un debate acalorado podría conducir a la aprobación de leyes que resultaran perjudiciales para algún grupo, o clase social. Todos le dan la razón, sin saber muy bien qué terreno pisan. —Para resolver esta situación —prosigue el Mariscal (los demás contienen la respiración)—, se me ha ocurrido que, quizá, la solución más expedita consistiera en que yo, personalmente, nombrara tres sustitutos. . . Silencio, Belaunzarán sigue: —Que contaran, desde luego, con el apoyo y la confianza del Partido Moderado. Aprobación. —¿Ha pensado usted en nombres, señor Presidente? —pregunta Barrientos, con gran cautela. —Sí, señor Barrientos —dice Belaunzarán— he pensado en nombres. Son ustedes tres. Los tres elegidos suspiran aliviados, se miran entre sí, sonríen, están de acuerdo. —Creo que su elección ha sido acertada —concluye Barrientos. Todos de acuerdo, Belaunzarán prosigue, esbozando su plan: —Una vez ustedes en la Cámara, restablecido el equilibrio, tendrían oportunidad de hacer muchas cosas, entre otras, la siguiente: proponer una ley que ratifique los derechos de propiedad de todos los ciudadanos arepanos, cualquiera que sea su origen o su ascendencia. Bocas abiertas. La idea es demasiado buena para ser aceptada sin deliberación. Don Bartolomé ve la falla: —Pero nosotros somos tres solamente. El proyecto tendría siete votos en contra. Belaunzarán se divierte, habla francamente: —Si les propongo una idea, señor González, es porque creo que es viable. Yo me encargo de que los diputados progresistas voten por la Ley de Ratificación del Patrimonio, como se llamaría esta que estoy esbozando. Júbilo contenido. Sus interlocutores se miran entre sí, lelos de gusto, ante la muerte inminente de la Ley de Expropiación. —¿Creen ustedes que podemos trabajar de acuerdo? —les pregunta Belaunzarán. —Se oyen tres “¡Sí, señor!”. Sigue Belaunzarán: —Perfecto. Una vez aprobada la Ley de Ratificación del Patrimonio, ustedes tendrán que hacerme un favor. ¿Están dispuestos a hacerme un favor? —¡El que usted nos pida! —dice don Carlitos. —Siempre y cuando esté dentro de nuestras posibilidades —advierte Barrientos. —Y no vaya en perjuicio de nadie —agrega González, pensando en sus pesos. Belaunzarán los tranquiliza: —Está dentro de sus posibilidades y no perjudica a nadie. Se tira a matar: —Es muy sencillo. Consiste en proponer la creación de la Presidencia Vitalicia. Silencio. Desaliento. Desconfianza. Titubeo. Belaunzarán expone sus razones: —Este país necesita progreso. Para progresar necesita estabilidad. La estabilidad la logramos quedándose ustedes con sus propiedades y yo con la presidencia. Todos juntos, todos contentos, y adelante. —Yo estoy en completo acuerdo con usted, señor Presidente —dice don Carlitos. —Me alegro, señor Berriozábal —dice Belaunzarán y advierte a los otros dos—: sin Presidencia Vitalicia, las cosas serían más difíciles. La Ley de Ratificación del Patrimonio, por ejemplo, no tiene la mejor esperanza en la Cámara. Barrientos y don Bartolomé González doblan las manos, aceptan la proposición de Belaunzarán y brindan con él por la nueva alianza. —Otra cosa que sería conveniente —dice Belaunzarán limpiándose el cognac de los labios, después del brindis—, es que el Partido Moderado, que no tiene candidato a la presidencia, me nombre a mí. Silencio otra vez. Belaunzarán sigue explicando: —De esa manera, matamos dos pájaros de un tiro. El Partido Moderado podrá participar de mi triunfo, y evitamos el peligro, muy remoto, de que la Presidencia Vitalicia caiga en manos de algún desconocido. —Yo estoy en completo acuerdo con usted, señor Presidente —vuelve a decir don Carlitos. —Me alegro, señor Berriozábal —vuelve a decir Belaunzarán—. ¿Y ustedes? —pregunta, volviéndose a los otros. —Nosotros somos moderados, señor Mariscal —explica Barrientos—, pero no somos el Partido. —Son miembros notables —dice Belaunzarán—. Yo estoy convencido de que pueden presentarme con los demás, proponerme como candidato, y explicarles a sus compañeros las ventajas que pueden derivarse de este arreglo. Por otra parte, como creo que esto es fundamental, si no hay candidatura, no hay trato. Don Carlitos se pone de pie, y dice: —Señor Presidente, cuente usted conmigo. Yo le hago a usted una fiesta en mi casa, lo presento con todos los socios del Casino, y de esta manera tendrá usted oportunidad de conversar con ellos, ver cuáles son sus aspiraciones y estudiar sus problemas. Estoy convencido de que mis compañeros, aquí presentes, nos ayudarán en esta labor de convencimiento, a usted y a mí. Todos están de acuerdo, nuevo brindis, fin de la reunión. En el camino de regreso, Barrientos le pregunta a don Carlitos: —¿Y tu mujer, que no baja de asesino al Gordo, va a recibirlo en su casa? Don Carlitos, que ha estado pensando en lo mismo, no contesta. Se seca la frente con un pañuelo. XVI. PARA CONVENCER A ÁNGELA —Primero, el Padre Inastrillas hará la presentación —le dice Ángela, en su boudoir, a Pepita Jiménez—; después, tú lees los fragmentos; luego, viene el discurso de Malagón, que ya tiene preparado y es muy interesante; cuando termine el discurso, entreacto, y en la segunda parte del programa, la Oda a la Democracia, que tienes que ensayar bien, por ser de las obras más emocionantes de Casimiro y la última que escribió. Al final, el cuadro plástico que está poniendo Conchita con las niñas de la Academia, que espero que salga bien. Con Gustavo no podemos contar. Se negó rotundamente a participar en la velada. Tiene miedo. Es una lástima, porque tiene tan buena voz. . . ¿Qué tienes? Pepita, lánguida y demacrada, no ha puesto atención. Está llorando. Ángela, comprensiva, toma la mano de Pepita. —¿Es por Pepe que lloras? —le pregunta. Pepita llora más. Cuando se le acaba el llanto, le empieza el hipo. Ángela espera, pacientemente, la respuesta. —Ángela, qué dolor. Es cortés, pero no cariñoso. No me ha dicho nada de lo que yo quiero oír. Casi no me mira, y cuando lo hace, parece como si ya no se acordara. . . de. . . todo aquello. Ángela se levanta de la silla Luis XVI, va al tocador, toma un chocolate, se lo come y le ofrece la caja a Pepita, mientras hace esta reflexión: —Desgraciadamente, Pepita, no mandamos en los espíritus de los demás. Estas cosas, cuando ocurren, que es muy triste que ocurran, hay que aceptarlas y seguir adelante. —Pero yo tengo treinta y cinco años, Ángela. A este hombre le di mi juventud. —Porque quisiste. No se lo reproches. —¡Sus cartas eran tan cariñosas! —¿Pero cuánto tiempo hace que dejó de escribirte? Pepita baja la mirada y traga el chocolate antes de contestar: —Doce años. —¿Ves? Tú no lo olvidaste, pero no puedes exigirle a un hombre lo mismo. Estás siendo injusta con él. Pepita alza la mirada y la fija en el rostro de Ángela. —¿Crees que no hay esperanzas? Ángela, incómoda, decide ser franca. —Por lo visto, ninguna. Pepita, ante la confirmación de sus sospechas, reflexiona: —Yo estaba resignada. Era feliz. Pero ahora, su presencia. . . me ha causado mucho daño. Pepita vuelve a llorar, y Ángela a tomarle la mano. Después, en vista de que el llanto no acaba, se pone de pie, con ligera impaciencia, y dice: —Bueno. Es hora de irnos a la junta. Ángela, Pepita, la Parmesano, Malagón y el Padre Inastrillas, tienen cita con Bertoletti, el director del Teatro de la Ópera de Puerto Alegre, para ver lo del decorado. Pepita deja de llorar. —Límpiate esa cara —ordena Ángela. Pepita Jiménez entra en el baño. Ángela, a solas, se mira en el espejo y se toca la piel de la mejilla. Don Carlitos, peripuesto, como un mosco bien vestido, sube la escalera dando brinquitos, lleno de decisión, de esperanzas, de ideas que él cree geniales, que acaban de ocurrírsele en el bar del Casino con ayuda de Barrientos y de don Bartolomé González; sabedor de los riesgos que corre, del peligro que existe de que Ángela lo mande a freír espárragos cuando le pida una fiesta para Belaunzarán, preparado a mentir. En este estado de ánimo llega al hall del primer piso. Va a la puerta del boudoir de su mujer, se detiene un momento, preparando la frase con que va a empezar su petición, y llama con golpe coqueto. —¡Adelante! Don Carlitos entra. Al ver a Ángela y a Pepita listas para salir a la calle, de sombrero y collares, se desconcierta. —Vienes borracho —dice Ángela. —Falso. Tomé una copita nada más. —Vamos a una junta en el teatro —dice Ángela, calándose un guante, dando por terminada la entrevista. A don Carlitos le importa un pepino el destino de su mujer. Al ver su plan en peligro, decide tomar la ofensiva: —Angelita, vengo a pedirte un favor. —No tengo tiempo de hacer favores —dice Ángela—, voy de salida. —Ni yo tengo tiempo de esperar a que regreses —contesta don Carlitos, y agrega, dirigiéndose a la Jiménez—: Niña, tápate los oídos, que ésta y yo tenemos que hablar a solas un minuto. Ángela, ante lo inevitable, le pide a Pepita: —Espérame abajo. Cuando Pepita ha salido, don Carlitos se acerca a su mujer y le dice, como en secreto: — ¡Todavía hay esperanzas! —¿De qué? —pregunta la otra. —De salvar la Cumbancha. Pero necesito que tú me ayudes. Para ser franco, necesito que tú me salves. Ángela, severa, le pregunta a su marido: —¿Qué estás tramando? Don Carlitos, fingiendo estar encantado, como quien da la mejor noticia del siglo, dice: —¡Belaunzarán quiere ser socio del Casino! Da un paso atrás, para ver mejor el efecto que estas palabras producen en su mujer. Ella no se inmuta. —¿Y a mí qué me importa? —pregunta. Don Carlitos no se desanima. Vuelve a la carga con la segunda parte de la mentira: —Espera a que oigas esto: la Mesa Directiva se ha juntado para discutir la solicitud, y la ha rechazado. —¡Bien hecho! —dice Ángela. Don Carlitos levanta una mano para poner freno a la aprobación justiciera de su mujer, y prosigue: —No cantes victoria, que todavía no has oído el final. Belaunzarán ha sido rechazado, no por asesino, como le dices tú, ni por mulato, como le dicen otros —se retira otra vez, como apuntando para dar el golpe de gracia—. Su solicitud fue rechazada porque no cumple con una formalidad indispensable: no va acompañada de la carta de un socio fundador que la avale. Belaunzarán me ha hecho el honor, fíjate bien: de pedirme que sea yo quien lo recomiende, ¿entiendes? Ángela lo mira como a poca cosa, y le dice, con desaliento: —Sí entiendo, tú lo vas a recomendar. Don Carlitos se acerca a su mujer. —¡Claro! No sólo lo voy a recomendar: ¡voy a presentarlo en sociedad! —toma la mano enguantada de su mujer entre las suyas, y agrega—: ¡Si tú estás de acuerdo! Ángela lo mira con desconfianza asombrada. —¿Qué quieres decir? —El día trece de julio es el aniversario de la Batalla de Rebenco. Le hacemos un baile aquí en la casa, invitamos a la crema y nata de Arepa, y no hay Dios que nos quite la Cumbancha. Ángela está boquiabierta. —¿Aquí, en la casa? ¿Belaunzarán en la casa? Don Carlitos se angustia: —¡Dime que sí, Angelita! ¡Haz un sacrificio! ¡Al fin y al cabo es una sola noche! ¡Dime que sí! Trata de besar el guante de Ángela, pero ella retira la mano con movimiento violento. —¡Estás loco! Se va a la puerta. Don Carlitos, desesperado, se arrodilla. —¡Ángela, te lo pido de rodillas! Ángela sale del cuarto, ni siquiera se vuelve para mirarlo y verlo hincado, con los brazos en cruz, casi babeante. Cuando ve todo perdido, don Carlitos se pone de pie, con mucho más trabajo del que le costó hincarse. Después, se va a su cuarto y se sienta, durante horas, en un sillón, mirando al vacío. Entre su casa y el teatro, Ángela no abre la boca, va furiosa, mirando el camino. En el teatro, mientras la Parmesano y Bertoletti discuten el decorado, se le ocurre una idea. Regresa a su casa de buen humor, sube al cuarto de su marido, entra sin anunciarse, lo encuentra todavía sentado en el sillón, deprimido, y le da la sorpresa: —Cambié de opinión. Sí vamos a hacerle la fiesta a Belaunzarán. Don Carlitos casi se muere del gusto. —Gracias, Ángela, gracias —dice, besando las manos a su mujer. Ella lo mira en silencio, como si estuviera divirtiéndose con su alegría. El, agradecido e inocente, sigue besando las manos de su mujer, sin sospechar siquiera las negras ideas que le flotan a ella en el cerebro. XVII. OTROS PLANES A las diez de la mañana, Cussirat, en pijama y bata de seda, con una redecilla en la cabeza, aplastándole el cabello, toma el desayuno en la terraza, mirando al patio arbolado. Garatuza, después de llevarse el plato con vagos rastros de filete y papas, le sirve el café, y le da el periódico. En la primera plana de El Mundo está la foto de Belaunzarán echando, con gran torpeza, la lanzadera en su primer viaje, al inaugurar la primera fábrica de hilados y tejidos que se funda en Arepa, con capital francés. La inauguración fue el día anterior, antes, y esto no lo dice el periódico, de la comida con los ricachones. Después de cerciorarse de que nada más se ofrece, dejando a su amo absorto en la lectura de tonterías, en el frescor del patio, Garatuza se retira a la cocina y se dispone a desayunar. El Dion-Button de los Berriozábal se detiene en la calle de Cordobanes, frente a la casa de los Cussirat. El chofer, sudando adentro de la librea, baja del coche, llega al portón, y da dos aldabonazos que retumban en el vestíbulo, y hacen que Garatuza, que está en la cocina comiendo callos, pegue un brinco, se limpie el labio con migajón y baje las escaleras corriendo y desremangándose. —La señora de Berriozábal quiere ver al señor Cussirat —anuncia el chofer, haciendo una leve reverencia al pronunciar cada nombre. Garatuza no dice nada, se pone tieso, mira adentro del coche, ve que no están tomándole el pelo, porque Ángela, recatada, de sombrero y arracadas, está en el asiento de atrás, mirándolo. Se guarda el escándalo en sus adentros, y le dice al chofer: —Voy a anunciarla. Ángela, con vestido de visitar monjas, sentada en la terraza, al lado de Cussirat, da un sorbo a la demi tasse que tiene enfrente, se pone la servilleta sobre la boca un instante, y dice: —Malagón propone arrojar una bomba para demostrar solidaridad con los mártires. No creo que sea el camino. Creo que el mejor homenaje que podemos rendir a nuestros amigos muertos es llevar a cabo la empresa por la que ellos ofrendaron su vida. Cussirat se yergue en su asiento, molesto, mira a su visitante, como a una intrusa, y le dice: —Ángela, ésa es mi misión. Te prometo que sabré cumplirla. Ángela lo mira de frente y adopta un tono que expresa la gran confianza que le tiene. —Estoy segura de ello. No he venido a hacerte reproches, sino al contrario: vengo a pedirte que nos guíes. Cussirat la mira sin comprender. —¿Que nos guíes?, ¿a quiénes? Ángela apoya los brazos sobre la mesa y habla con vehemencia precisa: —He pasado la noche en vela, pensando en lo que ha ocurrido últimamente en Arepa. Está claro que tú no eres el único que piensa que ha llegado el momento de acabar con Belaunzarán. Cussirat se bate en retirada y se hunde en una meditación fingida. Ángela prosigue: —Tú ya hiciste un intento, nuestros amigos hicieron otro, ¿no crees que si hubieran estado de acuerdo se hubieran obtenido mejores resultados? Con un movimiento de impaciencia Cussirat dice: —Si hubiéramos estado de acuerdo, tus amigos no hubieran ido a Palacio. Ángela equivoca la intención de la frase: —Precisamente. Tú eres el único hombre en la isla que tiene inteligencia, valentía y decisión suficientes para llevar a cabo esta empresa. Cussirat baja los ojos, avergonzado. —Hasta el momento, he fracasado —dice. Ángela se lanza al ataque: —Porque lo que hiciste fue irreflexivo: no hubieras salido vivo de Palacio, porque estabas solo. Pero lo que ha ocurrido encierra una gran enseñanza: Dios no quiso que tu intento tuviera éxito, pero la Divina Providencia está con nosotros, porque estás vivo. Ha llegado el momento de reunir a todas las personas que están dispuestas a sacrificarse por su patria, formar un grupo con ellas, adiestrarlas, organizarlas, y llevar a cabo lo emprendido. Tú eres el indicado para comandar este grupo. —No cuentes conmigo —dice Cussirat. Ángela lo mira escandalizada. —¿Por qué? Cussirat, incómodo, rehuye la mirada de su visitante, y se tarda un momento en contestar: —Porque es peligroso trabajar en grupo. Puede haber filtraciones, indiscreciones, torpezas. . . —¡No seas soberbio! ¡No seas egoísta! ¿Qué va a pasar si fracasas? ¿Quién va a continuar tu obra? ¡Déjanos colaborar contigo! ¡Permítenos ayudarte y protegerte! ¡No nos niegues un poco de tu gloria! Cussirat, avergonzado y molesto, la detiene en seco: —¡Ángela, por favor! Ella, frustrada, se calla. Los ojos se le rasan de lágrimas, los labios le tiemblan y tiene la respiración agitada. Su pasión es ridícula, pero imponente. Cussirat se amedrenta, ella lo nota y, de un zarpazo, toma la mano del hombre indefenso, arrinconado en su silla, y le dice: —¡Por favor, tú! ¡Tú, por favor! Oprime la mano del otro entre las dos suyas. Cussirat, perplejo, sintiéndose ridículo en su redecilla para el pelo, tratando de salvar su mano y de poner fin a la escena, dice: —¿Qué propones? Ella; entre lágrimas, le sonríe, triunfal y agradecida. Él hace un intento, tímido y fallido, de retirar la mano. —La suerte está con nosotros —dice Ángela, sonriendo, triunfal—. Belaunzarán vendrá a mi casa dentro de un mes. Cussirat la mira con interés, olvidando, por un momento, su mano. Pepita Jiménez, ojerosa, con el pelo lamido, tristona y pálida, pero con los labios pintados color cereza, vestida de ala de mosca, parada sobre unos zapatos demasiado largos en el centro del escenario, mueve los brazos desnudos y, haciendo tintinear pulseras, recita, con voz quejumbrosa, los últimos versos de un poema de Paletón. Corazón amargado Corazón abandonado ¿A dónde vas? —¡Ay, es una obra de arte! —comenta Conchita Parmesano, desde la tercera fila, y bate palmas. Los demás asistentes al ensayo también aplauden. Cussirat, al lado de Ángela, en el centro de la sala del teatro, hace un movimiento de impaciencia y comenta: —Esta mujer no sirve. Ángela lo mira con reproche. —Es muy valiosa y te quiere muchísimo —le dice. —Que son dos virtudes que nada tienen que ver con la habilidad de asesinar presidentes. Definitivamente, esta mujer, fuera. —¡Pepe! —dice Ángela, como queriendo poner fin a los denuestos. En el fondo, la mala opinión que tiene Cussirat de Pepita la halaga, porque sabe que no se aplica a ella misma. Cussirat, ceñudo, pasea la mirada por el teatro. —¿Quién es Pereira? Pepita se ha ido a sentar junto a las Regalado. Las niñas de la Academia suben al foro y, obedeciendo órdenes contradictorias de Bertoletti y la Parmesano, forman el cuadro plástico, después de pasar muchos trabajos. El Padre Inastrillas, abriendo los brazos en cruz, le dice una galantería edificante a la poetisa; don Carlitos, sumido en su butacón, espera, paciente, a que se acabe el ensayo; Malagón, cerca del proscenio, aprovechando la luz de las candilejas, lee su discurso y se rasca la entrepierna; Lady Phipps entra en ese momento del baño, restirándose los fondillos; Pereira está al fondo del teatro, de pie en el pasillo, con los brazos cruzados, mirando, respetuosamente, la confusión que hay en el foro. Ángela lo señala con un movimiento de cabeza. Cussirat se pone de pie, pide permiso a don Carlitos, pasa, sonriendo, junto a Pepita, tropieza con el Padre Inastrillas, camina por el pasillo y llega junto a Pereira, quien, al verlo venir, ha palidecido. —¿Dónde aprendió usted a tocar el violín? —pregunta Gussirat. Pereira se sobrecoge. ¿Yo? Cussirat comprende que ha sido demasiado brusco y decide echarle una mentira para darle confianza: —Le pregunto, porque lo hace muy bien. Pereira sonríe, halagado. —Aquí, en Puerto Alegre. Me enseñó el señor Quiroz, que es director de la orquesta dónele trabajo. Cussirat, a quien la respuesta no interesa, sino la reacción del interrogado, finge sorpresa. —¡No me diga! ¡Es formidable! Yo hubiera pensado que había estudiado en el extranjero. —No, señor, nunca he salido de Arepa. Al ver a su interrogado tranquilo, Cussirat le pone una mano en el hombro y le dice: —Venga, tenemos que hablar. Caminan por el pasillo. Pereira, más halagado todavía, Cussirat, mirando al piso, como pensando cuidadosamente lo que va a decir. —¿Qué opina usted de la situación política? Pereira lo mira extrañado. —Nada, Ingeniero. Cussirat se detiene y mira al otro de hito en hito, Pereira se intranquiliza. —¿Qué quiere usted decir? —pregunta. —Quiero decir que qué piensa usted de los fusilamientos. Pereira se tarda un momento en contestar. —Bueno, pues alguien que sabe, me ha dicho que los fusilamientos fueron muy buenos. Que el ambiente político va a estar más limpio. Dicen, porque yo, en lo personal, no tenía nada que reprocharle a don Casimiro Paletón, que conmigo fue muy bueno. Bueno, no muy bueno, pero tampoco fue malo. Cussirat sigue mirándolo un momento, después sonríe y dice: —Es una opinión interesante, hasta luego. Deja a Pereira confuso y se aleja de él, en dirección al lugar que ocupaba anteriormente. Al sentarse junto a Ángela, le dice: —Este hombre es un imbécil. —Es lo que dice mi hijo —contesta Ángela, indiferente. XVIII. LA CENA DE LOS ASESINOS De noche, en la sala de la casa vieja de los Cussirat, entre sofás cubiertos y alabastros arrumbados, se reúnen los elegidos. Malagón, rascándose la melena espesa, Paco Ridruejo, de dandy, moviéndose con libertad en la casa de su amigo, Anzures, tieso, en la orilla de una silla forrada de brocado luido, y Barrientos, chupando un aperitivo. Cussirat, bien vestido, en el centro de la sala, con la mano apoyada en la mesa de tortuga, les advierte: —Ésta no será una reunión social. Hablaremos de cosas muy serias. Después, nos traerán la cena del Hotel de Inglaterra. Los invitados lo miran, más intrigados de lo que estaban al principio. Se oye retumbar el aldabón. —Es Ángela —dice Cussirat, saliendo del cuarto. Va bajando la escalera con ligereza, cuando se detiene, asombrado, al ver a Ángela y a Pepita Jiménez en el vestíbulo. Las mujeres empiezan a subir, y encuentran al anfitrión en la mitad de la escalera. —Pepe —dice Pepita al llegar junto a él—, gracias por haberme invitado a tu cena. Cussirat, tenso, le da la mano con sonrisa y amabilidad fingidas, y cuando ella sigue su camino hacia el final de la escalera, le dice a Ángela, severo, en voz baja: —¿Por qué la trajiste? —Porque no me quedó más remedio —contesta Ángela, en voz baja también—. Se encontró a Malagón en la calle y le dijo que tenías cena. Llegó a mi casa hecha un mar de lágrimas. —¡Te dije que siempre había indiscreciones! —dice Cussirat. Después de este intercambio, siguen los dos, con sonrisas heladas, su camino hacia arriba, en donde los espera Pepita Jiménez, mirando a su alrededor con melancolía, respirando hondo el aire pútrido de la casa vieja. —¡Todo esto me trae tantos recuerdos! —dice. Cussirat las conduce a la sala. En el umbral, antes de entrar, Pepita saca de su bolsa de mano un legajo y se lo da a Cussirat. —Toma. Es un poema que escribí pensando en ti. Fingiendo, no sólo la sonrisa, sino el agradecimiento, Cussirat se guarda en la bolsa el legajo y cede el paso a Pepita que entra en la sala, en donde los otros, de pie, han saludado a Ángela. —¡Hola, guapa! —dice Malagón, abriendo los brazos, al ver entrar a Pepita. El principio de la reunión fue un desastre. Cussirat tuvo que hacer como que leía los ciento veintitrés versos apasionados que escribió Pepita, mientras deliberaba, en su fuero interno, si seguía el plan trazado. Ángela lo sacó de su indecisión, cuando dijo: —Dinos lo que nos tenías que decir. Entonces, Cussirat, como quien se lanza de cabeza en un pozo, explicó el objeto de la reunión. Después de la cena, solemnes, como si acabaran de oír el Sermón de la Montaña, los recién conjurados oyen la última advertencia de Cussirat: —El que no esté de acuerdo con estos principios, que se vaya. Barrientos, a quien el plan y la cena han sentado como una piedra, está a punto de hacerlo, pero lo detiene la idea de que si la conjuración se sale con la suya y matan al Mariscal, el levantarse de la mesa en ese momento va a constituir un delito imperdonable. Por un instante piensa en la posibilidad de explicarles a los allí presentes el nuevo arreglo al que se ha llegado con Belaunzarán, pero como sabe que no se puede razonar con idealistas (y cuando menos Ángela y Cussirat lo son), decide callarse. Anzures, maldiciendo el momento en que aceptó la invitación a cenar, dice que está de acuerdo. Paco Ridruejo y Pepita Jiménez, sinceramente emocionados con las perspectivas, también lo están. Malagón toma la palabra: —Mi querido esporman, recuerda que soy un apátrida. Este país me ha dado asilo, y no quiero violar sus leyes. —Sus consejos, Doctor —dice Cussirat, pueden ser de un valor inestimable. —Si aconsejas vamos —dice Malagón—, me quedo. La tensión disminuye. Todos ríen, bonachones. Paco Ridruejo pregunta: —Muy bien, estamos de acuerdo, ¿pero qué hay que hacer? —Ángela tiene un plan —dice Cussirat. Ángela explica: el trece de julio, en su casa, fiesta para Belaunzarán y muerte del mismo. Todos están invitados. —¿El trece de julio? —pregunta Anzures—. Queda poco tiempo. —¡Pamplinas! —dice Malagón—. Si hay tiempo para preparar un baile, lo hay para preparar un asesinato. —No diga esa palabra, Doctor —dice Ángela—, éste será magnicidio. Ángela mira a Cussirat, y éste a ella, con aprobación. Barrientos, por su parte piensa: “¡Mierda! ¡Lo que iba a ser nuestro triunfo va a ser el precipicio!” Ángela, en su papel, llena de autoridad, continúa: —Una cosa debo advertirles: no quiero sangre. —De acuerdo —dice Malagón—, yo pongo la belladona. —¿En qué se la damos? —pregunta Paco Ridruejo. —En coñac —dice Barrientos—, es un gran bebedor. —Desgraciadamente —dice Cussirat—, no es el único. Cualquier descuido podría producir una hecatombe. —Eso nunca. Ni por un momento debe estar en peligro la vida de mis invitados —pide Ángela. —Bien —dice Malagón—, pensemos otra cosa. —Yo tengo una idea —dice Pepita Jiménez, entre rubores. Todos la miran con interés, menos Cussirat, que está inquieto. —Está tomada de una novela de Mauricio Balzán —dice Pepita, con cierta pedantería, citando a Mauricio Balzán como autoridad—, ella está provista de una jeringa llena de una sustancia venenosísima, y se la inyecta al villano. —¡Por supuesto! —dice Malagón—. ¡Ésa es la solución! —¿Conoce usted una sustancia que tenga esas propiedades, Doctor?— pregunta Barrientos, interesado. —¿Una? ¡Docenas! —exclama el aludido, y explica—: El extracto de filidora álgida, el sublimado de ácido trémico, una solución al diez por ciento de arándula vertiginosa, y la más fácil de conseguir: el curare. Los guampas lo usan todavía para cazar jabalíes. —Un momento —dice Cussirat—. Existen las sustancias, de acuerdo, pero la aplicación es difícil. No vamos a pedirle a Belaunzarán que se deje vacunar. —Pero es un baile, amigo Cussirat —advierte Anzures, en su prisa por echarles el muerto a las damas—, Belaunzarán tiene que bailar, y un alfilerazo. . . —¡Cualquiera lo perdona! —termina Malagón. —Pero se necesita valor y unos nervios de hierro para bailar con una persona y, sonriendo, darle un puntazo con algo que sabe uno que es mortal —dice Cussirat. —Yo estoy de acuerdo —dice Barrientos—, es difícil. La reunión pasa por un momento indeciso. Pepita Jiménez toma la palabra: —Yo estoy dispuesta a hacerlo. Anzures respira aliviado; Cussirat, exasperado, se calla; Paco Ridruejo mira a Pepita con curiosidad por primera vez en su vida. Malagón exclama: —¡Bendita sea la madre que te parió, Pepita! ¡Tú eres de las mías! Ángela le dice a Cussirat: —¿Ves? No estuvo mal que viniera. Cussirat no ceja: —¿Y qué pasa si a Belaunzarán no le da la gana de bailar con Pepita? Perdemos la oportunidad. Malagón sale a defender a la poetisa: —¡Vamos, hombre, que la mujer es guapa! ¿Qué te crees? ¡Lo que te ha hecho a ti, puede hacérselo a cualquiera! ¡Con una caída de ojos, esta niña arrastra no a un Mariscal, sino a un ejército! Pepita mira a Cussirat, con parpadeo espectacular. Él se da por vencido. Pregunta a Malagón: —¿Y esta sustancia de que habla, se puede conseguir? —De eso me encargo yo —dice Malagón. Cussirat mira a su alrededor. —¿Están todos de acuerdo? Nadie dice no. Cussirat, mirando el mantel, y moviéndose incómodo, dice: —Bien. Haremos lo dicho, los detalles los arreglaremos después. Ángela extiende el brazo y toca la mano de Pepita, que está sentada frente a ella, en un gesto de felicitación. —Creo que se impone un brindis —dice Barrientos. Con esto, la reunión se anima, todos hablan a un tiempo, menos Pepita, que está mirando a Cussirat, que la rehuye. XIX. ¿FRENTE A LA MUERTE? Volando a gran altura, en el aire limpio de la mañana, el avión de Cussirat zumba y parece colgado sobre la Bahía de Alcanfores. En la cabina delantera, entre el ventarrón, Tintín Berriozábal saca la cabeza para ver el mar azul, los bancos cristalinos, la rompiente espumosa, la arena dorada de la playa y el cocal negruzco. Sin prisas, el avión deja atrás el mar, y pasa, en la primera estribación de la montaña, sobre unos tabacaleros que lo miran pasmados; en la otra vertiente pierde altura, toma rumbo a la Ventosa, y vuela en círculo sobre ella, descendiendo constantemente pasa, rugiendo, a pocos metros de las sombrillas de Ángela y Pepita Jiménez, y aterriza, brincando, ante las miradas broncas de las damas. Tintín se baja tambaleando y vomita en tierra, ayudado por su madre, que le detiene la frente con la mano, extendiendo el brazo para no mancharse. Cussirat, quitándose las gafas, se reúne con Pepita. —¿Tuvieron mal tiempo? —pregunta la poetisa. —¿Cómo vamos a tener mal tiempo? ¿No estás viendo que el día está más tranquilo que nada? La poetisa se cohibe y se disculpa: —Yo creí que arriba era distinto. Que había tormentas de las que uno no se daba cuenta desde aquí. —Creíste mal. Es exactamente la misma cosa. Ella le busca los ojos. —Pepe, ¿qué tienes contra mí? Cussirat, que ha estado mirando al Blériot, comprende que su brusquedad ha ido demasiado lejos, y se suaviza. —¿Contra ti? Nada. ¿Qué voy a tener contra ti? Al contrario —le hace un cariño en la mejilla. Pero ella no se deja convencer. —¿Por qué, entonces, no me has hablado de matrimonio? Si quieres retirar tus promesas, yo te dejo en libertad de hacerlo. La barrera que separaba a Cussirat de la exasperación, se rompe, y dice: —¿Cómo te voy a hablar de matrimonio, si mañana vas a intentar asesinar a un hombre? No es el momento de hablar del futuro. Estamos frente a la muerte. Ella lo mira, con ojos redondos, comprendiendo que éste es el final del noviazgo. El, lleno de insatisfacción, arrepintiéndose de lo que ha dicho, y no atreviéndose a confesarlo, se aleja de ella, se acerca a Garatuza, que está junto al avión, y le da instrucciones. Ángela, después de limpiar con su pañuelo los labios de su hijo, le pone un brazo sobre los hombros y lo conduce al Dussemberg. En el camino se detiene asombrada, al ver la cara de tragedia que tiene la poetisa. —¿Qué tienes? —le pregunta. Pepita Jiménez mueve la cabeza, sin contestar. Ángela la mira, llena de aprensión. La jeringa parece un fistol: una hipodérmica fina, rematada en una perla calabacilla, rosada, enorme y falsa, en cuyo interior está la ampolleta del veneno. —Tú encajas, y aprietas —explica Malagón a Pepita, mostrando el fistol con orgullo de artífice—. Con un segundo basta. El veneno actúa rápidamente. Antes de que se dé cuenta de que lo pinchaste, ya va a estar en el piso. Yo diré que fue un ataque. Después vendrán las averiguaciones. Le entrega la ampolleta con ceremonia. Están en el boudoir de Ángela, todos elegantes de echar tiros: Ángela de negro y largo con aigrets en la cabeza, Pepita, con vestido prestado, Cussirat con un smoking bien cortado, y Malagón, reventando las costuras y oliendo a naftalina. —Buena suerte —dice Malagón. Ángela le quita el fistol a Pepita y, con mano nerviosa, lo prende en el escote de la poetisa. —Aquí lo tendrás a mano —le dice. —¿Tendrás valor para clavárselo? —pregunta Cussirat, preocupado. Ángela sale en defensa de Pepita: —¡Qué preguntas haces, Pepe! ¡Por supuesto que tendrá valor! Pepita está desencajada, con ojeras reales debajo de las pintadas; entre la palidez y los polvos de arroz, su cara está blanca como una pared, con una herida en medio, que es la boca, y que se mueve. —Todavía es tiempo de arrepentirse y de preparar otra cosa —dice Cussirat, cuya desconfianza no disminuye con la apariencia de la juramentada. Pepita, de pronto, cobra vida, como un títere. Mueve la nalga, el pescuezo y los brazos, y con voz estridente, dice: —¡Quiero bailar, quiero bailar! ¡Quiero bailar un tango con Manuel Belaunzarán, que éste es él día más feliz de mi vida! Malagón se pone alegre, da un paso de jota aragonesa, y exclama: —¡Así se habla, guapa! Ángela, refundiendo sus preocupaciones en lo más hondo del alma dice: —Claro que vas a bailar, y vas a salvar a tu Patria, pero antes tómate un calmante. A Cussirat se le va el alma al suelo. Ángela abre un armario, saca de allí un frasco, y del frasco un gotero, y pone tres gotas de calmante en un vaso de agua. Están viendo cómo la poetisa bebe la solución, cuando don Carlitos, de frac, despampanante, entra en escena, frotándose las manos, y diciendo, en broma: —¿Qué traman ustedes? ¿Qué conjuración es ésta? Ante el espejo, en su casa de la Chacota, ayudado por su mujer bigotona, y por Sebastián, el negro, Belaunzarán se pone el chaleco a prueba de balas, la camisa, la pechera, el cuello de palomita, la corbata negra, los pantalones, y al ponerse el chaleco del smoking, y tratar de abrochárselo, se da cuenta de que no cierra: — ¡Mierda, no cierra! —exclama, frustrado. Doña Gregorita, que se ha alejado unos pasos y lo contempla como a una estatua, aconseja: —Ponte el uniforme. Belaunzarán se impacienta. —¿Cómo demonios quieres que vaya a esta fiesta vestido de militar? ¿No te das cuenta del significado que tiene este smoking? Yo, en casa de los moderados, vestido de moderado. Quiere decir, que de ahora en adelante, no sólo soy jefe de los progresistas, sino también de los moderados. Se acabaron los partidos, soy el rey de la isla. Bien vale un riesgo. Así que, ¡fuera coraza! Sebastián y la mujer, dóciles, lo ayudan a quitarse los. pantalones, la corbata, el cuello de palomita, la pechera, la camisa, y el chaleco a prueba de balas. XX. BAILEN TODOS En el vestíbulo de la casa de los Berriozábal, Ángela y don Carlitos saludan a los González del Rolls, que acaban de llegar. Después de besos en las mejillas y apretones de manos, don Bartolomé, exhalando Vetiver, y doña Crescenciana, sobre cuyo pecho las perlas y las berrugas sientan como en escaparate, se toman del brazo. —Nos vemos al ratito —le dice doña Crescenciana a Ángela, despidiéndose de ella con movimiento de dedos. —Con esta fiesta tan morrocotuda —le dice don Bartolomé a don Carlitos—, vas a ganarte una exención de impuestos. Don Carlitos, halagado, le guiña el ojo al otro, y le recuerda: —La tarjeta, no se te olvide. Los González, gordos y satisfechos, emprenden la marcha hacia el Salón principal, con su tarjeta de visita por delante, tomados del brazo y dándose un nalgazo a cada tres pasos. El chofer de los Berriozábal, disfrazado de ujier, con librea recién comprada y cadenas, está en las puerta del Salón. Toma la tarjeta de manos de don Bartolomé, se vuelve al interior del Salón, y pega un grito: —¡El excelentísimo señor don Bartolomé González y Arcocha, y su excelentísima esposa, doña Crescenciana Céspedes! La fiesta está en sus comienzos y el Salón medio vacío. Desde el umbral, los González saludan a sus amigos como si tuvieran meses de no verlos, acabaran de llegar de Europa y estuvieran todavía en la cubierta del trasatlántico. Después, se separan, y él, que tiene trapiches, va a reunirse con don Baldomero Regalado, mayorista en ultramarinos, don Ignacio Redondo, dueño de almacenes, don Chéforo Esponda, dueño del Botín Rojo, y don Arístides Regules, que trafica en banano y copra. Ella, en cambio, se va a las sillas de alrededor, y se sienta entre doña Segunda Redondo, que bosteza, y doña Chonita Regalado, quien desde su lugar les echa un ojo agrio a sus hijitas, las que, del otro lado del círculo y vestidas de tules, se ríen de algo que acaba de decirles Tintín Berriozábal, a quien por primera vez se le ha permitido bajar a una fiesta. El maestro Quiroz, con cara de muerto fresco, mueve los brazos con parsimonia, al compás del Vals Triste, hasta que la orquesta está “a punto”, y luego, tomando la viola, empieza a tocar su parte. Pereira, con un smoking viejo de don Carlitos y zapatos descosidos, absorto en la música, no tiene ojos para ver a los invitados, que se van juntando, y hace que su violín se queje con precisión. Cussirat, ausente, en medio de un grupo de amigos que lo festejan, mira con aprehensión a Pepita Jiménez, que está sentada, con desgano, en una silla, oyendo la cháchara de la Parmesano. Barrientos y Anzures, con oporto en la mano, se abren paso entre los calaveras y, con gran misterio y en voz baja, le preguntan: —¿Tienes alguna orden que darnos? Cussirat, tratando de mostrar confianza, les pide: —Estar alerta, y esperar. Malagón, mientras tanto, que se ha metido en el comedor sin ser visto, pasea la mirada entre las langostas, los robalos, las galantinas y los jamones mechados, y se come un bocadillo de paté, que se le atraganta, al retumbar por la casa el grito del ujier: — ¡El excelentísimo Señor Presidente de la República, Mariscal de campo, don Manuel Belaunzarán y Rojas! La orquesta toca el Himno Arepano. Con la boca llena, y limpiándose los labios con el dedo, Malagón, de puntas, va a la puerta, la entreabre, y ve a Belaunzarán, Cardona, Borunda y Mesa, a quienes sientan mal los trajes de etiqueta, entrando en el Salón, al lado de los anfitriones. Ángela, con gran desparpajo, como si se hubiera pasado la vida en la corte, va caminando por el Salón, conduciendo a Belaunzarán, y presentándolo con la crema y nata de sus invitados, quienes, después de un momento de desconcierto, causado por la total ignorancia del protocolo, acaban haciendo cola para estrechar, entre sonrisas y cortesías, la mano del personaje a quien detestan. Pereira, desde su atril, mira la operación con gran respeto. Cussirat sale a la terraza, y sacando una pistola minúscula expulsa la carga y vuelve a cargarla. Se sobresalta al ver que se abre la puerta y salen de la casa dos figuras, que tarda un momento en identificar como las de don Ignacio Redondo y don Bartolomé González. —Dicen que tiene un sentido del humor formidable —comenta don Ignacio. Don Bartolomé distingue a Cussirat. —¡Alto allí! ¿Quién vive? —Gente de paz —contesta Cussirat, guardándose la pistola. —¡Pepe Cussirat! ¿Y qué haces tú aquí? ¿Ya te presentaron a Belaunzarán? —Ya lo conozco —dice Cussirat. Don Ignacio y don Bartolomé se acercan a él sedantes y conciliadores, creyendo, ambos, con razón, haber descubierto un dejo de rencor en sus palabras. — ¡Vamos, hombre, éste es el momento de olvidar rencillas! —dice don Bartolomé. —Por el bien de la Patria —dice Redondo, que es extranjero. —Anda, muchacho, ve a saludarlo, que tu familia es de las más antiguas, y le darás un gustazo enorme —dice González. —No tan antigua como la de él —dice Cussirat, y haciendo alarde de darwinismo, agrega—: esos andaban aquí desde que eran monos. Los viejos ríen incómodos. Redondo compone la cosa: —No digas eso, que Belaunzarán es nombre vizcaíno. Cussirat, por huir del par de mequetrefes, se deja conducir a la puerta, cruza el Salón de música, desierto y en penumbra, y llega al Salón principal en el momento en que la orquesta empieza a tocar un vals, y Belaunzarán, con galantería aprendida en burdel, se acerca a la dueña de la casa haciendo una reverencia, le ofrece el brazo, y ante las miradas vidriosas de los invitados, la conduce al centro del Salón, en donde echándole un brazo por el talle, empieza a dar brinquitos. Ella, que es una bailadora admirable, lo sigue a la perfección. Los jóvenes bailan, los viejos se van a la mesa de los vinos, las viejas, a las sillas, y Pepita Jiménez, que no es ninguna de las tres cosas, se apoya primero en el quicio de una puerta, y después, se deja caer en una silla forrada de brocado. Cussirat se desespera. Cruza el Salón hacia la mesa de los vinos y allí encuentra a Anzures, más sonrosado que nunca, sonriendo bajo el bigote impecable, encantado con la fiesta. —La cosa va saliendo bien —comenta. —Mejor saldría si el Gordo bailara con quien debe —contesta Cussirat—. Mozo, un oporto. Al ver la insatisfacción del jefe, Anzures pone cara de cuaresma. Cussirat se vuelve a mirar el baile. Ángela, dando vueltas en brazos de Belaunzarán, lo mira, con intermitencias. Él, le hace un gesto, con la mirada y un dedo, que señala a Pepita Jiménez y significa, “metérsela por los ojos”. Ella asiente. Don Carlitos se acerca a Cussirat. —¿Qué te parece, Pepe? Tú, que has visto, y sabes. ¿No es una gran fiesta? —Una de las mejores y, desde luego, la mejor que se ha dado en Arepa —contesta Cussirat, dejando a un lado, por un momento, su mal humor. —¿Te parece? ¿De veras crees eso? —pregunta don Carlitos encantado. —Se lo juro. Don Carlitos, tranquilizado en lo social, recuerda viejas mañas de alcahuete: —¿Y tú, sinvergüenza, qué haces aquí? Emborrachándote, y ese primor de muchacha, ese ángel, allí sentado —señala a Pepita—. Vente, badulaque, ahora mismo te pongo donde te mereces. O, mejor dicho, donde no te mereces: en el mero cielo. Le quita la copa y, a empujones, lo lleva hasta donde está Pepita Jiménez; haciendo las cosas de tal modo, que Cussirat no tiene más remedio que invitarla a bailar. En el momento en que se toman y dan un paso, se acaba la pieza. Pepita lo mira, arrobada. Cussirat, aprovechando la ocasión, la lleva hasta donde están Ángela y Belaunzarán. —Mariscal —dice Cussirat—, no había tenido el gusto de saludarlo. Ambos se estrechan la mano, tiesos, pero amables: —¿Cómo está, Ingeniero? —Quiero presentarle a la señorita Jiménez, mi novia. Es gran admiradora de usted. Belaunzarán, galante, besa la mano de Pepita. Ángela remata: —Es una poetisa admirable. Pepita, casi desmayándose de cortedad, sonríe. Belaunzarán la mira, sin saber qué se les dice a las poetisas. Ángela, comprendiendo la situación, le pregunta: —¿A usted no le interesa la poesía, Mariscal? Belaunzarán, franco, contesta: —Rara vez tengo tiempo de leerla. Pero me han dicho que es muy interesante. Ángela, indicando a Pepita con la mano, dice: —Pues aquí tiene usted a nuestra gran autoridad. Ella puede hablar sobre poesía durante horas. La orquesta empieza a tocar un fox trot. Belaunzarán se inclina ante Pepita, y dice: —Tendré mucho gusto en platicar con usted, en otra ocasión —se dirige después a Cussirat—. Ha sido un placer, Ingeniero —y, por último, a Ángela—. Señora, si me concede usted el honor. . . Y, tomándola en sus brazos, se aleja, bailando fox trot. Cussirat, haciendo de tripas corazón, toma a Pepita, y baila con ella. Pepita, que es de las que “sienten la música”, mueve los pies con ritmo único, que nada tiene que ver con el de su compañero, mira a Cussirat, encantada, y le dice: —Dijiste que era tu novia. ¡Gracias! Cussirat deja de bailar, suelta a su compañera, le pone enfrente la palma extendida, y le dice: —Dame el alfiler. Pepita, comprendiendo que lo ha exasperado, saca de su escote el alfiler, y se lo entrega con compunción trágica. Cussirat se lo guarda en la bolsa, toma a Pepita otra vez, y baila con ella, conduciéndola, discretamente, a la orilla de la pista. Pepita, mustia, le dice: —¿Ya te enojaste conmigo? ¿Qué vas a hacer con el alfiler? —Dárselo a Ángela. Si Belaunzarán quiere bailar con ella toda la noche, será ella quien tenga que hacer el trabajo. Han llegado al final de la pista. Cussirat lleva a Pepita a la silla más próxima, le hace seña de que se siente, y cuando ella obedece, él se aleja sin cumplimientos, dejándola, abandonada, entre sillas vacías. Cussirat se acerca al chofer ujier que, desocupado, mira el baile desde la puerta, con orgullo de artista, como si sólo los gritos que ha dado hubieran hecho posible la fiesta. —Cuando termine la pieza —le ordena—, dígale a la señora que hay un recado urgente para ella, aquí, en la puerta. —Muy bien, señor —dice el chofer. El chofer empieza a rodear la pista, preparándose para estar cerca de Ángela cuando termine la música. Cussirat, desde la puerta, ve cómo, al terminar la pieza, el chofer se abre paso entre las parejas para llegar al lugar en donde están Ángela y Belaunzarán, quienes, a su vez, se desplazan hacia donde está sentada Pepita Jiménez. Después, ve, con angustia, que los tres hablan, que el chofer llega y le dice algo a Ángela, quien se disculpa de los otros, se separa de ellos, viene hacia la puerta y que, cuando la orquesta empiézala tocar un bolero, Belaunzarán baila con Pepita. Ángela llega junto a Cussirat, encantada. —¡Lo logramos! —le dice. Cussirat está furioso consigo mismo. —¡Soy un imbécil! ¡Acabo de quitarle a Pepita el alfiler, para dártelo a ti! Ángela lo mira con horror, y dice la frase más fuerte de su vida: —¡Maldita sea! —después, se repone, y agrega—: Bueno. Todo se puede arreglar. Dámelo. Yo se lo pasaré en el siguiente entreacto. Cussirat le entrega el alfiler a Ángela, y ella emprende el camino en dirección a Pepita, esquivando, con maestría notable, a la gente que se le acerca para felicitarla, para pedirle una pieza, etc. Cuando termina el bolero, Ángela llega junto a Pepita, que está con Belaunzarán y, pretendiendo hacerle una caricia a ella, le pasa un brazo por los hombros, y con la otra mano, toma la de Pepita, y le da el alfiler, al tiempo que pregunta a Belaunzarán: —¿Qué le parece nuestra poetisa? Belaunzarán se inclina, retorciéndose los bigotes. —Encantadora. Usted no lo creerá, señora, pero me ha ilustrado. Mientras Ángela habla, Belaunzarán, rapidísimo, mueve los ojos a su alrededor, encuentra a Cardona, que está en la orilla de la pista, montando guardia, atento a cualquier necesidad de su patrón, y le hace seña de que se acerque. Ángela, mientras tanto, ha estado diciendo: —Debemos invitarlo un día a una de nuestras veladas literarias de los miércoles. Estoy segura de que le interesarán, Mariscal. ¿No crees, Pepita? Pepita, poniendo el fistol en su escote, dice: —Cuando menos, haremos lo posible por interesarlo. En ese momento, la orquesta da el primer acorde de un tango. Ángela dice: —Los dejo. Pero antes de que se pueda retirar, llega Cardona, y con caravana tiesa y voz agria, le dice a Pepita: —¿Me concede usted esta pieza? Pepita se desconcierta, y responde: —Estoy bailando con el Mariscal; Belaunzarán, escurriendo galantería, le dice a Pepita: —Me acusan de déspota, pero no de egoísta. No sería justo privar al pobre Cardona del placer de bailar con usted —y luego, dirigiéndose a Ángela, le dice—: Señora, ¿me hace usted el favor de consolarme? —y le ofrece el brazo. Ángela, desolada, acepta, y cae en brazos de Belaunzarán, que la empuja por la pista, con pericia, al compás de un tango. Pepita y Cardona bailan también, sin ganas, sin ritmo, mirándose a las caras con sonrisas heladas. Cussirat, con los labios tensos, lívido, se pone una mano en la frente. Desde el otro lado de la pista, Barrientos, suspira aliviado, al ver que el peligro ha pasado. Paco Ridruejo y Anzures, sigilosos y optimistas, se acercan a Cussirat. — ¡Todo salió a pedir de boca! —dice Paco Ridruejo. —¡No chistó! —dice Anzures, y agrega, dirigiéndose a Malagón, que se acerca, con la cara llena de extrañeza—: ¡Bien decía usted que un alfilerazo cualquiera lo perdona! —Yo creí que el efecto era más rápido —dice Malagón—. ¿Me habré equivocado de sustancia? Cussirat, impaciente, les da la noticia: —No ha pasado nada todavía. Los tres hombres lo miran, asombrados: —¿Pero no bailó con él? —pregunta Ridruejo. —Claro que sí —dice Anzures—, yo los vi. —De nada sirvió —dice Cussirat—. No tenía el alfiler. —¿Cómo que no lo tenía? —dice Malagón—. Si yo se lo di. —Pero yo se lo quité —dice Cussirat. —¡Mierda! —dice Malagón. —¿Dónde está el alfiler, entonces? —pregunta Ridruejo. —Lo tiene Pepita. —¿No que no lo tenía? —pregunta Anzures, exasperado. —Se lo mandé con Ángela —explica Cussirat sintiéndose imbécil. — ¡Mierda! —vuelve a decir Malagón. —Estamos como el que vendió la vaca —dice Anzures, acudiendo, en su furia, a un símil campirano. —¿Qué pasó? —pregunta Barrientos, que llega en esos momentos junto al grupo. Paco Ridruejo procura explicarle, con paciencia, pero sin éxito. Cussirat, con la mirada perdida entre las parejas que bailan, reflexiona. Los otros cuatro se miran unos a otros, desencantados, desconcertados y alarmados, ante la perspectiva de tener que intervenir directamente en el asesinato. —¿Qué hacemos ahora? —pregunta Paco Ridruejo. —Pues quitarle el alfiler a Pepita y dárselo a Ángela —dice Anzures, lleno de autoridad impaciente—, porque el Gordo no vuelve a bailar con la flaca. Los otros miran con incomodidad a Cussirat, creyendo que va a ofenderse porque le dijeron flaca a su novia. Pero no se enoja, dice: —Todo el plan está mal concebido. Nos dejamos influir por lo que una tonta leyó en una novela. ¿Por qué tiene que ser bailando? Entre pieza y pieza puede uno acercarse a Belaunzarán, darle un alfilerazo y salir corriendo. Los otros cuatro lo miran, aterrados. —Yo, desde luego, eso no lo hago, porque soy un apátrida —dice Malagón. —Ni yo, porque estoy malo del pie —dice Barrientos. —Ni yo —dice Anzures, mirando a Cussirat con reproche—, porque ya ha habido muchas torpezas. El que las cometió debe responsabilizarse. Paco Ridruejo no dice nada. Cussirat, molesto con Anzures, le dice: —No se asuste, don Gustavo, que nadie le está pidiendo a usted que lo haga. Lo haré yo. Dicho esto, dejando a los otros sumergidos en un cuchicheo acalorado, sosteniendo copas inútiles, Cussirat empieza a caminar hacia el lugar en donde Cardona, con una cortesía helada, deja a Pepita en una silla. Ella lo mira acercarse, compungida. —Dame el alfiler —dice Cussirat, por segunda vez. Pepita se pone las manos sobre el pecho, protegiendo el escote, y suplica con voz heroica: —No, Pepe. Esta es mi misión, déjame cumplirla. Al verla tan decidida, y comprendiendo que no puede forcejear con ella en medio Salón, Cussirat cambia de plan. —No esperes que te saque a bailar, acércate y pínchalo. Pepita se pone de pie, con las manos todavía sobre el pecho y, después de echarle a Cussirat una mirada de entrega total, empieza a caminar entre las parejas que llenan la pista, como borrego que va al matadero. No ha caminado tres metros, cuando la orquesta empieza a tocar un vals. Pepita se queda parada, entre las parejas turbulentas, como se quedaría alguien que fuera cruzando un río, brincando de piedra en piedra, y a medio camino lo sorprendiera una avenida. Cussirat la rescata, viniendo hasta ella, tomándola del talle, y haciéndola dar vueltas. Cussirat, con la mirada fija en la espalda paquidérmica de Belaunzarán, conduce a Pepita, con maestría innegable, y en giros vertiginosos, hacia un punto en donde las trayectorias de los dos planetas, Belaunzarán y Ángela, y Cussirat y Pepita, deben converger. Cuando la colisión está a punto de ocurrir, le ordena a Pepita: —¡Ahora, entiérraselo! Se da cuenta, con horror, de que Pepita ha estado bailando en brazos de su amado, no moviéndose, en círculos, hacia su destino, o hacia el cumplimiento de su misión. Cuando Pepita se da cuenta de que Belaunzarán está cerca, es porque ya está lejos, encantado, dando vueltas, baile y baile con la anfitriona. Cussirat, lívido de rabia, mirándola a los ojos, dice: —¡Imbécil! Pepita gime, llora, se desprende, con repulsión magnífica, de su compañero, y desconcertando parejas, haciéndolas chocar unas con otras a empujones, se abre paso, y sale corriendo de la pista. Cussirat la sigue, furioso, pero la pierde. La ve desaparecer en el Salón de música. Va tras ella, esquiva los rostros, llenos de cordialidad grotesca, de doña Chonita Regalado y de doña Crescenciana González, que quieren hablar con él, entra en el Salón de música, y sale a la terraza que está desierta. Mira a su alrededor. El jardín está tenuemente iluminado por unos farolitos de papel, que Ángela, en un momento chinesco, decidió colgar de los árboles. Ve algo que se mueve. Entra en la selva artificial gritando: “¡Pepita!”, y se sobresalta cuando la floresta cobra vida, al ponerse en fuga, como animales espantados, varias parejas que estaban haciendo el amor. Cussirat se pierde en los confines lóbregos del jardín, gritando: “¡Pepita!”. XXI. FIN DE FIESTA Pereira, haciendo uso de sus derechos de empleado, sentado en una silla de pera y manzana, con el violín descansando al lado, recibe el platazo que le ofrece un criado, que no sabe si tratarlo como al invitado de otras veces, o al músico contratado de esta noche. Se dispone, tranquilo, a engullir langosta, chupar champaña, y observar, desde su lugar en el estrado de la orquesta, a la concurrencia, la que, como rebaño que se acerca al abrevadero, con parsimonia, pero fatalmente, va siendo tragada por la puerta del comedor, tras de la cual se oye el ruido que hacen los platos al chocar con los cubiertos, sumergido en el rumor de mil conversaciones no muy brillantes, pero que a veces tienen la virtud de desternillar a alguno de los invitados. Por la misma puerta emergen, con platos bien servidos, grupos de personas que comprenden que en el comedor hay demasiada aglomeración, que buscan refugio en el espacioso y semidesierto Salón, y toman asiento en las sillas que poco antes estaban reservadas a las viejas y las quedadas. Cussirat, agitado pero impecable, entra por la puerta del Salón en donde está el teléfono, y va cruzando hacia la del comedor, cuando, al ver a Pereira, cambia de dirección y va hacia él. Al ver venir a quien tanto admira, Pereira se atraganta. —¿Ha visto usted a la señorita Jiménez? —pregunta Cussirat, sin hacer caso de la tos de su interrogado. La ha buscado atrás de cada mata del jardín, en el suelo del Salón de música, entre la multitud que hay en el comedor, en los cuartos de baño, ha entrado en la cocina a interrogar a la servidumbre, ha llamado a su casa, por teléfono, preguntando si ha regresado, ha preguntado a los invitados, todo sin efecto. —La vi subir por la escalera —dice Pereira—, pero fue hace mucho rato. Cussirat, olvidando dar las gracias a Pereira por su información, está a punto de subir por la escalera, cuando Ángela, desde la puerta del comedor, lo llama. Se reúne con ella, cruzándose en el camino con don Chéforo Esponda y don Arístides Régulez, que salen del comedor, con sendos platazos, después de haber hablado con Belaunzarán, y comentando: —¡Es un tipo formidable! —Tiene una inteligencia tremenda. Ángela le dice a Cussirat: —Hemos perdido una oportunidad magnífica. Alrededor de la mesa había tanta gente que nadie se hubiera dado cuenta de quién lo había pinchado. ¿Dónde está Pepita? —Hace media hora que la busco y no puedo encontrarla. Ángela, preocupada, se pasa la mano por la cara. En ese momento, con un ojo en. el plato, y el otro en las nalgas de dos muchachitas que van pasando, sale del comedor Belaunzarán, entre Barrientos, don Bartolomé González, y don Carlitos, vueltos todos sonrisas y dengues, como corresponde a aliados nuevos. —… creo que sería de beneficio para la Nación —va diciendo González, que nunca, antes, había pensado en la Nación. —¡Hipócritas! —comenta Ángela, en voz baja. Belaunzarán, al ver a Ángela, inclina la cabeza, sonríe y dice: —Todo está delicioso, señora. Ángela, hipócrita, también inclina la cabeza, y dice: —Me alegro que le guste la cena, señor Mariscal. —Una botella de Blanc de Blancs para el señor Mariscal —ordena don Carlitos al Maítre d'hótel, que está en el otro extremo del Salón. Los cuatro hombres se alejan, hablando de componendas. —Si Pepita no aparece, tendré que matarlo a balazos —dice Cussirat, mirando la espalda fornida de Belaunzarán, que se ha detenido para hablar con don Ignacio Redondo. —Pepe, te dije que sangre no quería. Además, te pondrás en un aprieto —dice Ángela. —Si no lo acabamos hoy, no lo volveremos a ver en meses. Doña Chonita Regalado y Conchita Parmesano salen del comedor. —¿Han visto ustedes a mi hija Secundina? —pregunta doña Chonita. —No. ¿Han visto ustedes a Pepita? —pregunta Cussirat. —No —contesta doña Chonita. —Tintín tampoco aparece por ningún lado —dice la Parmesano a Ángela, con aire de inteligencia. Ángela se preocupa. — ¡Quién sabe qué estará tramando ese sinvergüenza! —dice, y se va a buscarlo en el jardín. Doña Chonita y la Parmesano suben por la escalera. Cussirat, en el Salón, mira a Belaunzarán, que en ese momento está probando el champaña, mete la mano en el pecho, y después en la bolsa del smoking, cambiando la pistola de lugar. Con mano en la bolsa, gesto decidido, y paso de autómata, se va acercando a la espalda de su víctima, que ríe de un chiste que le ha contado don Bartolomé. No llega a su destino. Conchita Parmesano, demudada, baja la escalera, va hasta Cussirat y lo detiene, con una mano en el brazo, y estas palabras: —Pepita se ha suicidado. Cussirat se le queda mirando, estúpidamente. —Sube, está en la recámara de Ángela —dice Conchita y entra en el comedor, buscando a Malagón. Cussirat echa una última mirada a la espalda de Belaunzarán, da media vuelta y sube por la escalera. En el hall del primer piso se encuentra a “doña Chonita abofeteando las orejas de la más tonta de sus hijas, y haciendo preguntas inútiles: —¿Qué hacías tú aquí arriba, y qué hacían tus calzones en manos de ese mocoso? Cuando ve a Cussirat se calla la boca, y desaparece empujando a su hija, en la alcoba de don Carlitos. La alcoba de Ángela está en penumbra, iluminada sólo por una veladora. Tintín, con los calzones de Secundina todavía en la mano, mira fascinado el cuerpo despatarrado de Pepita Jiménez, que yace sobre la cama augusta de la dueña de la casa. En los lugares que tenían al principio de la fiesta, en el vestíbulo de la casa, Ángela, ocultando su preocupación, y don Carlitos, ignorante de que en el primer piso de su casa hay una poetisa muerta, se despiden de Belaunzarán y sus acompañantes. Belaunzarán besa la mano de Ángela, y le dice: —Fue una noche muy agradable; por muchas razones, pero usted, doña Ángela, fue la principal de ellas. Ángela sonríe. Por un momento, la vanidad de anfitriona ahoga en ella la humanidad y el celo patriótico, y olvida, no sólo que arriba hay una muerta, sino que la recepción fue, desde un principio, planeada para quitarle la vida a quien, ileso, está frente a ella, dándole las gracias. XXII. ENTREACTO Pepita Jiménez fue enterrada en sagrado, gracias a las mentiras que dijeron todos y al certificado de defunción que extendió Malagón, en el que constaba que la poetisa había muerto a consecuencia de un paro cardíaco. —Hace mucho que estaba enferma —anduvo contando por todas partes. El entierro fue solemne y concurrido. Asistió lo mejor de Arepa. Ante la tumba abierta, el Padre Inastrillas dijo primores de la difunta. —Este discurso estuvo mucho más sentido que el que echó Malagón en la velada de don Casimiro —comentó Conchita Parmesano a doña Crescenciana González. En realidad, ambos discursos decían casi lo mismo, sólo que el Padre Inastrillas le agregó al suyo unos latinajos sacados del oficio de Difuntos, y él se veía más imponente, con sotana y sobrepelliz lleno de encajes, que Malagón con su ropa vieja. Pepe Cussirat, de luto riguroso, con la mirada baja y una mano en la frente, hizo el papel de novio inconsolable. Las señoritas de Arepa, mirándolo, con ganas de echarle el guante ahora que estaba libre, cuchichearon: —¡Ay, se ve tan guapo de negro! Las casadas comentaron: —Se ve que la sintió muchísimo. Conchita Parmesano pensó para sus adentros: —¡Si supieran éstas que la mató con su indiferencia! En realidad, no tardaron en saberlo, porque una vez enterrada la muerta, la Parmesano no pudo resistir la tentación y empezó a ponerle peros a la versión del paro cardíaco. —Yo fui quien la encontró muerta y estaba muy rara —decía. Con el tiempo, Pepita estaba destinada a pasar a la mitología social de Arepa como la primera suicida. —No escribas versos —advierten las madres a sus hijas versificadoras—, ya ves lo que le pasó a Pepita Jiménez. Y cuentan una y otra vez la historia de aquella mujer que pasó treinta y cinco años escribiendo versos, ignorada por los hombres y acabó suicidándose por una decepción amorosa. A consecuencias del incidente entre Tintín y Secundina, ésta, la más tonta de las hermanitas Regalado, fue sometida a un examen médico que practicó el Doctor Malagón, quien, por más que buscó, no encontró adentro de la primera nada que se pareciera a un virgo y, después de dar dictamen a la madre, se lo fue a contar a todo el mundo. —Esta muchacha tiene años de ejercer —decía Malagón, de sobremesa, en el Casino. Doña Chonita habló con Ángela, y le dijo que, puesto que sus hijos habían sido hallados infraganti, justo era que se casaran. Ángela se negó rotundamente. —¿Después de que seduce a mi hijo, todavía quiere casarse con él? —dijo Ángela—. ¡Qué desfachatez! Desde ese momento, las hermanitas Regalado no volvieron a poner pie en casa de Ángela, ni los Berriozábal en la de los Regalado; cuando las señoras se encontraban, no se saludaban; cuando don Carlitos entraba en el Casino, salía Coco Regalado, diciendo: — ¡Ya llegó el vejete violador de mujeres! Por una extraña mecánica cerebral, había llegado a la conclusión de que era don Carlitos (quien nunca se enteró de nada de lo que pasó en el cuarto de su mujer la noche del baile) el que había violado a Secundina, y no ésta a Tintín, como era la realidad. En un principio, parecía que la sociedad portoalegrense iba a dividirse en dos: los que veían a los Berriozábal y los que veían a los Regalado; pero como los Berriozábal tenían más chiste y más dinero que los Regalado, estos últimos acabaron aislándose, sin visitar ni ser visitados por nadie, al grado que Secundina tuvo que casarse, años después, con el vendedor de aceitunas, quien, según el consenso general de la sociedad arepana, era “un patán”. En el campo de la política, ni la muerte de Pepita Jiménez ni el incidente Tintín Secundina empañaron la gloria del baile dado en honor de Belaunzarán en casa de los Berriozábal, ni impidieron el raprochement de los dos partidos, ni entorpecieron el desarrollo de los acontecimientos. El primero de agosto, Belaunzarán nombró, como había prometido, tres nuevos diputados: don Carlitos, don Bartolomé, y Barrientos; el día quince de agosto, puntualmente, el Partido Moderado, en sesión plenaria, nombró al Mariscal Belaunzarán Candidato a la Presidencia de la República; el día veinte, la Cámara aprobó la Ley de Ratificación del Patrimonio, por diez votos contra ninguno, y la Ley de Expropiación pasó del archivo de “proyectos pendientes”, al de “rechazados por improcedentes”; por último, el día primero de septiembre, y a sólo dos meses de las elecciones, don Carlitos pidió en la Cámara la creación de la Presidencia Vitalicia, moción que fue aprobada por unanimidad. Con esto, quedaron cumplidas todas las promesas que Belaunzarán y los moderados se habían hecho mutuamente en la comida que tuvieron en la finca de la Chacota. Después del fracaso del segundo plan y de la muerte de Pepita Jiménez, Cussirat, que no quería recibir más condolencias, se dedicó a los deportes. Unas mañanas se levantaba al alba y se iba con Paco Ridruejo a cazar liebres. Regresaban ya noche, cargados de animales silvestres ensangrentados, y cenaban opíparamente mariscos y animales domésticos, traídos del Hotel de Inglaterra. Otras, se levantaba a buena hora, desayunaba pescado, se iba a la Ventosa en el Citroen prestado, y daba una vuelta en el Blériot; a veces, iba él sólo, a veces, con Paco Ridruejo y a veces, con Garatuza. Ángela, a pesar de las invitaciones de Cussirat, nunca quiso subir en avión. Por las tardes, montaba a caballo, o pescaba, o iba a visitar a Ángela. Por las noches, antes de dormirse, leía alguna novela de las que había encontrado en la antigua, y pequeñísima, biblioteca de su abuelo. Con la muerte de Pepita, la conspiración se desintegró. Al ser elegido diputado, Barrientos le dijo a Ángela: —Lo que planeamos está olvidado. Yo seré como una tumba. Cuando fue aprobada la Ley de Ratificación del Patrimonio, Anzures le dijo a Ridruejo, usando otra de sus imágenes vacunas: —Muerta la vaca, se acabó la contienda, no seré yo el que quiera tumbar el tinglado ahora que está bien. No volvió a poner pie en casa de los Berriozábal, y empezó a asistir al Casino, en donde jugaba tute con González y Redondo. Deciden matar a Belaunzarán, pasar la noche en la finca de la Quebrada, que es de los Berriozábal y no está lejos de la Ventosa, y al amanecer, irse en el avión a la Corunga y pedir asilo político. —No tendremos dificultades, porque allí no pueden ver a Belaunzarán —dice Cussirat. Esa noche, Cussirat preguntó a su mozo si estaba dispuesto a manejar el coche en “una misión peligrosa”, y después irse del país. —Si me lleva con usted, lo haré con todo gusto, señor —dice Garatuza, que no está contento en Arepa. La finca de la Quebrada está cerca de Puerto Alegre, entre barrancas verdes. Más que negocios, es para los Berriozábal reliquia de los orígenes de la fortuna de la familia. Allí fue donde don Tomás Berriozábal, que a principios del XIX dejó la trata de negros, por considerarla incosteable y peligrosa, sentó cabeza, y se dedicó a cultivar café, con tan buenos resultados, que sus descendientes olvidaron la etapa negreril de su historia, y lo han recordado, por más de un siglo, como cafetalero. Pero el tiempo todo lo ablanda. Los Berriozábal, por medio de alianzas matrimoniales ventajosas y otros ardides, fueron adquiriendo propiedades más interesantes y productivas, como la Cumbancha, y dejaron la Quebrada en manos de administradores. Por último, a principios de este siglo, se fueron a vivir a Puerto Alegre, al Paseo Nuevo, atraídos por la luz eléctrica, los excusados ingleses, y la sociedad de personas de categoría. Este hecho marcó, paradójicamente, un regreso a la Quebrada, porque en la actualidad (1926) suelen mandar, con dos o tres días de anticipación, un “propio”, con órdenes al administrador, de que abra y barra la casa principal, sacuda los muebles y mate un par de lechones, porque la familia, con invitados, viene a tirar balazos en el fondo de las barrancas, y a darse un atracón en los corredores, desde donde se dominan las colinas cercanas, la cuadrilla, que está a medio kilómetro y, a lo lejos, como una tenue rayita azul, el mar. Una semana después de aprobada la Presidencia Vitalicia hubo una de estas cacerías, a la que asistieron don Carlitos, estrenando polainas recién llegadas de Harrod's, Ángela, con una falda de tweed que resultó demasiado gruesa, don Carlitos, con atuendo impecable, a la última moda de Kenya, que remataba en sombrero de ala ancha con toquilla de piel de jaguar, y Paco Ridruejo, con botas prestadas. Durante dos horas, los peones de la cuadrilla y sus mujeres, han oído con admiración no exenta de miedo, el estruendo gallardo de las descargas en el fondo de la barranca, y llenos de curiosidad, salen de las casas, para ver pasar al patrón, don Carlitos, sofocado y sudoroso, abanicándose con el saracoff, seguido de un mozo que lleva en la mano una liebre muerta. Ángela, Cussirat y Paco Ridruejo, que tienen otros intereses y han subido por otro sendero, están ya en la casa, abriendo puertas y mirando los cuartos espaciosos y el mobiliario sólido y no muy cómodo, tallado en caoba por manos de esclavos. —Es un buen escondite —dice Cussirat. —En la despensa hay conservas para dos semanas, y yo mandaré unas latas y unas botellas de vino —dice Ángela—. Le diré al administrador que habrá huéspedes y que no debe informar a mi marido, porque eso sería como cantarlo en plaza pública. —Ángela —dice Cussirat, riendo—, es una noche solamente, no vamos a vivir aquí. Ángela hace el argumento a un lado. No le gusta que sus invitados pasen privaciones. Además, en una cosa tan peligrosa, no se sabe lo que puede pasar. —Lo que no me gusta —dice Ángela, refiriéndose a Barrientos, Anzures y Malagón—, y me parece injusto, es no avisarles a los demás. Después de todo, ellos también están complicados. —Si el asunto lo podemos despachar entre Paco, mi mozo y yo, ¿para qué avisarles a los demás?, ¿para qué aumentar el riesgo de una indiscreción? —Es que si en un principio los invitamos, ahora no podemos pasarlos por alto sin ofenderlos. Cussirat, para terminar el asunto, adopta aire de autoridad. —Ángela, yo soy el jefe. Por favor: ni una palabra a nadie. Se oye la voz de don Carlitos, en el portal, que dice: —¿Qué broma es ésta? ¿Por dónde demonios subieron, que me han dejado atrás? Ángela, toda sonrisa, va a recibir a su marido en el portal. Los otros la siguen. —¿Tuviste suerte? —De perros. Cuarenta tiros, para matar una liebre. —Pepe mató un jabalí. Don Carlitos mira, con envidia, el jabalí ensangrentado que está colgado entre dos postes, en el terrado. Finge enfurecerse. —¡Ese fue el que se me escapó! ¡Maldita sea! ¡Además de dejarme atrás, me ganan las mejores piezas! Pepe, sinvergüenza, no te vuelvo a invitar. Los otros tres ríen a fuerzas. Don Carlitos se deja caer en una de las mecedoras que están en el portal, y le dice a su mujer: —Bueno, Ángela, haz los honores, que nos traigan una sangría y algo para espantar al hambre. Inclinados sobre el plano extendido, alrededor de la mesa del comedor, Paco Ridruejo y Garatuza reciben las últimas instrucciones de Cussirat. —Si la pelea de gallos empieza a las ocho y media, el coche de Belaunzarán tiene que pasar por la Rotonda del Trueno, no antes de las ocho y cinco, ni después de las ocho y cuarto. Nosotros nos estacionaremos en este punto a las ocho, fingiendo una descompostura, para no despertar sospechas. Desde allí, los veremos venir tres minutos antes de que lleguen a la Rotonda, lo que nos permitirá cerrar el cofre, arrancar y cerrarles el paso en este lugar. Siempre vienen dos coches, uno con pistoleros, y el otro con Belaunzarán. Martín conduce, Paco se encarga del primer coche y yo del segundo. Después nos vamos a la Quebrada. Mira a los otros dos con satisfacción artística, y al ver que ellos le tienen confianza, y que no hay preguntas ni nada que discutir, Cussirat envuelve el plano y comenta: —Es noche de luna llena, y el cielo está despejado, así que podremos despachar el trabajo sin contratiempo. Paco Ridruejo, con una bomba en la mano, hace mímica de soltar la espoleta, y lanzarla contra un objetivo imaginario. XXIII. CAZA MAYOR Cuando Belaunzarán quiere ir al centro de Puerto Alegre, sale de la Chacota por la Avenida Rebenco, llega a la Rotonda del Trueno, y toma por la Avenida de los Carvajales; si quiere ir a la Gallera de San Pablito sale por la Avenida Rebenco, llega a la Rotonda del Trueno, y toma por la Avenida de los Carvajales; si quiere ir a Guarándano, en donde tiene hacienda y amante, sale por la Avenida Rebenco, llega a la Rotonda del Trueno, y toma por la Avenida de los Carvajales. Esto se debe a que por la Chacota no pasa más que una calle, la Avenida Rebenco, que termina en la Rotonda del Trueno, de donde no sale más que otra calle, la Avenida de los Carvajales. Todo esto está en descampado. Bajo el trueno, que le da nombre a la Rotonda, a la luz de la luna llena, Martín Garatuza destapa el cofre del Citroen y hace como si quisiera arreglar el motor, que está en perfecto estado. En el asiento trasero, con temblor de huesos, y el estómago hondo, Cussirat y Paco Ridruejo encienden cigarrillos. Son las ocho. En la Chacota, mientras tanto, Horushi Tato, primer Embajador del Japón en Arepa, que presentó credenciales el día anterior, que cenó con el Presidente, que está invitado a la pelea de gallos, y que tiene como principal misión encontrar la manera de borrar del mapa el Canal de Panamá, se inclina ceremoniosamente ante Belaunzarán, y se sube en el Studebaker negro, prestado, que está usando mientras llega su Rolls en el “Shuriku Maru”. Belaunzarán, con un suspiro de alivio, sube en el Studebaker presidencial, con Cardona, Borunda y Mesa. El coche de los pistoleros toma la delantera, lo sigue el del japonés, y por último, como corresponde a buen anfitrión en tierras de indios, cierra la comitiva el coche de Belaunzarán. Martín Garatuza, distinguiendo a lo lejos los fanales, cierra la tapa del cofre y se sienta frente al volante, temblando. —¡Son tres! —dice, mientras arranca. —¡Mierda! ¡Hay que tomar una decisión! Quedan dos posibilidades: irse a sus casas a esperar el siguiente martes, o correr el riesgo de ser perseguidos por un coche ileso. Cussirat dice palabras fatales: —Nada cambia. Tú al primero, y yo al segundo —le ordena a Paco Ridruejo. El Citroen, con el motor desbocado y las llantas brincando, corre por el camino de tierra que es la Avenida de los Carvajales, en sentido contrario al que siguen los coches de la comitiva, toma la curva de la Rotonda, deja atrás el coche de Belaunzarán, se empareja con el del Embajador japonés, y Cussirat, sin tener tiempo de distinguir quién va adentro, suelta la espoleta de la bomba y la arroja en el interior. Harushi Tato tiene tiempo de verla, un instante, rebotar frente a él, antes de que lo ciegue el relámpago y se le salgan las tripas. La bomba que arroja Paco Ridruejo corre con mejor suerte, después de un mal principio. No entra en el coche de los pistoleros, como estaba planeado, sino que rebota en el cofre, cae al suelo, deja pasar por encima al coche del Embajador, y explota un momento después, debajo del coche de Belaunzarán. Belaunzarán, Cardona, Borunda y Mesa, que todavía no se reponen de la sorpresa y la alarma que les produce un coche, manejado por un loco, que pasa junto a ellos a toda carrera, se van de bruces cuando el chofer frena violentamente, al darse cuenta de que el coche del Embajador está haciendo explosión pocos metros más adelante; después, se levantan en el aire un metro, golpeándose las cabezas unos contra otros, caen al piso, golpeándose contra el techo, y tienen que salir corriendo, al darse cuenta de que algo está quemándoles las nalgas e incendiando los asientos. En el coche de los pistoleros reina la confusión. Después de un momento en el que estuvieron a punto de cumplir con su deber, persiguiendo al Citroen, se detienen a ver cómo se incendian el automóvil presidencial y el del Embajador del Japón, y por último, sus cuatro ocupantes se dan, unos a otros, órdenes contradictorias: —Bájate y ve qué se ofrece. —Vámonos de aquí. —Sigue aquel coche. —Mete reversa. La confusión termina cuando las puertas del Studebaker presidencial se abren y sale, por cada una de ellas, corriendo como gamo, un político espantado. Este hecho unifica el criterio. El coche de los pistoleros se echa en reversa y va a prestar ayuda. Afortunadamente para ellos, Cussirat, por un exceso de celo, les facilita el trabajo. El Citroen va corriendo, a toda velocidad, por la Avenida de los Carvajales, rumbo a la Quebrada y la salvación de sus ocupantes, cuando Cussirat, que está asomado a la ventanilla trasera, y ve la figura de Belaunzarán dando órdenes, iluminada por las llamas, toma la decisión más importante de la noche: —Vamos a rematarlo. Sin titubear, Martín Garatuza, detiene el coche, entra en reversa, y vuelve a la Rotonda a toda velocidad. Cussirat saca la pistola, y la prepara. Belaunzarán, con el sombrero torcido, la corbata de lado, y los pantalones humeantes, pero repuesto del susto, se ha hecho cargo de la situación. Señala los fierros retorcidos del coche del Embajador y el bulto inerte que está entre ellos y, haciendo caso omiso de la llamita que anda rondando el tanque de la gasolina, ordena a sus compañeros, que lo miran aterrados: —¡Saquen al chino! En ese momento, y como para aumentar la confusión, llega un coche y se detiene a cinco metros de Belaunzarán. Después de un sobresalto, el Mariscal se tranquiliza. Ha reconocido, asomado por la ventanilla trasera, al Ingeniero Cussirat. Belaunzarán levanta la mano en saludo afectuoso, olvidando por un momento, el episodio de la Fuerza Aérea. —¡Ingeniero, ayúdenos! Se queda helado, al ver que Cussirat, en vez de ayudarlo, saca una pistola, apunta hacia su barriga, aprieta las mandíbulas y dispara seis veces. Durante unos segundos, ambos se miran con incredulidad. Belaunzarán, al petimetre disparándole, y Cussirat, al Mariscal no caerse. El saco de Belaunzarán se llena de agujeros, por donde salen, en vez de sangre, pequeñas nubecitas de polvo, como si alguien estuviera sacudiendo una alfombra. Antes de que Belaunzarán salga de su perplejidad, Cussirat sale de la suya, y atemorizado, mete la cabeza y ordena: —Vámonos. Martín Garatuza obedece. El Citroen sale corriendo por los Carvajales, otra vez hacia la Quebrada, el avión, la Corunga, el asilo político y la salvación. Nada más que ahora seguido, muy de cerca, por el coche de los pistoleros. Belaunzarán, creyendo que está herido de muerte, se quita el saco y la camisa, agujerados, y el chaleco a prueba de balas y se mira la barriga intacta. Los que lo rodean, le dicen, al verlo tan alarmado: —No tienes nada, Manuel. Belaunzarán los mira con desprecio: —¿Ustedes creen que los balazos no duelen? XXIV. A SALTO DE MATA Sin obedecer más lógica que la del pánico, Garatuza conduce el Citroen, a campo traviesa, entre brincos, a toda velocidad, sin luces, y sin saberlo, hacia el muladar de San Antonio. —Ya no se ven —informa Paco Ridruejo, que está asomado a la ventanilla trasera. Cussirat suspira, aliviado. El coche llega al caserío, se mete por callejuelas oscuras, espantando perros, y va por su camino incierto y sin objetivo, cuando, al llegar a una esquina, choca con el automóvil de los pistoleros. No es un choque tremendo. Nadie sale herido, pero los coches quedan inutilizados por el momento. Del susto, el testerazo y la sorpresa, salen antes los pistoleros, y el de la Thompson abre fuego contra el Citroen. La primera descarga deja a Garatuza y a Paco Ridruejo clavados en sus asientos. Cussirat, ileso, sale corriendo por la calleja, brinca una cerca, cae entre puercos, se esconde entre matorrales, brinca otra cerca, corre por un baldío, cruza un arroyo de agua inmunda, pasa frente a una iglesia, cree reconocer un mercado, llega a una calle ancha y toma un tranvía. Sentado entre negros dormidos y bamboleantes, a la luz de los foquitos, se mira los zapatos llenos de lodo, los pantalones desgarrados, las manos temblorosas, y se pasa una de ellas por la frente empapada, oyendo siempre, con extrañeza, el jadeo estruendoso que le sale de la garganta reseca. —Buenas noches, Ingeniero —dice una voz. Cussirat alza los ojos. Frente a él, detenido de una agarradera de celuloide, temblando corno un títere, siguiendo el ritmo del tren, Pereira lo mira con asombro cortés. Cussirat se corre en el asiento, dejando un campo libre a su lado. Mira, lleno de emoción, al violinista, le estrecha la mano, y le dice, recordando su nombre por primera vez: —Pereira, Dios lo puso a usted aquí. Pereira se sienta, halagado, y lo interroga con una pausa. Cussirat mira a su alrededor en busca de espías, y no ve más que indiferencia y los rostros patibularios de la pobreza. Le habla a Pereira en voz baja. —Necesito esconderme. Pereira parpadea. —Me persiguen. Es cosa de vida o muerte. —Venga usted a mi casa —dice Pereira. —¿Con quién vive usted? —Con mi esposa y mi suegra. —¿Son discretas? Pereira lo mira un momento antes de contestar; después mueve la cabeza negativamente. Ve cómo Cussirat se hunde en la desesperanza, mirando al piso crujiente del tranvía. Él también mira al piso, creyendo que allí va a encontrar la solución del problema. —Hay una casa en donde ensaya la orquesta. Nadie duerme en ella. —¿Puedo pasar allí la noche? Pereira mueve la cabeza afirmativamente; y dice, lleno de orgullo: —Tengo la llave. Cussirat le pone una mano sobre el brazo, y le dice: —Gracias. El Coronel Jiménez, jefe de la Policía, en un coche abierto, llega a la Rotonda del Trueno a las nueve de la noche. —¿Lo agarraron? —pregunta Belaunzarán. Al enterarse de que en el coche de los perseguidos había un muerto y un herido y de que ninguno es Cussirat, Belaunzarán da órdenes muy concretas: —Mesa, al telégrafo. Un pésame al Emperador del Japón, firmado por mí. Borunda, a la Gallera: que no empiecen hasta que yo llegue. Jiménez y Cardona, conmigo, a la Ventosa. Hay que cortar la retirada al. . . —dijo algo horrible de Cussirat. Como un animal dormido, ignorante de que va a ser sacrificado, el Blériot de Cussirat descansa, tranquilamente, repleto de gasolina, en el llano de la Ventosa. Como una fiera rugiente, echando fuego por los ojos, el coche de Jiménez, con su cargamento de biliosos, avanza saltando, en la noche de luna, hacia su presa indefensa, seguido de un coro de perros furiosos. Al llegar junto al avión, Belaunzarán, con la mirada vidriosa, baja del coche y le ordena a Jiménez: —Dame la pistola. Jiménez, en sus ansias de obedecer, enreda el arma en la fornitura, y cuando logra desprenderla, después de forcejear, se la entrega a su patrón. Belaunzarán dispara contra el avión toda la carga. El Blériot no se desploma, pero, como sangre, la gasolina empieza a manarle por los agujeros. Belaunzarán, su furia calmada con los disparos, se vuelve a Jiménez y le ordena: —Préndele fuego. Jiménez saluda marcialmente, se vuelve al sargento que le sirve de chofer, y le ordena, a su vez: —Préndele fuego. El sargento saluda y contesta: —Muy bien, mi Coronel. Se acerca al avión, enciende un cerillo, lo acerca a un ala y desaparece entre las llamas. Belaunzarán contempla un rato cómo se incendian el sargento y el avión. Después, satisfecho, se vuelve a Jiménez y Cardona, que están viendo el sacrificio, aterrados, y les dice: —Vamos a la pelea de gallos. Yo conduzco. Esa noche Pereira fue como una madre para Cussirat. Abrió el cuartucho, encendió el quinqué, hizo, de los bancos, una cama, aderezándola con una lona vieja y unas hojas de palma, mientras el otro, exhausto, sentado en un taburete, lo miraba hacer; por último, Pereira fue a un fonducho cercano y compró un caldo de pescado, que el sportman devoró en su escondite. —No va a estar muy cómodo —dice Pereira, mientras el otro come—. No hay almohada. Cussirat deja el plato a un lado, y confiesa: —Esta noche, Pereira, intenté asesinar al Presidente. No pude hacerlo, y él me reconoció. No me atrevo a acercarme al avión, porque a estas horas ha de estar custodiado. No sé qué pasó con los dos que me acompañaban. Han de estar muertos. Si me agarran, me matan. Tengo que salir de la isla, y no sé cómo hacerlo. Pereira queda estupefacto. Cussirat le pregunta, para terminar: —¿Comprende usted ahora cuál es mi situación? Pereira mueve la cabeza afirmativamente. —Si cree usted que debe entregarme, vaya a la policía y dígales dónde estoy. No opondré resistencia, porque no tengo fuerzas para defenderme. Por otra parte, si usted me ayuda, corre tanto peligro como yo. Pereira se pone de pie, lleno de impulsos generosos. —¿Cómo cree usted, Ingeniero, que yo voy a delatarlo? Puede usted quedarse aquí hasta el jueves, con toda confianza, que nadie lo verá. El jueves tenemos ensayo, pero para entonces encontraremos otra solución. Cuente conmigo, Ingeniero. Yo le traeré comida, y una almohada, y ropa limpia, y hasta una cama, si usted quiere. Cussirat, conmovido, empieza a llorar, en silencio y, al verlo llorando, Pereira también llora. Cuando Cussirat pone la cabeza sobre su saco, doblado a guisa de almohada, y cierra los ojos esperando, con ansia, un sueño que no va a llegar, Pereira apaga el quinqué, sale del cuartucho, cierra la puerta, echa candado, y poniendo la llave en su bolsa, empieza a caminar, rumbo a su casa, recordando los sucesos de la noche, repasando, con gusto, algunos detalles, diciéndose a sí mismo: —¿Cómo cree usted que voy a delatarlo, Ingeniero. . . ? Cuente conmigo, Ingeniero. . . Ya encontraremos una solución… En la pelea de gallos, Belaunzarán tiene mala suerte. Cuando ve su gallo muerto en el ruedo, y que los fajos de billetes se le escapan de las manos y van a parar al otro extremo de la gallera, no puede más, y, con la cara roja, casi apoplética, se levanta de su barrera, entra en el ruedo, coge el gallo muerto y, de un mordisco en el pescuezo, le arranca la cabeza. — ¡Arriba Belaunzarán! —grita la plebe, al ver a su ídolo escupiendo el pescuezo y limpiándose la boca ensangrentada con el dorso de la mano. —¿Dónde estabas? —pregunta Esperanza, desde la cama, al ver entrar a su marido en el cuarto. —No me preguntes —dice Pereira, lleno de energía—, que no te voy a contestar. Llega junto a la cama y, de un tirón quita la sábana, descubriendo a su mujer, desnuda, y temblorosa, que cierra los ojos e implora: —¡No vayas a lastimarme! En la oscuridad, Pereira y Esperanza miran al techo, sin alcanzar a verlo. —Galvazo tuvo que irse —comenta Esperanza, y deja pasar un rato, antes de seguir—. Vinieron a buscarlo de la jefatura —deja pasar otro rato—. Tenían un preso al que había que interrogar. Pereira, sin parpadear, sigue mirando al techo oscuro. Esperanza bosteza, da la vuelta en la cama, la espalda a su marido, y se queda dormida. Pereira repite, mentalmente: —¿Cómo cree usted, Ingeniero? ¿Cómo cree usted que voy a delatarlo? XXV. NO SABEN QUÉ HACER Cussirat se da la vuelta en su lecho crujiente y duro, y mira las formas que la pared de varas dibuja en la noche de luna. Afuera, los perros aúllan. Adentro, los moscos zumban. Cussirat suda. Ve cómo una rata entra por una rendija, cruza la habitación, sale por otra, y es perseguida, sin éxito, por un perro cazador. Tiene sed. Se levanta, y a tientas, con muchos trabajos, encuentra la olla que Pereira llenó de agua. La toma con ambas manos y bebe con avidez. Cuando se está secando la boca, jadeante, se da cuenta de que en la “olla flota una cucaracha. Casi vomita. Cuando se repone, vuelve a su lecho, y se acuesta quejándose, como si estuviera enfermo de gravedad. ¡Él, Cussirat, ha estado a punto de tragarse una cucaracha! Sigue sin poder dormir. Pasa un siglo. De pronto, un ruido extraño lo sobresalta y lo hace incorporarse. Algo se mueve afuera del cuartucho. A través de las varas distingue una silueta amenazante. Oye el rugido de un animal prehistórico. Se oye un golpe seco contra la pared, y la casa se cimbra y parece que va a caer. Cussirat se pone de pie, alarmadísimo, y saca la pistola. La bestia vuelve a rugir. Cussirat ríe. Es un puerco que se rasca el lomo contra las varas. Cussirat vuelve a acostarse, más tranquilo, y mientras la casa se mece movida por el puerco, se hunde en un mar de pesadillas. Cussirat abre los ojos. La habitación se ha transformado. La luz entra por los intersticios. Ha refrescado. Los moscos han desaparecido. Afuera se oyen ruidos confusos. Cussirat se levanta, va junto a la pared, asoma por una rendija, y ve cómo una puerca enorme huye, perseguida por sus críos, que quieren prendérsele de las tetas. Unas gallinas pelonas caminan con paso delicado y sin rumbo fijo, moviendo la cabeza, nerviosas, como esperando lo peor. De la choza de junto, una negra flaca, con el vestido roto y la greña suelta, sale, echa un puñado de maíz al piso y dice: —Cochi, cochi, cochi. . . La puerca y las gallinas se acercan al maíz y se pelean por él. La negra va a un rincón de la estacada, se levanta la enagua y se pone en cuclillas. En ese momento, Cussirat se da cuenta de que un perro flaco y joven, con las orejas de punta, mueve la cola y le mira, con ojos brillantes. Pereira, con aire de misterio, abre la cómoda, y escoge sus mejores calzones, su mejor camiseta y una camisa blanca, con rayitas marrón, que fue de don Carlitos. Mete estas tres prendas en el portafolio, va al tocador, y después de pensarlo, mete también la navaja de afeitar y un jabón a medías. Se queda mirando, con tristeza, la toalla calada y húmeda que Esperanza ha dejado, torcida, sobre una silla, y cierra el portafolio. La noticia, cuando la dio El Mundo, resultó la más sensacional del año. Mejor aún que cuando “los moderados trataron de volar Palacio”. Un muerto, un herido, un fugitivo, dos coches destrozados, el Embajador del Japón hecho pedazos y un avión incendiado. A don Carlitos casi le dio un patatús sobre la mesa del desayuno y se le indigestó el chocolate. —¡Y yo, que presenté a Pepe con el Presidente! ¡Y tú, que lo invitaste a la fiesta! ¡Y los dos, que lo llevamos de cacería el domingo! ¡Estamos en un aprieto, Ángela! ¿Cómo no comprendió este loco que los primeros perjudicados con sus barbaridades íbamos a ser nosotros? Ángela no contesta. No puede quitar la vista del segundo encabezado: “TODA LA POLICÍA TRAS DEL FUGITIVO”. Cuando Anzures supo que Paco Ridruejo estaba herido y en poder de la policía, se fue a su hacienda. —Le van a soltar la lengua —pensó—, y vamos a pagar justos por pecadores. Barrientos, más hábil, se fue a refugiar en la Embajada Inglesa, con dos mudas de ropa y una carta de crédito por una millonada. —Entre si son peras o son manzanas —le dijo a Sir John, en inglés—, yo me voy en la Navarra, cuando aparezca. Malagón, que leyó la noticia en el Café del Vapor, se fue a ver a Ángela en carretela alquilada, pensando: —¡Esto es el fin! ¿Si me corren de aquí, en dónde me meto? No la encontró. Ella andaba en la Quebrada, buscando a Cussirat, y recibiendo, del administrador, la mala noticia de que “los invitados no habían llegado”. Desolada, subió en el coche y regresó a Puerto Alegre. Fue a ver a Malagón, y no lo encontró, porque todavía andaba buscándola a ella. En el Banco de Arepa le dijeron que Barrientos había salido a una diligencia. A Anzures ni fue a buscarlo. Por fin, encontró a Malagón, a las doce y media. Con la cara enjabonada, moviendo la navaja como Pereira le indica, Cussirat se rasura. Cuando termina dice: —Quiero que me haga usted un favor. Mejor dicho, otro favor más. —¿Quiere un espejo? Esta noche se lo traigo. —Otro más. —Usted dígame. —Quiero que vaya usted a casa de Ángela y le diga, sin que se entere nadie más, que estoy a salvo. —Ingeniero, eso lo hago con mucho gusto. Mirándose en el espejo empañado de su cuarto bohemio, Malagón, con la destreza que le dan diez años de práctica, coloca en su lugar el diente que se le cayó, y lo fija con cera de campeche. Ángela, tensa, de pie en un rincón, lo mira. —En este asunto, hay que andar con pies de plomo —dice Malagón—. Cualquier pregunta puede resultar fatal. ¡Peor si la hago yo! Que Pepe está en un aprieto, ya lo sabemos. Que no lo han agarrado, también. Lo único que podemos hacer es estar alertas, y leer los periódicos. Ángela reprime un movimiento de exasperación. Se da cuenta que es inútil seguir allí, y va hacia la puerta. Malagón le impide la salida. —¡Vamos, Ángela, no te pongas así! ¿Cómo quieres que salga yo a la calle, a preguntar qué pasó con Cussirat. . . o a buscarlo? De eso se encarga la policía. Además, si lo encuentro, ¿quién puede asegurarnos que Paco Ridruejo no nos ha echado de cabeza y están siguiéndome los pasos? Ángela hace esfuerzos por ahogar un sollozo, sin lograrlo. Malagón trata de consolarla con unos cariños torpes en la mejilla y en el hombro. —Puede estar muerto —dice Ángela, secándose, con cierta impaciencia, las lágrimas con el pañuelo. Después, vuelve a ablandarse—. No llegó a la Quebrada, como había quedado. Malagón la mira fijamente, y en uno de sus raros momentos de percepción, le pregunta: —¿Lo quieres mucho, verdad? Ella evita la mirada del viejo, y no contesta, pero acepta la silla de bambú, desvencijada, que él le ofrece. Después de un momento, Malagón, corno cansado de la comprensión muda que se ha establecido, la interrumpe con un raudal de filosofía conformista. —Pero, vamos a ver, ¿qué se puede hacer? Si algo le pasó y los periódicos no tienen información, es que la policía no quiere darla, y si la policía no quiere darla, es que sus razones tendrá. Y en ese caso, no hay nada que hacer, más que tener paciencia, que tarde o temprano se saben las cosas. Ángela se limpia las narices con el pañuelo, y mira de sesgo la pared. —No quiero verlo —va diciéndole Ángela al mozo, cuando, al entrar en el vestíbulo, encuentra, sentado en una silla a quien no quiere ver—. Buenas tardes, señor Pereira. Estoy de prisa. —Un momento nada más, señora, es urgente. Ángela, ante lo inevitable, hace seña a Pereira de que la siga, y entra en el Salón de música, quitándose el sombrero. —Siéntese —dice. Hasta que él no obedece, se da cuenta de que Pereira ha cambiado. —El Ingeniero Cussirat me manda para avisarle que está a salvo. Ángela no puede creer, por un momento, que Pereira, a quien tanto ha visto con tan poca atención, esté dándole la noticia que tanto ha ansiado. Cuando, por fin, acepta la situación, se va sobre él, lo toma de las solapas, y le pregunta en voz baja: —¿Usted lo ha visto? El sostiene la mirada exaltada de su interlocutora, y le dice, sin poder ocultar su orgullo: —Sí, señora. Yo lo tengo escondido. Ángela suelta las solapas de Pereira. —¿Está herido? Pereira está cada vez más orgulloso. —Nada le ha pasado. Ángela suspira, aliviada. —¿Puedo verlo? Pereira duda un momento, después dice: —No, señora. —¿Por qué? —Porque el Ingeniero no me ha dado órdenes en ese sentido. Probablemente piense que es peligroso. Ángela se tarda un momento en aceptar la situación. Después, con gran determinación, y mirando siempre a los ojos de Pereira, le dice: —En ese caso, si usted me ayuda, señor Pereira, nada le pasará al señor Cussirat. Lo sacaremos de Arepa sano y salvo, cueste lo que cueste. Aunque nos cueste la vida. ¿Puedo contar con usted, señor Pereira? Pereira, conmocionado por la intimidad de que es objeto, con un nudo en la garganta, contesta: —Cuente conmigo, señora. Ángela lo mira con interés, y le sonríe, agradecida. XXVI. NADIE RESISTE MIL PESOS La Unión de Comerciantes de Puerto Alegre, de la que era presidente don Ignacio Redondo, para quedar bien con Belaunzarán y, en cierto sentido, para borrar los barruntos que pudiera haber de conexión con el intento de asesinato o, cuando menos, de simpatía con los que quisieron perpetrarlo, ofreció, “en una sencilla ceremonia” que se llevó a cabo en las oficinas de El Mundo, la cantidad de mil pesos por cualquier informe que pudiera conducir a la captura del Ingeniero Cussirat. Al día siguiente, la noticia de la recompensa apareció en el periódico, junto con la foto que le habían tomado a Cussirat el día de su llegada, recién bajado del avión. Pereira la leyó en compañía de Cussirat, antes de irse a dar clase en el Instituto. —No salga de la casa, Ingeniero —recomendó antes de irse. Durante la clase, asombró a los alumnos con su severidad. Expulsó a Tintín Berriozábal con la advertencia: —No tienes a qué regresar, porque desde ahora estás reprobado en el curso. Tintín fue a quejarse con su madre, quien, contra lo que él esperaba, acabó con sus protestas, diciendo: —Me alegro. Y no sigas quejándote, porque te mando a los Estados Unidos, de interno, en un colegio militar. Tintín se calló la boca y don Carlitos nunca se enteró de la tragedia.  Esa noche, en la sala de doña Soledad, Pereira coloca las piezas sobre el tablero de ajedrez y, con el rabo del ojo, ve cómo Galvazo, que acaba de entrar, pone el sombrero en el jabalí, cruza la sala lleno de abatimiento y se sienta frente a él. —¿Qué tienes? —pregunta Pereira. —Se nos murió el canario antes de cantar —dice Galvazo, casi llorando. Nunca se ha visto tan humanitario. ¿Quién le iba a decir que había de sentir tanto la muerte de Paco Ridruejo? Pereira le da sus condolencias y el otro le cuenta los detalles más sórdidos del deceso. —¿Y ahora qué van a hacer? —pregunta Pereira. Galvazo se encoge de hombros. —¡El señor Presidente dio una metida de pata de las más grandes al quemar el avión! Nos puso en un aprieto, porque muerto el herido y quemado el avión, que era la única trampa, no nos queda más que esperar a que el fugitivo respire —se va animando conforme avanza su razonamiento—; que no es tan difícil, porque el Ingeniero Cussirat no es hombre que se muera de viejo escondido. Tarde o temprano va a querer irse de Arepa. ¿Y cómo se va a ir de Arepa? Ni que hubiera tantos modos de salir de aquí. Se tiene que ir en la Navarra. Y la Navarra llega mañana. Allí lo agarramos. Lo que me molesta es que yo, que quería contribuir a resolver el caso, me quedé con un palmo de narices, porque el enfermito no aguantó nada. Pereira mueve un peón. Galvazo pone una mano sobre el caballo, pero antes de moverlo, dice: —Ahora, que hay otra posibilidad. Que alguien me venga con un soplido. Porque, después de todo, Pereira, en este país no hay nadie: nadie, óyeme bien, que resista mil pesos. Pereira junta los labios y mueve la cabeza, con la expresión de un filósofo que ha oído una gran verdad. Galvazo mueve el caballo, diciendo: —Allí te va. Ambos contrincantes miran, absortos, el tablero. Pereira fue con el cuento a Ángela: Paco Ridruejo murió antes de hablar, la Navarra es una trampa, y en Arepa no hay nadie que resista mil pesos. Ángela, que sabía dónde estaba Barrientos gracias a Lady Phipps, sacó sus joyas del tocador, y con ellas en la bolsa de mano, fue a sacarlo de la Embajada Inglesa. Barrientos, al saber la muerte silenciosa de Paco Ridruejo, salió de su asilo político y regresó a la vida cotidiana, reinaugurando sus actividades con un trato leonino: treinta mil pesos pagó por joyas que valían cien mil, más la promesa solemne de Ángela, de que, pasara lo que pasara, ni ella ni Cussirat ni Malagón iban a decir jamás, que él, Barrientos, había asistido a la malhadada cena. Felipe Portugal, dueño de la puerca y marido de la negra flaca, canta, en la noche de luna, a la orilla del mar: Yo soy el muchacho alegre que se amanece cantando con su botella de vino y su baraja en la mano. No muy lejos, al alcance de su voz, también a la orilla del mar, Cussirat y Pereira, tendidos en la arena, ven a dos negros cazar cangrejos y toman el fresco. —Amigo Pereira —dice Cussirat—, soy un fracasado. Lo intenté matar tres veces. La primera, les costó la vida a los moderados, la segunda, a mi novia, y la tercera, a mi mozo, que fue uno de los hombres más extraordinarios que he conocido, y a mi gran amigo de la infancia. Yo, que soy el responsable, me salvo, me vengo a meter en una choza, veo pobres por primera vez, duermo mal, y descubro que, después de todo, los pobres van a seguir siendo pobres, y los ricos, ricos. Si yo hubiera sido Presidente, hubiera hecho muchas cosas, pero no se me hubiera ocurrido darles dinero. ¿Así que qué importancia tiene que el Presidente sea un asesino o no lo sea? —A mí nunca me había importado —dice Pereira, que ha seguido, con atención, el razonamiento. —Usted es sabio —dice Cussirat—. Lo peor del caso —prosigue—, es que no me atrevería a hacer otro intento. Porque el peor susto que me llevé aquella noche, fue cuando le disparé seis tiros a Belaunzarán y no se cayó. Ahora comprendo que ha de tener coraza, pero aquella noche me pareció brujería. Con ese hombre no vuelvo a meterme. Ya ni siquiera me acuerdo por qué me quise meter con él en un principio. Así que ya no tengo malas intenciones. Desgraciadamente, es demasiado tarde. Si me quedo en Arepa, es morirme, y si me voy, me matan. . . y, lo peor del caso, es que no quiero morirme. Soy un cobarde. —No, Ingeniero, no diga eso. Usted es el hombre más valiente que he conocido. Cussirat se levanta y arroja piedras al mar; después, se acerca a Pereira y le dice: —Soy un cobarde, Pereira, porque ni siquiera me siento capaz de defenderme, o hacer algo para seguir viviendo. Pereira se pone de pie, y le dice con solemnidad: —No se preocupe. Ingeniero. Usted no tiene que hacer nada. Doña Ángela y yo vamos a arreglar la manera de que usted pueda salir de aquí, y pueda irse a vivir, muy contento, en otra parte. Cussirat lo mira un momento, y dice otra vez: —No quiero morir. Pereira, para consolarlo, le dice: —Recuerde, Ingeniero, que en este país nadie resiste mil pesos. XXVII. LA NAVARRA SE VA Pero los que pone Ángela sobre el escritorio del Coronel Jiménez no son mil, sino quince mil, y además, le dice: —Estos son para pedirle clemencia, Coronel. Cuando tenga yo constancia de que mi amigo está a salvo, le entregaré otro tanto. —Señora —dice Jiménez tomando los billetes, y guardándolos en el cajón del escritorio—, yo soy un hombre de honor. Ángela, que sabe que está tratando con una sabandija, le sonríe y le dice: —No es que dude de usted, Coronel. Es que no tengo el dinero ahora, y para conseguirlo necesito tres días. Pero yo también soy una mujer de honor, Coronel. ¿O va usted a poner en duda mi palabra? Ante la imposibilidad de cobrar adelantado, Jiménez opta por la galantería, con la esperanza de que algún día le paguen, aunque sea en especie: —Señora, cuente usted con que su amigo podrá subir al barco sin tropiezo. Ángela se pone de pie. Jiménez, con precipitación, porque el movimiento de su visitante lo tomó por sorpresa, la imita. Ángela le tiende la mano. —Cuando la Navarra llegue a La Guaira, Coronel, si todo sale como hemos quedado, yo recibiré un cable, y usted el resto de su dinero. Jiménez estrecha la mano de Ángela y la acompaña a la puerta., después de luchar con una silla que se interpone en su camino. Cuando ella se ha ido, Jiménez corre al teléfono y se comunica con la presidencia. —Señor Presidente, mi Mariscal, tengo noticias. . . Mis agentes han descubierto que el Ingeniero Cussirat tratará de abordar la Navarra, pasado mañana, a las ocho y media de la noche. ¿Qué ordena usted? Belaunzarán, en su despacho particular, teléfono en mano, mirando su propia estatua, medita, y dice: —No vamos a hacer nada, Jiménez. El país este ya no aguanta más mártires. Déjelo irse. Quite usted la guardia a esa hora. —Muy bien, señor —dice Jiménez, al otro extremo de la línea, y cuelga el teléfono, con las cejas alzadas por el asombro, y una sonrisa en los labios. Después, junta las manos, en el colmo de la alegría—. ¡Otros quince mil pesos! —exclama. Y, en un derroche de expresión, baila una danza grotesca. A las cinco de la tarde del día siguiente, la Navarra entra, haciendo agua, en la bahía de Puerto Alegre, con un cargamento de vinos, pedidos por Belaunzarán, en la escotilla, destinados a los festejos que se harán con motivo de la futura inauguración presidencial. En los Almacenes Redondo, don Ignacio, el dueño, atiende personalmente a doña Ángela, que está comprando algo que causará la murmuración eterna de Puerto Alegre: ropa de caballero que no es del tamaño de la que usa don Carlitos. Dos trajes ligeros, un smoking, un impermeable, una gorra de viaje, doce camisas de popelina inglesa, y seis corbatas que ella misma escoge cuidadosamente. A todo esto agrega ella un libro, La historia de dos ciudades, en una edición expurgada del Apostolado de la Prensa, y manda todo con el chofer, en una valija de piel, a la Navarra, con órdenes de dejarlo en el Camarote A, que es el mejor del barco. —¿No será esa ropa para Cussirat? —le pregunta Redondo a doña Segunda, esa noche. Al día siguiente va a la jefatura a denunciar su descubrimiento, con la esperanza de ahorrarse los mil pesos que ha ofrecido de recompensa. Pero no le hacen caso y lo despiden con cajas destempladas, como si estuviera diciendo sandeces. Se pasará el resto de su vida tratando de explicarse este fenómeno, sin descubrir quién es el amante de Ángela. En la Punta del Caimán, Pereira y Cussirat se despiden. En el mar, a pocos metros, están la lancha y el negro que han de llevar a Cussirat al otro lado de la bahía, en donde está fondeado la Navarra. Cussirat abraza a Pereira y le dice: —Pereira, con nada podría pagarle lo que ha hecho por mí, pero si me acepta un poco de dinero, que es todo lo que puedo darle, me quitaría un peso de encima. Saca la cartera, y dinero de ella, pero el otro lo rechaza. —Ni un centavo, Ingeniero. Y váyase tranquilo, que para mí, bastante pago fue la satisfacción de servirle de algo. —Yo quisiera regalarle alguna cosa, algo que le gustara, pero no tengo nada —dice Cussirat, pero, de pronto, recuerda—. O no, sí tengo. Saca la pistola. —Tengo esta pistola. A mí ya no va a servirme de nada. ¿Quiere usted guardarla como recuerdo? Pereira, fascinado, mira el arma, y la toma entre sus manos, como algo precioso. Cussirat lo mira, contento. —Sí le gusta, ¿verdad? Pereira dice que sí con la cabeza y mira al otro, agradecido. Cussirat abre los brazos: —Déme un abrazo, Pereira, que probablemente no volveremos a vernos. Los dos hombres se abrazan, conmovidos. Después, Pereira acompaña a Cussirat a la orilla del acantilado, y lo ve saltar en la lancha con agilidad. El negro empieza a remar. La lancha se aleja. Cussirat, de pie, mira hacia la orilla, alza una mano, como última despedida, y después, da la vuelta, y se sienta, mirando al frente. Cuando Cussirat le da la espalda, Pereira mira la pistola que tiene en la mano, la guarda en su bolsa, y vuelve a mirar la silueta de la lancha que se aleja, navegando en la mar tranquila, y se pierde en la noche. Ángela, desde su ventana, ve las luces de la Navarra deslizarse en la negrura. Después, cierra la ventana, y se toca la frente, pensativa, satisfecha, y triste al mismo tiempo. El día siguiente encuentra a la Navarra navegando alegremente en la mar picada. En la cubierta, Cussirat, con la gorra de viaje y el sobretodo que compró Ángela en los Almacenes Redondo, reclinado en una silla plegable, lee La historia de dos ciudades. Una figura femenina aparece en cubierta, camina con cierta dificultad por el vaivén, llega a la barandilla, y se inclina apoyada en ella, mirando el mar. Cussirat deja la lectura para mirar a la mujer. Discretamente, cierra el libro, se levanta, y camina hacia la barandilla, se apoya en ella, mirando el mar, y de reojo, el rostro de la desconocida. No está mal. XXVIII. VARIOS TRIUNFOS En el patio trasero de la casa de su suegra, entre la basura y los muebles en estado de descomposición, Pereira apunta la pistola hacia un blanco que él mismo ha hecho, y dispara. Los vecinos, alarmados, dicen: —El violín tiene pistola. Y agregan, proféticamente: —Un día de éstos va a matarnos una gallina. Esperanza y Soledad, aterradas y llenas de reproches, ven los ejercicios de Pereira desde la puerta de la cocina, tapándose las orejas con las manos. Pereira se acerca al blanco y busca los agujeros, sin encontrarlos. Después, extrañado, mira a su alrededor, buscando el efecto de sus disparos, que encuentra en la barda. —Si no sabe tirar, no tire —le dice su suegra. Pereira, decepcionado, entra en la casa, y guarda la pistola en el ropero. En 1926, Arepa tuvo las elecciones más tranquilas de su historia. Nadie votó, y el vencedor fue el candidato único. Cuando Belaunzarán recibió la noticia de su triunfo, ya estaban destapando las botellas y los lechones estaban en el asador. A la fiesta asistieron” quinientos íntimos”, como dijo El Mundo, entre los que se contaban don Carlitos, González y Barrientos. Las señoras no fueron invitadas y los señores pasaron una noche magnífica, como dijo don Bartolomé a doña Crescenciana, que estaba esperándolo de mal humor. El día 15 de diciembre, es decir exactamente dos semanas antes de la Toma de Posesión de la Presidencia Vitalicia, que iba a tener lugar el día de los Inocentes, 28 de diciembre, entró en la bahía la Navarra, con Guillermo Ferrosso, periodista consumado y famosísimo, francés, a pesar de su nombre, que ya antes había glorificado a Mussolini, y que traía la misión de escribir una serie de artículos para L 'Ilustration, bajo el título general de La lumiére dans la Terre du Soleil, que iban a versar sobre los regímenes progresistas de la América Latina. Con este motivo, Belaunzarán concedió una entrevista, en la que hizo una descripción somera de todo lo que su régimen no pensaba emprender; dejó que lo fotografiaran con sombrero ancho, cazando venados; en traje de casa, jugando billar, y vestido de blanco con una raqueta en la mano, al lado de una red de tenis, y fue descrito, por el entrevistante, como un hombre fuerte, de mandíbula firme y mirada que parece penetrar “el más allá”. El día de la Toma de Posesión, Pereira se levanta a buena hora, se viste, guarda la pistola en la bolsa, y antes de salir advierte a su mujer, que está desnuda, mirándose en el espejo: —Hoy no vengo a comer. Ella se angustia. —¿Ya no me quieres? —Sí, pero no vengo a comer —contesta él, y sale del cuarto antes de que le pregunten otra cosa. Esperanza se queda con la boca entreabierta, y la cierra cuando vuelve a mirarse en el espejo. Pereira, desde la acera, entre los curiosos, ve cómo Belaunzarán llega, de jaquet y en lando, a la Cámara de Diputados; cómo sale de allí envuelto en la bandera; sigue al lando, entre la pelotera, por la calle de Tres Cruces, hasta la Plaza Mayor; ve cómo Belaunzarán entra en Palacio, aparece un poco después en el balcón, y dice un discurso al que no pone atención. Más tarde, desde una mesa del Café del Vapor, lo ve pasar en su coche nuevo. Pereira regresa a su casa a las cinco, decepcionado, y encuentra una noticia que le levanta el ánimo. —Vino el profesor Quiroz a buscarte —le dice Esperanza, con la cara llena de reproches no formulados—, la orquesta toca en el Casino mañana en una cena que le dan al Presidente. Pereira sonríe. Los moderados, encabezados por don Carlitos, don Bartolomé González y Barrientos le dan a Belaunzarán una cena, para celebrar el triunfo de su candidato, su ascensión a la Presidencia Vitalicia y la concordia que ahora reina. A la mesa se sientan, entreverados, ricos con pretensiones de distinción y políticos patanes. Catorce meseros, traídos del Hotel de Inglaterra, sirven los hors d'oeuvres, la sopa a la cressoniere, el pámpano en mantequilla, el pollo en salsa de almendra, el boeuf bourguignon y el queso de Flandes; todo esto rociado con vinos agrios llegados en la Navarra, y amenizado con las melodías tocadas por la orquesta de cuerdas del Profesor Quiroz. En realidad, ni el boeuf bourguignon, ni el queso de Flandes llegaron a servirse, porque cuando Belaunzarán estaba a la mitad de la pechuga, se le ocurrió pedir: —Que me toquen “Estrellita”. Quiso el destino que Quiroz, el primer violín, no la supiera. Pereira, previo permiso del director, pasó al frente de la orquesta, a tocar el primer solo de su vida, que había de ser también el último. Dicen que nunca tocó tan bien. Tocó con tanto sentimiento, que al Presidente se le salieron las lágrimas. Tanto le gustó la pieza, que al terminar ésta, metió la mano en la bolsa del chaleco, sacó un billete de veinte pesos y le hizo al ejecutante seña de que se acercara. Pereira, con el violín y el arco en la izquierda, llega junto a Belaunzarán, recibe, haciendo una venia y con dos dedos de la izquierda, el billete, al tiempo que pone la derecha en el pecho, saca la pistola, la coloca, casi verticalmente, sobre la cabeza de Belaunzarán, y cuidadosamente, como quien exprime un gotero y cuenta las gotas que salen, dispara los seis tiros que tiene adentro en el señor que acaba de darle propina. Belaunzarán se fue de bruces sobre su plato, y manchó el mantel. Los ricos, que se asustaron tanto aquella noche, tardaron más de veinticuatro horas en comprender que iba a ser más fácil arreglarse con Cardona, el nuevo Presidente Vitalicio. Desde la partida de Cussirat, Ángela se dedicó en cuerpo y alma a obras pías, invirtiendo en ellas gran parte del capital, cada vez más gordo, de don Carlitos. Por las tardes, en vez de tocar música, se sienta en su cuarto a discutir nuevos planes con la Parmesano y el Padre Inastrillas. En la pared, cerca del lugar en donde falleció Pepita Jiménez, hay, enmarcada, una foto que le tomaron a Pereira frente al paredón, momentos antes de morir, y que ahora se vende, en Arepa, como tarjeta postal.